CINCO #3
Retira su mano primero. Yo retiro la mía un segundo después, con un retraso deliberadamente imperceptible para un reloj, pero que ambos sabemos que existió. Daniela se incorpora con elegancia y se sacude la bata. Deja la bandejita sobre el mostrador de Teresa y me alarga el frasquito pequeño.
—Una gotita al día. Durante tres días seguidos. Después lo volvemos a mirar para confirmar que ha cerrado bien.
—¿Lo volvemos? —pregunto, subrayando el plural.
—Al perro, Montoya. Hablo del perro.
—El perro. Claro.
—Señor Montoya... —dice ella, como si fuera a añadir algo más.
—Doctora.
Pero no dice nada. Entra en su consultorio y cierra la puerta.
Medio milímetro antes de que el pestillo encaje, noto desde el pasillo que sus hombros, que habían estado tensos y elevados durante toda la mañana, caen ahora medio centímetro, relajándose.
Molar mira la puerta cerrada con nostalgia y luego vuelve su vista hacia mí.
—Yo tampoco sé qué decirte, chico —le confieso en voz baja.
Le paso la mano por la cabeza, guardo el frasquito en el bolsillo y volvemos al estudio. Nelson sigue allí, con el brazo al aire, fiel a su puesto. Yaisa sigue hipnotizada por el techo.
—¿Todo bien afuera? —pregunta Nelson con curiosidad.
—Todo bien.
—¿Y la doctora?
—La doctora... —repito, sin saber muy bien cómo definirlo.
—Hmm —Nelson asiente, como si hubiera entendido mucho más de lo que he dicho.
Yaisa gira la cabeza despacio, sin cambiar la postura de su cuerpo pesado.
—Iván.
—Dime, Yaisa.
—La doctora se parece a alguien —suelta de repente.
—¿A quién?
—A nadie en particular. Se parece a alguien que todavía no conoces. Luego lo pienso mejor y te digo.
—Bueno. Como digas.
Me pongo los guantes nuevos y enciendo la máquina.
El zumbido vuelve a llenar el espacio. Me concentro en el brazo de Nelson y trabajo durante una hora larga, hundiendo la aguja con precisión.
Sin embargo, una parte de mi mente sigue atrapada en el pasillo.
Repasando las medidas. Noventa centímetros.
Dos centímetros de distancia entre los dedos. Cinco segundos de silencio.
A la una llega Dunia Nodarse, la cliente nueva del reparto Ayestarán.
Es una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta, con un cabello rizado que lleva recogido en una coleta práctica.
Viste una blusa verde y pantalones de mezclilla.
Viene recomendada por la mujer de Chuchi y busca algo sencillo: una nota musical en la clavícula.
—Siéntese por aquí, Dunia.
Ella obedece, abre su bolso y saca una fotografía arrugada. Es una corchea simple, con el cuerpo bien redondeado. Escala A. Un diseño limpio.
—¿Le preocupa el dolor? —pregunto, cumpliendo con el protocolo de siempre.
—Lo que haga falta para que quede bien —responde ella con seguridad.
—Va a arder un poco, es una zona de hueso.
—Nada que yo no pueda aguantar a estas alturas de la vida.
Dunia sonríe con una tranquilidad que me agrada.
Tiene esos modales de mujer que ya no tiene que demostrarle nada a nadie.
Le coloco la plantilla sobre la clavícula, limpio la zona con alcohol y realizo el primer contorno.
Ella no se inmuta. Aprieta los dientes apenas un instante y luego se relaja por completo.
—Usted tiene muy buena mano —comenta después de diez minutos de silencio.
—Se agradece el cumplido.
—No es por dar conversación, es que se le reconoce el oficio.
—Gracias, Dunia.
Sigo trabajando. La mujer guarda silencio y respira con calma.
Teresa, desde el otro lado del hueco, empieza a hacer ruiditos rítmicos con un lapicero contra su libreta.
Nunca estoy seguro de si esos sonidos son casuales o si forman parte de un código secreto.
La experiencia me inclina a pensar que no hay azar en lo que hace Teresa.
Cuando termino, limpio la zona con cuidado, aplico el ungüento protector y le explico los pasos para la curación. Dunia se pone de pie, se observa en el pequeño espejo de la pared y se toca la clavícula con la punta del dedo, maravillada.
—Me encanta —dice con sinceridad.
—Me alegro mucho.
—¿Puedo volver por aquí? —pregunta mientras recoge sus cosas.
—Cuando quiera. Las puertas están abiertas.
—Bien.
Recoge su bolso y me dedica una mirada un segundo más larga de lo necesario. No es una mirada pesada ni incómoda; es amable, experimentada, una mirada que sabe exactamente lo que busca. Dunia, a sus cuarenta y cinco, conoce perfectamente el peso de una mirada.
—Hasta pronto, Iván.
—Hasta pronto, Dunia. Que le vaya bien.
Ella sale por la puerta. Empiezo a recoger el material y a limpiar la máquina. Teresa, desde su mostrador y sin levantar la voz, lanza un comentario al aire:
—Qué señora más simpática esa.
Lo dice mirando fijamente sus papeles, pero proyectando la voz para que se oiga perfectamente en la consulta del otro lado.
No sé si Daniela la escuchó, pero yo, desde mi ángulo, puedo ver el hueco del pasillo.
Por esa geometría caprichosa de las casas cubanas divididas a la fuerza, alcanzo a ver la puerta cerrada del consultorio dental.
La puerta no se mueve, permanece impasible.
Pero es que esa puerta nunca se mueve sin un motivo de peso.
—Tere —la llamo en voz baja.
—Dime, Montoya.
—Te tengo miedo, de verdad.
—Tú me dijiste una vez que lo que me tenías era respeto —me recuerda ella.
—Tengo las dos cosas ahora mismo.
Teresa suelta una risa corta, bajita, sin llegar a levantar la cara de su mostrador.
A las seis de la tarde cerramos el local.
Daniela no ha vuelto a asomarse al pasillo desde la curación de Molar.
La oigo a través del hueco mientras se despide de su último paciente, y luego llega ese intervalo de sonidos familiares que he aprendido a identificar en las últimas tres semanas: el tintineo de la bandejita, el arrastre del taburete, el roce de la tela al cambiarse la bata por la ropa de calle.
Salgo al pasillo con Molar. En ese preciso instante, la puerta de su consultorio se abre. Nos quedamos mirando medio segundo. Ninguno de los dos finge sorpresa; este tipo de encuentros ha empezado a formar parte de nuestra nueva normalidad.
—¿Cómo va el perro? —pregunta, echándole un vistazo rápido.
—Está bien. Se porta mejor que el dueño.
—Mañana hay que darle la gota —me recuerda.
—Mañana se la doy yo mismo, doctora. Usted ya me dio el frasquito, no tiene por qué preocuparse.
—Cierto —asiente ella—. Se lo di.
—Entonces... estamos en paz.
—Entonces.
Ella empieza a caminar por el pasillo hacia la salida. Yo me quedo en mi lado, dándole espacio. Cuando pasa a mi altura, los noventa centímetros del pasillo vuelven a ser una medida física infranqueable. No se rozan las mangas de nuestras camisas, no se rozan nuestras rodillas. No hay contacto.
Sin embargo, veo de reojo que ella contiene el aliento dos segundos más de lo estrictamente necesario antes de seguir adelante. Y yo, por mi parte, sostengo el mío tres segundos completos.
La veo bajar las escaleras y desaparecer de mi vista.
Me quedo ahí parado en el pasillo, en el silencio de la tarde que cae sobre el Vedado.
Tengo el frasquito de la medicina en la mano, al perro sentado a mis pies y la cabeza perdida en algún lugar que todavía no sé nombrar.
Molar me mira con sus ojos inteligentes, juzgándome en silencio.
—No me mires así, chico —le digo, rompiendo el silencio—. Al final, tú solo eres la excusa.
Molar mueve la cola una sola vez y se encamina hacia la salida.