De guardia con mi enemigo SEIS #3
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SEIS #3

—Porque si tú no te fijas, habrá otra que se fijará mejor que tú. Y esa ya llevará ventaja.

Ese comentario me golpea con una fuerza que no esperaba.

Ha sido una observación lanzada con la precisión de un bisturí.

De repente, caigo en la cuenta de que Iván Montoya lleva tres semanas abriendo su local cada mañana a las nueve.

Durante ese tiempo, por su silla han pasado decenas de personas, personas que han estado cerca de él, que han sentido su pulso.

Y entre todas ellas, sin que nadie me lo tenga que confirmar, hay seguro alguna mujer.

No sé quién es, pero la duda sembrada por Rosaura ya no se va a marchar de mi cabeza.

Me quedo callada, refugiada en el café que acaba de llegar. Rosaura sonríe con suficiencia y empieza a comerse su flan. Valeria, desde su silla, deja caer una frase casi en susurros.

—Dani. Un hombre que se muda al local de al lado y se queda ahí, es un hombre que ha tomado una decisión.

—No ha tomado ninguna decisión personal, Valeria. Simplemente alquiló un local comercial.

—Alquiló precisamente el de al lado de tu consulta.

—Era el que estaba disponible en ese edificio, no había más opciones.

—Era el que él eligió ocupar —insiste ella.

Bebo mi café. Siento que la temperatura de la tarde ha cambiado, como si el aire pesara más. Rosaura termina su postre con la parsimonia de quien ha obtenido toda la información que buscaba.

—Dani —dice sin levantar la vista.

—Rosaura.

—Una última pregunta, te lo prometo.

—Te juro que no respondo a nada más.

—Solo una, por mi cumpleaños.

—Valeria, ayúdame —suplico.

Valeria se limita a reírse. Ella solo ayuda cuando hay problemas legales o tragedias reales; estos almuerzos, para ella, son puro entretenimiento de salón.

—Una sola —insiste mi socia.

—Suéltala de una vez.

—¿Él sabe que a ti te gusta?

—¡Es que no me gusta! —exclamo, quizás demasiado alto.

—Dani.

—Rosaura.

—¿Él lo sabe?

—No lo sabe porque no es verdad —respondo, tratando de recomponerme—. Además, no puedo estar segura de lo que sabe o deja de saber un hombre que lleva tres semanas al otro lado de una pared mal terminada.

—Esa es, sin duda, la mejor respuesta que me has dado hoy.

—Gracias —digo con ironía.

—Es material de primera para una novela —añade Valeria, terminando su helado.

Valeria me mira por encima de la cuchara con una intensidad nueva.

—¿Tú le dijiste ya la primera frase?

—¿Qué primera frase, Valeria? ¿De qué hablas?

—La que te hizo bajar la guardia y abrir los hombros.

—No he abierto nada. Mis hombros están perfectamente en su sitio.

—Dani, no mientas. Me has dicho que ayer los tuviste en tensión toda la mañana.

—Yo no te he dicho eso en ningún momento.

—Me lo dijo Teresa —confiesa Valeria con una sonrisa triunfal.

—Definitivamente, voy a matar a Teresa en cuanto regrese a la consulta.

—Ya has amenazado con matarla dos veces. A este paso, no llega viva al lunes.

—Teresa nos va a sobrevivir a todas, no te preocupes por ella.

Las tres nos reímos, disipando un poco la tensión del interrogatorio. Pagamos la cuenta; por mucho que sea el cumpleaños de Rosaura, el código no escrito de nuestra amistad dice que la socia del medio es la que asume el gasto en estas ocasiones.

—No pagues, Dani. Es mi día.

—Precisamente por eso pago yo, Rosaura. No discutas.

Rosaura me mira con una ternura que me desarma. Es esa mirada específica que las mujeres casadas les reservan a las solteras que se han soltado el pelo un viernes. Es una mezcla de afecto, envidia sana y una pizca de preocupación.

—Cuídate mucho.

—¿De qué tengo que cuidarme exactamente?

—De ti misma. De esta versión de ti que se soltó el pelo hoy. No la dejes sola por ahí.

—No exageres, Rosaura. Solo es un peinado.

—No exagero. Esta tú de hoy es alguien que no veía desde hace tres años.

Valeria asiente en silencio. Me bebo el último sorbo de café, que ya está frío, y trato de tragarme con él ese nudo de incertidumbre que me ha crecido en el estómago.

Salimos del restaurante. Rosaura se despide con dos besos y la promesa de traerme unos análisis el lunes.

Valeria me acompaña hasta la parada de la guagua.

—¿Te gusta de verdad? —me pregunta Valeria mientras esperamos.

—No lo sé. De verdad que no lo sé.

—Piénsalo bien.

—Es que no quiero pensarlo, Valeria. Ese es el problema.

—Precisamente por eso debes hacerlo.

Llega la guagua y me subo. Valeria se queda en la acera y me dice adiós con la mano. Cuando llego a casa, lo primero que hago es mirarme en el espejo del recibidor. El pelo sigue suelto, el vestido crudo sigue ahí, el pintalabios malva apenas se ha desgastado.

Pienso en la taza del girasol que dejé en la clínica. Está en la estantería, justo detrás del mostrador. Tiene un post-it amarillo pegado en el asa con una caligrafía firme. El mensaje decía: «Café. Sin intenciones. Sin precedente. A usted, doctora».

No la he lavado todavía. Y, después de este almuerzo, he decidido que no la voy a lavar. Lo que tenga que pasar con esa taza y con el hombre del otro lado de la pared, será lo que tenga que pasar mañana.