De guardia con mi enemigo SEIS #2
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SEIS #2

—Dani, escúchame bien. Yo no te he preguntado si te gusta el tatuador.

—Bien.

—Solo te he pedido una descripción física objetiva de un vecino.

—Bien.

—Si no te gustara ni un poquito, me lo habrías descrito de arriba abajo sin pensar. El hecho de que te niegues a hablar de su boca me dice todo lo que necesito saber.

Me callo. Sigo comiendo y tragando el arroz que ahora me sabe a pura introspección. Rosaura regresa del baño justo en ese instante. Viene con los labios retocados y una energía renovada. Se sienta, agarra el tenedor y nos mira alternativamente con el ceño fruncido.

—¿Qué pasó mientras no estaba?

—Nada —decimos Valeria y yo al unísono.

—Ustedes dos siempre dicen «nada» con la misma sincronía sospechosa. Eso significa que ha pasado de todo.

—Rosaura, come, que se te enfría la carne —le digo.

—Yo como. Pero sé perfectamente que estaban en una conversación a la que no he sido invitada.

—Estábamos hablando de tu cumpleaños —miente Valeria con una fluidez envidiable.

—Mi cumpleaños, precisamente. Hoy me lo deben todo, así que hablen claro. Dani, suelta lo que tengas.

Miro a Valeria buscando auxilio, pero ella solo levanta una ceja con esa profesionalidad suya. No me ayuda, pero tampoco me vende del todo; simplemente me deja lidiar con mi propio interrogatorio.

—Hay un tatuador —repito por tercera vez hoy.

Rosaura abre mucho los ojos y suelta el tenedor. El impacto del metal contra la porcelana suena a noticia importante.

—¿Un tatuador? ¿El de al lado?

—¿Cómo sabes tú que es el de al lado? —le pregunto, sorprendida.

—Porque Teresa me lo contó todo, Dani.

—¿Teresa te llamó para contarte eso?

—Teresa me llama cada vez que pasa algo mínimamente interesante en la consulta. Llevamos tres años trabajando juntas, es nuestra red de inteligencia.

—Teresa es una delatora profesional, voy a tener que hablar con ella —protesto.

—Teresa es un ángel que se preocupa por nosotras —dice Rosaura muy seria.

—Es un ángel y una delatora —añade Valeria—. En Cuba, esas dos cosas nunca han sido incompatibles.

Rosaura mastica un trozo de ropa vieja casi sin saborearlo, traga y se limpia la comisura de los labios con determinación. Se inclina hacia mí con esa expresión que usa cuando entra en terreno de análisis profundo.

—¿Cómo es él? Y no me des la versión oficial que le diste a Valeria.

—Es lo mismo que le dije a ella, Rosaura. No hay otra versión.

—A mí no me sirve eso. Yo necesito los detalles que Valeria, por ser demasiado educada, no te ha preguntado.

—Valeria me ha preguntado hasta por su boca, Rosaura. No queda nada por preguntar.

—Entonces le estás ocultando algo a Valeria.

—¡Rosaura!

—Dani.

—Rosaura, por favor.

Mi socia baja la voz hasta el nivel de la conspiración pura.

Me clava los ojos con una fijeza que me hace sentir desprotegida.

Y entonces ocurre. Rosaura Pichardo, la mujer con la que comparto facturas, pacientes y desinfectantes desde hace tres años, me lanza una pregunta con la naturalidad de quien pregunta por el clima.

—¿Tiene buenos brazos?

Me quedo de piedra. Sin responder.

Uno. Dos. Tres segundos.

Durante ese breve lapso de tiempo, y muy a mi pesar, mi mente viaja directamente a los antebrazos de Iván Montoya.

Lo veo sosteniéndole la pata a Molar en aquel pasillo estrecho.

Recuerdo su camisa negra remangada hasta el codo, la línea tensa de los músculos trabajando con delicadeza, la piel marcada por ese otro tatuaje que no me permití observar del todo.

Tres segundos son más que suficientes para que mi memoria traicione mi indiferencia.

Valeria tiene que taparse la boca con la servilleta para ocultar una carcajada que amenaza con estallar. Rosaura abre los ojos aún más, satisfecha con el silencio. Yo me como el último trozo de pollo intentando rescatar los restos de mi dignidad.

—Rosaura —digo, tratando de recuperar el mando—, ¿cómo se supone que voy a saber yo sí tiene buenos brazos?

—No lo sabías. Pero lo acabas de confirmar con ese silencio tan largo.

—Yo no he confirmado nada de nada.

—Dani, tres segundos callada ante una pregunta sobre brazos es una confirmación firmada ante notario —sentencia Rosaura.

—Es jurisprudencia pura, Dani. No hay vuelta atrás —añade Valeria desde detrás de la servilleta.

—¿Ustedes qué son? ¿Una banda organizada contra mi salud mental?

—Somos tus mejores amigas —responde Rosaura—. Es nuestro deber.

—Es mucho peor que si fueran una banda —murmuro.

Nos reímos de nuevo y pedimos el postre para cerrar la comida.

Rosaura elige el flan, Valeria el helado de coco y yo me limito a pedir un café.

A estas alturas del interrogatorio, no me entra nada sólido en el estómago.

Mientras esperamos, Rosaura vuelve a la carga, pero esta vez con una intención mucho más afilada.

—Dime una cosa, Dani. Ese tatuador... ¿tiene otras clientas?

—¿Otras qué? —pregunto sin entender.

—De esas mujeres que van a hacerse un pajarito o una flor en la clavícula solo para ver si los brazos del tatuador les rozan la piel de casualidad.

Me atraganto con el agua. El ataque de risa de Valeria esta vez es incontenible. Rosaura, en cambio, no se ríe. Me observa con la seriedad de un cirujano que recopila datos antes de abrir.

—Rosaura, no tengo ni idea de quién entra o sale de su estudio.

—Deberías empezar a fijarte un poco más.

—¿Y por qué demonios debería fijarme en su clientela?