SIETE
A media mañana, el universo decide recordarme que el orden es una aspiración frágil.
Se me cae un frasco de tinta sobre la bata.
O mejor dicho, no se me cae a mí: se le cae a él.
Iván Montoya pasa por el pasillo con un frasquito abierto y la física, que no entiende de jerarquías administrativas, hace el resto.
Estoy frente al mostrador de Teresa, concentrada en la revisión de una receta, cuando oigo un «doctora» cargado de una urgencia contenida. Al mismo tiempo, siento una mancha fría y densa que empieza a colonizar el bolsillo del pecho de mi bata blanca.
Bajo la vista. Tinta negra.
Una mancha del tamaño de una moneda de un peso se abre paso en la tela, redonda y limpia en su centro, pero con una aureola que comienza a extenderse con una lentitud implacable hacia el costado.
Levanto la cabeza. Iván está justo delante de mí, todavía con el frasquito en la mano.
Tiene los ojos más abiertos de lo habitual y la boca apretada en una línea tensa.
Acaba de procesar la magnitud del desastre.
—Doctora —repite, con la voz algo ronca.
—Señor Montoya.
—Esto ha sido culpa mía —admite, señalando el desastre.
—Evidentemente, es suyo.
—Lo siento de verdad.
—Ya.
Teresa, desde su puesto de mando detrás del mostrador, ha dejado el bolígrafo sobre la libreta con una calma que me resulta alarmante.
Nos observa con esa tranquilidad que solo poseen quienes ya han decidido cómo va a terminar la escena.
Su quietud me produce una desconfianza puramente administrativa.
—Doctora, yo le pago la bata —se apresura a decir Iván.
—No me va a pagar la bata, señor Montoya. No es necesario.
—Entonces le pago la tintorería. Dígame a cuál la lleva.
—No hay tintorería en La Habana que pueda con esto —le aclaro, tratando de mantener la voz firme—. Es tinta para la piel, pigmento puro. Esto no se quita con lavados químicos. Esto se queda para siempre.
—Bueno.
Nos quedamos en silencio, hipnotizados por la mancha.
Ella no tiene mucho que decir, pero su presencia es ruidosa.
Para dos personas que llevan tres semanas calculando cada paso para evitar cualquier proximidad física, una mancha de tinta en el bolsillo del pecho es un problema geométrico y emocionalmente complejo.
—Tráigame alcohol de noventa y seis grados —ordena él de repente.
—No le voy a traer alcohol.
—Tráigamelo, por favor.
—Le he dicho que no. Puedo encargarme yo.
—Doctora —me interrumpe, dando un paso hacia delante—. Yo sé cómo sacar esto. Tengo el alcohol en mi estudio.
—Perfecto. Váyase a su lado y tráigalo si quiere.
—La bata la tiene puesta usted ahora mismo —observa él con una lógica aplastante.
—Exacto.
—Entonces...
—Entonces nada, señor Montoya.
Las miradas se cruzan. Iván no retrocede. Yo no me muevo. Teresa, en su rincón, parece haber dejado de respirar. La única que sigue activa es la mancha, que continúa su expansión invisible por las fibras del algodón.
—Tere —dice Iván, sin apartar la vista de mí.
—Dime, Montoya.
—Tráeme el alcohol que está sobre mi mesa de trabajo. El frasco grande. Y una gasa, y un bastoncillo de algodón.
—Voy —responde ella de inmediato.
Teresa se levanta con una agilidad inusual.
Desaparece por el pasillo, entra en el territorio de Iván y regresa casi al instante con una bandeja pequeña.
Trae las tres cosas dispuestas con una pulcritud profesional que la delata: nunca ha servido nada con tanto esmero.
Esto es una producción teatral en toda regla.
—Señor Montoya —intento recuperar el control—, lo mejor es que me quite la bata y usted se la lleve para limpiarla.
—No me dé la bata —dice él con firmeza.
—¿Cómo que no? Es lo más lógico.
—No. Si se quita la bata y la tinta se seca mientras la manipula, ya no saldrá. Hay que tratarla ahora, mientras el pigmento está fresco.
—¿Y entonces qué propone?
—Entonces quédese con la bata puesta. Y quédese muy quieta.
Lo dice en voz baja, con el tono neutro de un técnico que habla de un procedimiento rutinario. Lo dice sin mirarme a los ojos, con la atención fija exclusivamente en el bolsillo. Yo, contra toda mi formación profesional, me quedo con la bata puesta y me quedo quieta.
Iván se acerca. No demasiado, solo lo justo. Los noventa centímetros de seguridad del pasillo se evaporan aquí, frente al mostrador. El espacio se reduce a la distancia que separa su mano de mi pecho. Cuarenta centímetros. Treinta. Veinticinco.
Destapa el alcohol. Empapa el bastoncillo con cuidado y lo deja sobre la bandeja. Coge la gasa y la dobla en cuatro, creando una almohadilla firme.
—Va a estar frío —me advierte.
—Bien.
—Y no respire hondo, doctora.
—¿Por qué?
—Porque si respira hondo, la tela se mueve y puedo emborronar el contorno.
—Entiendo.
Él aplica la gasa. Yo opto por mirar fijamente al techo, estudiando las grietas de la moldura.
Teresa se ha puesto a doblar papelitos. Es la primera vez en tres semanas que la veo haciendo algo tan trivial.
Teresa no dobla papelitos; ella dirige el tráfico humano de este edificio.
Pero hoy, martes 9 de junio, dobla papelitos con la concentración de una monja de clausura.
Iván trabaja sobre la mancha. No me toca en ningún momento, y esa falta de contacto físico es casi más eléctrica que un roce.
Su mano izquierda sostiene el borde del bolsillo desde fuera, manteniendo la tela tensa sin apoyarse contra mi cuerpo, a apenas medio centímetro de distancia.
Su mano derecha mueve el bastoncillo con pasadas cortas, rítmicas.
De arriba abajo. Despacio. Cambia la gasa. Vuelve a empapar. Vuelve a frotar.
No me mira. Tiene los ojos clavados en la fibra blanca.
Sin embargo, yo lo tengo a veinticinco centímetros.
Veo la línea limpia de su mandíbula, el inicio de la enredadera en su cuello, el nacimiento del pelo tras la oreja derecha.
Descubro un pequeño lunar marrón claro que se le esconde ahí, un detalle que hasta ahora me era invisible.
Huele a jabón. A jabón neutro y a una pizca de nicotina vieja.
Fuma poco, según los informes de Teresa, pero fuma.
Ese aroma se mezcla con algo más profundo, algo que emana de su piel y que yo decido no nombrar, porque hacerlo sería admitir que lo estoy oliendo con una intención deliberada.
Empiezo a respirar solo por la boca.
—¿Va bien? —pregunto, solo por romper el campo magnético.
—Va bien —responde él sin levantar la vista.
—¿Está saliendo la tinta?
—Está saliendo.
—¿Saldrá del todo?
—Casi. Va a quedar una sombra, pero se irá cuando lave la bata en casa con calma.
—Bien. Gracias.
—Le he dicho que no respire hondo.
—No estoy respirando hondo, señor Montoya.
—Está respirando por la boca. El efecto es el mismo, el pecho sube igual.
Me muerdo la lengua y vuelvo a clavar la vista en el techo. Teresa ya ha doblado siete papelitos. Pasan dos minutos que se sienten como una jornada laboral completa.
Dos minutos y veintidós segundos, calcularé después, aunque en el momento no llevaba la cuenta. Iván termina. Se retira con un movimiento seco. Deja el bastoncillo usado sobre la bandeja y evalúa el bolsillo con la distancia profesional de quien acaba de terminar un encargo técnico.
—Ya está.
Bajo la cabeza. Miro el bolsillo. La mancha negra ha desaparecido, sustituida por una sombra gris muy pálida, casi imperceptible bajo la luz del vestíbulo. El alcohol ha hecho su magia e Iván ha hecho su trabajo.
—Gracias —digo, recomponiéndome.
—De nada.
—Señor Montoya.
—Doctora.
No nos hemos tocado. Me lo repito internamente, muy despacio, para que el dato quede registrado en mi memoria administrativa: no nos hemos tocado.
Ese medio centímetro de aire entre su mano izquierda y mi cuerpo ha sido un muro infranqueable.
Y sin embargo, noto el pulso acelerado en la base del cuello, la respiración alterada y una sensación que no sé cómo clasificar; una mezcla de alerta física y una profunda vergüenza.
Iván recoge la bandeja y se gira hacia el mostrador.
—Tere, gracias por la ayuda.
—De nada, Montoya. A mandar.
—Bonitos los papelitos doblados —comenta él con una sombra de sonrisa.
—Son para la basura —responde ella, imperturbable.
—Claro. Lo suponía.
Iván entra en su estudio sin añadir nada más. Yo me quedo sola frente al mostrador. Teresa se pone de pie, recoge sus figuras de papel y las tira al cesto con un gesto definitivo. Se vuelve a sentar y retoma su bolígrafo como si el pasillo no hubiera estado a punto de arder hace un momento.
—Tere.
—Dígame, doctora.
—¿Se puede saber qué estabas haciendo realmente con esos papelitos?
—Papelitos, doctora. Simples papelitos.
—Tere, no me mientas.
—Doctora, escúcheme —dice ella, mirándome por encima de sus gafas—. Si yo me pongo a mirar fijamente, se nota demasiado. Si me pongo a doblar papelitos, parece que estoy en mis cosas. Los papelitos son mi coartada para poder vigilar sin ser vista.
La miro durante un par de segundos. Teresa sostiene mi mirada con la dignidad de quien custodia el altar más limpio de todo el Vedado.
—Gracias. Por la coartada.
—De nada, doctora. A lo suyo.
Me refugio en mi consultorio y cierro la puerta. Me apoyo contra la madera un segundo y suelto el aire que parecía tener atrapado en los pulmones.
Mi próxima paciente es Mirta Arencibia para una endodoncia a la una y media.
Mirta tiene sesenta años, es amiga de mi madre y posee esa paciencia infinita de quien ha pasado la mitad de su vida haciendo colas.
La hago pasar, le aplico la anestesia y me sumerjo en el trabajo. La rutina me ayuda a centrarme.
A las tres y cuarto llega Rubén Castañeda.
Tiene veinticuatro años y estudia ingeniería en la Universidad de La Habana.
Lleva dos años con el provisional de una fractura y hoy, finalmente, viene a terminar la corona.
Le quito la pieza provisional, preparo la zona y trato de darle conversación para que se relaje.
—¿Cómo va la tesis, Rubén?
—Bien, doctora. Ahí vamos, peleando con los datos.
—¿Sobre qué trata?
—Ingeniería de redes. Bastante denso.
—Uy, me lo imagino.
Seguimos con el procedimiento. Rubén es el paciente ideal: no se queja, abre la boca cuando se lo pido y mantiene la calma. Sin embargo, a mitad de la colocación de la corona, siento que me observa con una insistencia extraña.
—¿Puedo hacerle una pregunta personal?
—Puede, adelante.
—¿Usted está saliendo con el tatuador de al lado?
Me quedo paralizada con la corona sujeta en la pinza. Bajo la mano lentamente hasta la bandeja, me deslizo la mascarilla hacia el cuello y miro a Rubén Castañeda a los ojos. El estudiante de ingeniería me mira con la cara ladeada y una curiosidad genuina.
—¿Disculpe? ¿Qué ha dicho? —pregunto, incrédula.
—Lo siento, doctora. No debí decir nada, me he pasado de confianza.
—¿Por qué me pregunta algo así?
—Por la mancha —responde él con naturalidad.
—¿Qué mancha?
—La mancha del bolsillo de su bata.
Miro hacia abajo. La sombra gris pálida sigue ahí. Es casi invisible, pero está. Rubén ha pasado cuarenta minutos mirando al techo y a mis manos, y parece que el bolsillo de mi bata ha sido su punto de referencia visual.
—Rubén —digo, recuperando la voz más profesional que tengo—, simplemente se me cayó un frasco de tinta encima. Un accidente.
—¿Era suyo el frasco?
—No, era de mi vecino.
—Del tatuador.
—Del tatuador —confirmo.
—Ah. Entiendo.
Se produce una pausa pesada. Rubén, con sus veinticuatro años, parece haber sacado sus propias conclusiones. Yo, con mis treinta, todavía no he sacado las mías.
—Rubén, vamos a terminar. Le voy a colocar la corona. Cierre la boca despacio cuando yo se lo indique.
—Sí, doctora.
Termino el trabajo, le doy las instrucciones de cuidado y le cobro.
En cuanto se marcha, me apoyo en el respaldo del taburete y suelto un suspiro largo.
La mancha del bolsillo ha dejado de ser un problema de limpieza para convertirse en una sombra administrativa.
Es visible para el mundo. La pregunta de Rubén ha sido la bofetada de realidad que no esperaba recibir un martes cualquiera.
Abro mi cuaderno, anoto el procedimiento y el cobro. En una esquina de la hoja, con letra diminuta, escribo la palabra «mancha». La tacho de inmediato. Vuelvo a escribirla. Vuelvo a tacharla.
A las cinco atiendo a mi último paciente, Ignacio Roura, para una limpieza simple. A las seis menos cuarto, Teresa aparece en la puerta con el bolso al hombro.
—Doctora, yo ya me retiro.
—Ve tranquila, Tere. Hasta mañana.
—¿Está todo en orden?
—Todo bien.
—Doctora... la bata.
—Lo sé, Tere.
—Déjela en agua fría esta noche, con un poco de detergente suave. Verá como la sombra desaparece del todo.
—Gracias por el consejo.
—De nada, doctora. Descanse.
La oigo bajar las escaleras y escucho el sonido metálico del portón de la calle.
Me quedo sola. Apago la lámpara del sillón dental y cierro los cajones.
Miro hacia el pasillo. La puerta del estudio de Iván está entreabierta, apenas a dos dedos.
Desde dentro llega el murmullo de una conversación; reconozco la voz de Chuchi y luego la de Iván, baja y pausada.
No me voy a acercar. No procede. Me quito la bata, la doblo con cuidado y la meto en mi bolsa. Cojo mi cartera, apago la luz del consultorio y salgo al pasillo. Camino rápido, pero al pasar frente a su puerta, sin que nadie levante la voz, oigo su saludo.
—Doctora.
Me detengo en seco.
—Señor Montoya.
—Hasta mañana —dice él desde la penumbra.
—Hasta mañana.
Y eso es todo. Bajo las escaleras con la bata a cuestas y la sombra gris acompañándome. En la calle, el calor de junio me golpea como una verdad no solicitada. Camino hasta la parada y subo a la guagua. Me siento junto a la ventanilla y apoyo la frente contra el cristal frío.
Pienso, sin poder evitarlo, en esos dos minutos y veintidós segundos en los que su mano estuvo a medio centímetro de mi piel. No nos tocamos. Pero si el cuerpo decide adelantar el reloj, el cuerpo ya sabe cosas que el resto de nosotros todavía no nos atrevemos a firmar.