QUINCE
Me despierto a las cinco y cuarenta y dos. No pongo la alarma porque, cuando duermo mal, el cuerpo se me activa con una precisión que me molesta, pero que me ahorra el sobresalto inútil del despertador a las seis.
El techo de mi habitación tiene una mancha de humedad en la esquina sur que lleva ahí desde el año noventa y nueve. Normalmente ya ni la veo, pero a esta hora, con la luz del balcón entrando de forma oblicua, se vuelve nítida durante un minuto.
«Tranquilo, Iván».
No hay una segunda frase. No hay listas de tareas pendientes. Es el mismo silencio interno que sentí ayer por la tarde al cerrar la puerta del estudio después de que la doctora Ruisánchez pidiera disculpas. Un silencio que no pide nada. Me siento en el borde de la cama.
Me ducho con agua fría porque el calentador volvió a romperse anoche.
A las seis menos cuarto de la mañana no es plato de buen gusto, pero me despeja los pensamientos.
Me visto con la camisa negra de siempre y me subo las mangas antes de salir; prefiero llevar el trabajo ya marcado en los brazos desde Lawton.
A las seis y veinte bajo a la calle. Está amaneciendo sobre La Habana. Camino hasta la parada del P4 y subo a la guagua de las seis y cuarenta y tres. Me agarro a la barra y miro por la ventanilla cómo pasa la ciudad.
«Tranquilo, Iván. Uno: ayer a las once y treinta pasó lo que pasó. Dos: la doctora guardó silencio durante siete segundos. Tres: tú bajaste la taza y cerraste la puerta. Cuatro: eso lo hiciste bien. Cinco: hoy puedes trabajar como si fuera un miércoles cualquiera».
A las ocho menos cuarto entro en La Sorbona. Chuchi me ve llegar y, por primera vez en tres semanas, no sonríe.
—Iván.
—Chuchi.
—¿Tres? —pregunta, señalando las tazas.
—Tres.
—Iván... ¿todo bien por allá arriba?
—Todo bien, Chuchi. Gracias.
Me sirve los cafés, me cobra y me da el cambio en silencio.
Se queda mirándome un segundo con el trapo en la mano, como si fuera a añadir algo, pero se arrepiente.
Los encargados de barra del Vedado saben leer a los hombres de Lawton cuando traen caras raras un miércoles por la mañana.
Chuchi decide que hoy es mejor no comentar.
Subo con los cafés. Teresa ya está en su puesto. Me mira con una fijeza que lo dice todo.
—Muchacho.
—Doña Teresa. Buenos días.
—Buenos días tengas.
Le dejo su café sobre el mostrador. El tercero, el de la doctora, lo mantengo en la mano hasta que ella señala con los ojos el antepecho de la ventana. Es donde Daniela lo recoge cuando no quiere entrar a la sala común. Lo apoyo allí y Teresa asiente.
—Muchacho —dice ella en voz baja—. La doctora entra a las diez hoy.
—¿Tan tarde?
—Porque hoy le toca entrar tarde, muchacho. Sin más explicaciones.
—Sí, doña Teresa.
—Y escúchame bien: ella me ha pedido expresamente que no te diga nada de su parte todavía.
—Apuntado.
—Eso significa que hagas lo que harías un miércoles normal. Ni más, ni menos.
—Entendido.
—Muchacho... a ti la doctora no te ha pedido perdón todavía, ¿verdad?
—Lo sé, doña Teresa.
—¿Lo sabes porque ella te lo dijo o porque lo supones?
—Porque lo supongo.
—Supones bien, muchacho.
«Tranquilo, Iván. Uno: Teresa acaba de confirmar que Daniela tiene un plan. Dos: el plan no incluye el perdón inmediato. Tres: eso no es abandono. Cuatro: no te toca a ti descifrarla hoy. Cinco: trabaja».
Cruzo al estudio. Enciendo la luz, el aire acondicionado y reviso el material. A las diez tengo a Yadira Castellanos, la pintora del ISA, para ampliar una pieza. A las once y media un cliente nuevo de Santos Suárez. A las tres, otro más.
A las nueve y dieciocho llega Nelson. Deja la mochila y se sirve el café que le dejé sobre la mesa de dibujo.
—Hermano.
—Dime, Nelson.
—Ayer estaba yo en la peluquería de Ismael cuando me escribió Teresa.
—¿Te escribió ella?
—Me puso: «Nelson, mañana llegue a las nueve y media sin hacer preguntas». Eso fue todo. Y como a doña Teresa se le debe respeto, aquí estoy antes de tiempo. ¿Qué pasó ayer?
—Nada, Nelson. Cosas del edificio. Trabajamos hoy, Yadira llega en un rato.
Nelson no insiste. Llevamos cinco años siendo socios y sabe que, cuando corto un asunto con dos frases, es mejor no empujar. Se pone a ordenar las tintas y me deja solo con mis bocetos.
A las nueve y cincuenta y dos oigo el portón de la calle. Pasos. Tacones. La precisión de siempre, pero con una pausa que detecto al instante. No es indecisión; es atención. Daniela camina hoy escuchando sus propios pasos. Entra en la sala común y saluda.
—Buenos días, Teresa.
—Buenos días, doctora.
—¿Mi café?
—En el antepecho, doctora.
—Gracias.
Oigo cómo recoge la taza y cómo la apoya luego en el mostrador.
—Teresa... la bata.
—Dígame, doctora.
—Hoy me pongo la del halo gris.
—Está limpia, doctora. La lavé yo misma la semana pasada. Está en el perchero del fondo.
—Gracias.
«Tranquilo, Iván. Uno: va a ponerse la bata de la mancha de tinta. Dos: la que tú le salvaste. Tres: no preguntes, no mires».
La oigo entrar al consultorio, cerrar la puerta y cambiarse. Al salir de nuevo al mostrador, Teresa solo dice:
—Doctora... está bien.
Y Daniela responde:
—Gracias, Teresa.
La puerta del consultorio vuelve a sonar, pero esta vez queda entornada. Un centímetro de apertura.
Yo sigo con la vista fija en la mesa. Nelson me mira desde el otro lado, pero no dice nada y se va al patio a revisar la agenda. Atiendo a Yadira hasta las once y veinte. A las once y treinta y tres, cuando voy a cruzar al baño, Daniela sale de su consulta.
Coincidimos en medio de la sala común. Ella lleva la bata del halo gris a la altura de la cadera. Nos paramos en seco. Ninguno cede el paso. Ninguno da un rodeo. Ayer se levantó una pared invisible entre nosotros, más alta que la que se cayó en mayo. No nos la consultamos, pero ahí está.
—Señor Montoya.
—Doctora. Buenos días.
—Buenos días. ¿El café de hoy bien?
—Como todos los días, doctora. Gracias por preguntar.
—No se dan.
Levanto una ceja. Es la segunda vez que usa mi fórmula, la que yo dejé de usar a petición suya. La primera fue por Molar. No digo nada. Ella lo sabe.
—Doctora —le digo—. Hoy le voy a dejar el café del mediodía en el mostrador, si no le molesta. No voy a cruzar al pasillo.
Ella me mira fijamente durante tres segundos.
—¿Por mí o por usted, señor Montoya?
«Tranquilo, Iván. Uno: es una pregunta limpia. Dos: la respuesta es la verdad. Tres: es por los dos. Cuatro: no necesita la explicación».
—Por mí, doctora.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy mismo.
—¿Y hasta cuándo piensa mantener esa decisión?
—Hasta que yo decida otra cosa.
—¿Y si yo prefiero lo del pasillo?
—Me lo dice usted y vuelvo al pasillo ahora mismo.
—Señor Montoya... lo prefiero.
Silencio. Cuatro segundos.
—Entonces paso al pasillo.
—Pasamos los dos —replica ella—. A la misma hora. Como todos los martes. Y los miércoles, si usted quiere.
—Como todos los días, doctora. Si usted quiere.
—Todos los días, entonces.
—Bien.
Nos quedamos frente a frente un instante más. Ni ella se aparta, ni yo retrocedo. Teresa finge escribir y Molar mueve la cola contra la silla.
—Una última cosa —añade Daniela—. Hoy no voy a decirte nada sobre lo de ayer.
—Lo sé, doctora.
—Pero no es porque no vaya a hacerlo nunca. Es porque todavía no es el momento. ¿Te basta con eso por hoy?
—Hoy me basta. Mañana ya veremos.
Ella se queda quieta. No esperaba que yo le devolviera el golpe. He igualado la escena a propósito. Daniela asiente, se gira y entra en su consultorio cerrando la puerta del todo.
A la una y media paso al pasillo del patio. Ella llega dos minutos después con la taza vacía. Reparto el café en silencio. En los noventa centímetros de ancho no hay palabras. El olor verde del tamarindo nos envuelve. Ella termina en cinco minutos, deja la taza en el antepecho de mármol y me mira.
—Señor Montoya. Hasta mañana.
—Hasta mañana, doctora.
El resto de la tarde trabajo en un diseño complejo de un rostro. Termino a las siete y cuarto. Nelson y Teresa ya se han ido. Daniela terminó diez minutos antes. Al salir, pasó por el hueco y solo dijo: «Buenas tardes, señor Montoya». Y yo respondí. Eso fue todo.
Bajo y subo al P4. Llego a Lawton y voy directo a casa de Regla. Ella me abre con su bata de flores.
—Mijo, pasa.
—Regla, no venía a cenar hoy...
—Lo sé, pero entra.
La cocina huele a pollo con cilantro. Nos sentamos y comemos en silencio. Regla tiene esa decencia antigua de no preguntar hasta que el plato está mediado.
—Mijo... ¿lo de ayer fue grave?
—No.
—¿Es salvable?
—Sí. Hoy ha ido bien.
Regla deja la cuchara. Me cuenta la historia de Aurelio, un hombre que llegó a su vida tras enviudar y al que ella rechazó por no saber lidiar con su propio dolor. Me dice que se arrepintió después, no por él, sino por ella misma, por haber metido todo en el mismo saco para no pensar.
—Mijo, si mañana esa mujer vuelve a hacerte lo que sea que te hizo ayer, no te vengas a Lawton a comer sopa conmigo. Te quedas allí. Te plantas.
«Tranquilo, Iván. Uno: Regla me está dando permiso para pelear. Dos: ella no hace eso dos veces. Tres: respira».
—Hoy no ha pasado nada malo, Regla. He venido porque estoy bien.
—Lo sé. Si estuvieras mal, estarías a oscuras en tu cuarto. Has venido a comer; es buena señal.
Terminamos con un poco de flan. Le pido quedarme a dormir en el cuarto pequeño, en la cama que era de mi madre.
—Está puesta, mijo. La dejé lista por si hacía falta.
A las diez me acuesto. Las sábanas huelen a su jabón de siempre. El ventilador gira al dos y por la ventana entra el aire de Lawton. Me duermo en cuatro minutos, pero antes de cerrar los ojos, pienso una sola cosa.
«Daniela, si algún día decides defenderte, hazlo bien».
Me duermo.