CINCO #2
—Vive conmigo. Es lo más parecido a la propiedad que tenemos por aquí.
—Esa no fue mi pregunta, señor Montoya.
Siento el filo de su voz en este segundo intercambio. Me apoyo en el marco de la puerta, cruzo los brazos con los guantes todavía puestos y me permito el lujo de observarla con calma, sin prisas.
—Es mío. Se llama Molar.
Daniela tarda un segundo en reaccionar al nombre. Apenas una décima de segundo en la que sus manos se detienen. Lo noto porque no le quito los ojos de encima.
—¿Molar? —repite, como si no estuviera segura de haber oído bien.
—Es propaganda gratuita para su negocio, doctora. El perro lleva medio año caminándole por la acera de enfrente, haciéndole relaciones públicas.
Ahora sí levanta la cabeza. Me clava una mirada directa, de esas que queman. Tiene una paciencia delgada, casi quirúrgica, como si estuviera diseccionando mis palabras antes de decidir cuáles merece la pena responder.
—¿Me está diciendo seriamente que bautizó a su perro pensando en mi consultorio dental?
—Le estoy diciendo que el perro llegó a mi puerta el mismo día que yo me mudé a este local. En la planta baja había un cartel enorme que decía «clínica dental». Yo no le pongo nombres caprichosos a los animales por gusto, señora.
—Doctora —me corrige de inmediato.
—Doctora —asiento, aceptando el rango.
—Entonces no es suyo —concluye ella, volviendo a la pata—. Se lo regaló el azar.
—El azar y Dolores.
—¿Quién es Dolores? —pregunta, con una curiosidad que no esperaba.
—Mi madre.
Lo digo con un tono neutro, sin elevar la voz pero sin dejar que decaiga.
Daniela cierra la boca de golpe y guarda silencio un par de segundos.
He empezado a reconocer ese gesto en ella: cuando toco algún punto que no sabe cómo clasificar, cierra la boca un instante antes de emitir un juicio.
Es una forma de respeto. Mi madre me enseñó a reconocerlo: al muerto ajeno no se le responde con ligereza.
—Bien —dice finalmente.
Vuelve a bajar la cabeza hacia el perro. Levanta de nuevo la pata y pasa el pulgar con suavidad extrema por la zona de la raspadura.
—Esto está infectado —sentencia.
—No está infectado —le discuto—. Solo es un raspón de ayer.
—Le aseguro que está infectado.
—Es una raspadura, doctora. Se la hizo persiguiendo un gato.
—Es una raspadura infectada —reitera ella con la seguridad de quien no admite réplicas—. Hay que limpiarla en condiciones.
—Yo ya la he limpiado dos veces —le informo.
—¿Con qué? —pregunta inquisitiva.
—Con agua oxigenada.
—Con agua oxigenada... —repite ella, con un tono que mezcla la lástima y el reproche—. Eso no sirve para curar esto, señor Montoya. Eso solo sirve para que usted se sienta útil haciendo algo.
Me callo. No hay una respuesta decente para una frase así, sobre todo porque en el fondo sé que tiene razón.
La única salida digna sería admitirlo, pero no lo voy a hacer ahí, en medio del pasillo y con Nelson escuchando cada palabra desde el estudio.
Me guardo el comentario, pero me lo anoto.
Daniela se incorpora con un movimiento fluido.
Se limpia las manos en la bata blanca y vuelve a mirar al perro, que sigue esperando sus instrucciones.
—Tráigalo a mi lado en cinco minutos —ordena.
—Doctora, con todo respeto, yo no voy a meter al perro en su consultorio. Sé que a usted le gusta tener todo impecable.
—No lo voy a atender dentro del consultorio. Le voy a hacer la cura aquí mismo, en el pasillo.
—¿En el pasillo? ¿Delante de todo el mundo?
—En el pasillo —repite, sin dar margen a la duda.
—¿Y qué pasa con su paciente de las diez y cuarto? —pregunto, tratando de encontrar una excusa logística.
—Viene a las once.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo cambió la cita?
—La cambió Teresa hace un momento —responde ella con total naturalidad.
Asomo la cabeza hacia el mostrador común. Teresa está fingiendo una concentración absoluta, revisando un cuaderno de citas que yo sé que lleva tres años cerrado y cubierto de polvo.
—Teresa —la llamo.
—Dime, Montoya.
—¿Tú cambiaste la cita de la señora de las diez y cuarto?
—Yo no cambié nada, muchacho —responde ella sin levantar la vista—. La señora simplemente no vino.
—Hace cinco minutos no había llegado todavía porque faltaba tiempo —insisto.
—Hace cinco minutos usted no había traído al perro al pasillo —sentencia Teresa, dándome a entender que el destino ya estaba escrito.
Daniela se cruza de brazos. No sonríe, pero noto que no está molesta.
Está observando la escena como una espectadora técnica, analizando los hilos que mueve Teresa con la misma soltura con la que organiza sus estampitas.
Dolores, mi madre, habría llamado a eso «manejo».
Una habilidad para que las cosas ocurran como uno quiere sin que parezca que ha intervenido.
—Cinco minutos, señor Montoya —insiste Daniela—. Tráigalo.
Se da la vuelta y se retira por el pasillo sin esperar mi confirmación. Oigo la puerta de su consulta cerrarse con la calma de quien no ha dado una orden, sino que simplemente ha compartido una información inevitable. Miro a Molar. El perro me mira a mí, moviendo la cola ligeramente.
—Pa' allá —le digo, señalando el suelo.
Entro un momento al cubículo. Nelson sigue sentado en la misma posición, con el brazo al aire y una paciencia infinita.
—Oquendo, voy a tener que cortar unos quince minutos. Hay una emergencia médica —le explico.
—Dale, hermano —dice él sin inmutarse—. No te preocupes.
—¿Seguro que no te importa esperar?
—Yaisa tampoco tiene prisa por irse a ningún lado —responde Nelson, señalando a su mujer.
Yaisa, desde el sofá y sin apartar la vista del techo, añade:
—Yo no tengo prisa alguna. Lo único que tengo es barriga.
—Cierto.
Apago la máquina, el silencio repentino llena la habitación. Me quito los guantes sucios, me lavo las manos rápidamente y agarro a Molar por el lomo. Salgo al pasillo.
El pasillo es estrecho, mide exactamente noventa centímetros.
Lo sé porque lo medí yo mismo hace quince días con el metro de Nelson, cuando estaba planeando reubicar unos muebles y todavía no sabía que ese espacio se convertiría en el escenario de mi primer contacto real con la dentista.
Noventa centímetros es una distancia traicionera: es el espacio justo en el que dos personas no pueden pasar en paralelo sin rozarse los brazos.
Daniela sale de su consultorio portando una bandejita metálica. Veo gasas, suero fisiológico, un frasquito pequeño y una pinza. Nada del otro mundo, un equipo de limpieza básico. Trabajo limpio.
—Póngalo aquí —dice ella, señalando un punto en el suelo, justo frente a su puerta.
—Doctora...
—Señor Montoya.
—No hay mucho sitio aquí fuera para maniobrar —le advierto.
—Hay noventa centímetros. Son más que suficientes para una cura.
—¿Lo midió usted también? —pregunto con una ceja levantada.
No contesta. Simplemente se agacha con la bandejita en la mano. Yo hago lo mismo, situándome frente a ella.
Molar se queda entre los dos. Se tumba sobre sus cuatro patas, dejando la herida hacia arriba como si supiera que es el protagonista de la función. Hemos entrenado esa postura para otras cosas y el perro tiene buena memoria.
Daniela saca un cuadrado de gasa estéril y lo empapa generosamente en suero.
Toca la pata con una firmeza que no carece de suavidad.
Molar ni se inmuta. El que se mueve soy yo.
Tardo apenas dos segundos en darme cuenta de que mi rodilla izquierda está a escasos dos dedos de su rodilla derecha.
Ella parece no notarlo, o quizás lo nota y ha decidido que el espacio profesional ignora la proximidad física.
Tiene la cabeza concentrada en la pata, el moño bajo bajo la luz cenital del pasillo, y sus manos ejecutan ese baile preciso de quien domina su oficio.
—¿Esto le va a arder? —pregunto por romper el silencio, que se me hace pesado.
—No. Es suero fisiológico.
—Creí que era... algo más fuerte.
—Ya sé lo que creyó, pero se equivoca. Primero se limpia con suero para que se suelte el detritus. Después se evalúa la situación real.
—¿El detritus? —repito la palabra técnica.
—La porquería, señor Montoya. La porquería de la calle. Le estoy traduciendo para que me entienda.
—Se lo agradezco, doctora.
Ella esboza una sonrisa mínima, una milésima de segundo dirigida a la pata del perro.
No levanta la cara, pero yo la cazo al vuelo porque no he dejado de mirarla.
Sigue limpiando con meticulosidad. Sin darme cuenta, empiezo a aguantar la respiración.
Hay un olor que emana de ella, y no es perfume de marca.
Es un aroma a jabón neutro, a bata recién lavada y ese olor cálido, casi reconfortante, que tienen las personas que se lavan las manos constantemente.
Y algo más, algo doméstico de fondo, como pan recién hecho o café lejano.
No sabría ponerle un nombre y decido no intentarlo.
—Acérquese —dice ella de pronto.
—¿Cómo dice?
—Que se acerque más. Sosténgale la pata desde arriba, justo por encima de la articulación.
Molar es un perro educado, pero su paciencia tiene un límite biológico. Es cierto que si le doy firmeza desde arriba, cualquier tirón que ella dé abajo será menos arriesgado. Acerco mi mano.
Daniela tiene sus dedos apoyados sobre el lomo del perro para estabilizarlo. Yo coloco mis dedos sobre la pata. En ese movimiento, nuestros pulgares quedan a una distancia ridícula, calculada más con el calor del cuerpo que con la vista. Dos centímetros. Quizás menos. No apartamos las manos.
Cinco segundos. Es lo que diría un escritor para describir un momento así.
No sé cuánto tiempo pasó en realidad, pero fueron los segundos necesarios para que el aire en el pasillo de noventa centímetros se volviera más denso.
Ella no me mira. Yo no la miro a ella. Los dos mantenemos la vista fija en el perro, que en ese momento es el ser más equilibrado de toda la provincia.
—Bien —dice ella finalmente, rompiendo el hechizo.