De guardia con mi enemigo SEIS
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SEIS

Rosaura Pichardo cumple cuarenta y cinco años hoy y se ha empeñado, con esa terquedad festiva que le sale a veces, en celebrarlo en El Aljibe.

Eso significa, básicamente, que voy a pasarme el mediodía comiendo arroz con frijoles y ropa vieja como una turista con el perímetro marcado por la guía oficial.

He intentado razonar con mi socia; le he explicado pacientemente que El Aljibe a la una de la tarde es un hervidero de extranjeros con cámaras al cuello y de cubanos que acaban de aterrizar desde Hialeah con ganas de nostalgia procesada.

También le he recordado, apelando a la lógica, que un almuerzo de trabajo no es lo mismo que un almuerzo de cumpleaños.

Y que, si por definición ella me está invitando a su celebración, la que paga no debería ser yo.

Rosaura, que me conoce demasiado bien, se limitó a soltar una carcajada antes de sentenciar:

—Dani, por Dios, no seas administradora hasta para almorzar. Olvídate de los costos y de las facturas por una hora.

Por eso estoy aquí, en El Aljibe, a la una en punto. A veces hay que ceder y dejarle a la gente la ilusión de que una es capaz de desconectar el interruptor de la eficiencia, aunque por dentro siga calculando el tiempo de espera y el margen de beneficio de la mesa de al lado.

Hoy llevo el pelo suelto. Es un detalle menor, pero hace exactamente tres semanas que no me lo soltaba para venir a trabajar; el moño bajo es mi uniforme de guerra, mi barrera profesional.

Me he puesto un vestido de lino en tono crudo, sin mangas y largo hasta la media pantorrilla.

Lo compré el año pasado en una tienda de la calle Línea y lo tenía enterrado en el fondo del armario, casi olvidado.

Me he puesto también unos pendientes pequeños de plata, con esa discreta forma de gota que apenas brilla cuando muevo la cabeza, y un toque de pintalabios.

Ni siquiera es un rojo llamativo, sino un rosa malva, tan sutil que solo se nota el resultado saludable en el rostro y no el gesto de haberme maquillado.

Me miro en el cristal de la cafetería de la calle 23 mientras camino hacia el restaurante y me repito mentalmente, como un mantra necesario, que esto no lo hago por Iván Montoya.

Lo hago porque hoy es viernes, porque mi socia celebra un año más de vida y porque una mujer de treinta años tiene todo el derecho del mundo a soltarse el pelo un mediodía caluroso sin tener que rendir cuentas a nadie.

Lo digo una segunda vez, muy despacio, mientras observo mi reflejo: no es por el tatuador.

A la cuarta repetición, decido que ya es suficiente de autosugestión y entro al local.

Rosaura me espera en una mesa del fondo.

No está sola; Valeria Alcántara está sentada frente a ella.

En cuanto las veo, comprendo que esto es un complot en toda regla.

Valeria no tenía ninguna razón profesional para estar aquí, lo que significa que Rosaura la ha convocado con fines estratégicos.

Mi socia ha decidido que a una amiga soltera de treinta años hay que sentarla a la mesa frente a una amiga casada con un hombre como Zapata, alguien capaz de sacarte la verdad de los ojos antes de que llegue el primer plato.

Valeria luce impecable en su vestido de seda verde agua. Lleva el pelo tan estirado y perfecto que parece recién salida de una reunión de alto nivel en La Moraleja. Se levanta cuando me ve acercarme y me rodea con uno de sus abrazos característicos: tres segundos exactos de presión afectiva.

—Estás rara —me susurra al oído antes de soltarme.

—No estoy rara, Valeria. Hola —respondo, tratando de sonar natural.

—Estás rara —insiste ella, examinándome con la mirada mientras nos sentamos—. Estás guapa y estás rara. Es una combinación que solo te he visto dos veces en la vida, y las dos terminaron con un cambio drástico.

—Valeria, por favor.

—Siéntate y prepárate —dice ella con una sonrisa enigmática.

Rosaura, desde el otro lado, junta las manos delante del pecho y me mira como si fuera un regalo inesperado.

—¡Dani, te soltaste el pelo! Estás radiante.

—Me lo soltó la humedad, Rosaura. No busquen misterios donde solo hay clima tropical.

—No te lo soltó la humedad —rebate mi socia sin perder la sonrisa.

—Te queda muy bonito el vestido, Rosaura —intento desviar la atención hacia la cumpleañera.

—No me cambies de tema tan rápido.

—Te he cambiado de tema con toda la intención del mundo.

Rosaura ignora mi protesta y se gira hacia Valeria.

—Valeria, ¿tú qué ves? Danos tu opinión experta.

Valeria deja los cubiertos sobre el mantel con una parsimonia que me pone nerviosa.

Me mira de arriba abajo, sin ninguna prisa, y entrecierra los ojos apenas dos milímetros.

Es el gesto que hace cuando un acusado entra en su despacho y ella ya sabe que miente.

Lo he visto demasiadas veces como para no reconocerlo.

—Veo a una odontóloga soltera que hoy no ha dejado que la humedad decida su peinado —dictamina con voz pausada.

—Valeria, de verdad...

—Dani.

—Es el cumpleaños de Rosaura, simplemente quería arreglarme un poco —me defiendo.

—Por eso te has soltado el pelo —añade Valeria con sarcasmo—. Qué detalle tan conmovedor hacia tu socia.

—Te lo juro por lo que quieras.

—No me jures nada. Mejor come, que ya traen la bandeja.

Nos reímos las tres y procedemos a pedir el menú.

Rosaura va directa a por la ropa vieja. Valeria se decanta por el pescado a la plancha; desde que conoció a Mario, evita la carne roja cuando hay testigos delante para mantener esa imagen de sofisticación ligera.

Yo pido arroz con pollo. Soy predecible hasta para almorzar.

Creo que lo que una pide en un restaurante tiene que ser coherente con lo que una es: una odontóloga del Vedado de treinta años pide arroz con pollo.

No se pide una escalopina de langosta al estilo Luis XV, ni aunque ese día haya decidido soltarse la melena.

Mientras llega la comida, Rosaura se lanza a relatar el desastre del cumpleaños del año pasado, cuando el aire acondicionado del hotel Diplomático decidió morir en medio de la cena.

Valeria la escucha con esa paciencia profesional que la caracteriza, asintiendo en los momentos adecuados.

Yo intervengo cuando el guion lo exige, me río de las anécdotas y mastico con calma.

Sin embargo, a los quince minutos, Rosaura se levanta para ir al baño.

En cuanto desaparece tras la columna, Valeria deja el tenedor sobre el plato con una pulcritud que asusta.

—Dani —dice, clavándome los ojos.

—Valeria.

—¿Qué está pasando realmente?

—Nada que no sepas. Trabajo, calor, pacientes...

—Dani, no me insultes.

—Valeria, en serio.

—No me hagas tener que sacártelo con pinzas, que soy abogada y tengo mucha paciencia para los interrogatorios.

—No me saques nada —le pido, sintiendo que mi resistencia se debilita.

—Ya te lo estoy sacando. Mira cómo te has puesto.

Suelta una risa breve, una mezcla de cariño y de esa satisfacción que siente cuando gana un caso.

Yo bajo la vista hacia el plato de arroz.

Mastico despacio, prolongando el silencio.

Valeria no dice nada; lleva diez años esperando a que los testigos hablen, así que dos minutos de silencio para ella son apenas un parpadeo.

—Hay un tatuador —suelto de repente.

He levantado la cabeza justo después de decirlo, esperando ver el impacto de mis palabras en su rostro. A veces una dice las cosas solo para medir su peso en la reacción del otro. Valeria, sin embargo, ni pestañea.

—Sigue.

—No hay mucho más que seguir. Hay un tatuador que se ha mudado al local de al lado. Somos dos consultas separadas por un hueco en la pared que el dueño del edificio parece no tener intención de tapar.

—¿Cómo se llama él?

—Iván Montoya Navarrete.

—¿De qué barrio viene?

—De Lawton.

—Edad aproximada.

—Treinta y tres años.

—¿Está soltero?

—Supongo que sí —respondo, tratando de restarle importancia.

—¿Supones o lo sabes?

—Valeria, no le he pedido el carné de identidad ni le he preguntado su estado civil. Es mi vecino de local, no mi pretendiente.

—Deberías haberlo hecho. Yo le pregunto hasta al mecánico que me arregla la moto si vive solo. La información es poder, Dani.

—Tú estás casada, Valeria. No es lo mismo.

—Precisamente por eso lo pregunto. Para saber con quién trato.

Valeria se limpia los labios con la servilleta de tela y bebe un sorbo de agua. Se toma su tiempo. Sabe que los interrogatorios efectivos no se hacen con prisas, sino cocinando al sujeto a fuego lento hasta que los datos empiezan a brotar solos.

—¿Te parece buena persona?

—No lo sé todavía.

—¿Te trata bien cuando coinciden?

—Me trata. Sin más —digo, aunque sé que miento un poco.

—Eso no es una respuesta válida para mí.

—Es la única que tengo ahora mismo, de verdad.

—Dani. Mírame.

—Valeria.

—Físicamente, ¿cómo es? Descríbemelo.

Me quedo callada dos segundos exactos. Valeria lo anota mentalmente, lo sé por cómo brilla su mirada. Me obligo a comer un grano de arroz. Tengo treinta años y soy una profesional; puedo describir a un hombre delante de mi mejor amiga sin comportarme como una adolescente.

—Es alto. Más alto que yo. Delgado, pero tiene la espalda ancha. El pelo es negro, lo lleva rapado en los lados y un poco más largo en la parte de arriba. Tiene la mandíbula muy marcada. Y tiene un tatuaje en el cuello.

—¿Qué clase de tatuaje?

—Una cruz con una enredadera.

—¿En qué lado del cuello?

—En el izquierdo.

—¿Lo has mirado con mucho detenimiento, no?

—Valeria, no voy a responder a esa pregunta capciosa.

—Ya me has respondido con el simple hecho de saber el diseño y el lado —dice ella, triunfante.

—No, no he respondido nada.

—Dani, no he terminado todavía el examen.

—Valeria, por favor, que va a volver Rosaura.

—La boca. Descríbeme la boca de ese Iván.

—No —me niego rotundamente.

—¿Por qué no?

—Porque no. Porque es absurdo.

Valeria se ríe muy bajito, con una elegancia que me irrita. Bebe más agua y me mira como si estuviera a punto de firmar una confesión completa.