De guardia con mi enemigo CINCO
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CINCO

La palabra de Lawton esa mañana es humedad.

Se siente en las baldosas del patio que parecen sudar un frío viejo, se siente en el cuello de mi camisa negra que ya nace pegajosa contra la piel, y se siente, sobre todo, en la cabeza de Molar.

El perro entra conmigo al estudio escurriéndose, sacudiendo el cuerpo con un ritmo frenético, como si alguien le hubiera vaciado un cubo de agua encima nada más cruzar el umbral.

Dicen en el barrio que Molar no es mío. La gente habla por hablar, porque les sobra tiempo o porque les falta misterio.

Yo me limito a decir la verdad: el perro se vino a vivir conmigo hace seis meses y yo no le puse ninguna objeción.

Apareció un martes, se instaló en la alfombra y decidió que mi soledad era un espacio lo suficientemente amplio para los dos.

—¿Lo llevas hoy también al Vedado? —me pregunta Juanca desde la moto.

Paso por la esquina de Dolores y él está ahí, con el motor en marcha, envuelto en ese humo azul de las máquinas viejas que se mezcla con el aire pesado de la mañana.

—Lo llevo —respondo sin detenerme.

—Ese perro te va a meter en problemas, Iván. Te lo digo yo.

—Ya me metió —le suelto de vuelta.

Juanca suelta una risa corta por la nariz, de esas que suenan a descreimiento, arranca la moto con un estruendo que rebota en las fachadas desconchadas y me deja ahí, plantado en el borde de la acera con el animal chorreando a mi lado.

Dolores Montoya, que en paz descanse, me decía siempre que un hombre que lleva un perro a todas partes es un hombre que no está acostumbrado a quedarse solo.

Nunca le discutí aquello. A Dolores no se le discutía nada en vida; era una mujer de verdades absolutas y silencios largos.

Tampoco voy a empezar a discutirle ahora que solo es un recuerdo y un nombre en una esquina.

Molar mira hacia la dirección del Vedado, entornando los ojos como si entendiera perfectamente la ruta, el destino y las complicaciones que nos esperan.

—Dale —le digo, dándole una palmadita en el lomo húmedo—. Vamos.

En la guagua, el perro se porta como un caballero.

Va tranquilo, metido entre mis piernas para no estorbar, ocupando el mínimo espacio posible en medio del tumulto de gente que sube y baja.

Molar no es un perro de ruidos innecesarios.

Ladra cuando hay un motivo de peso, cuando el aire trae una amenaza o una urgencia.

No grita por gritar, y eso es algo que agradezco.

Me bajo en la calle 23 y seguimos caminando bajo ese cielo gris que amenaza con no despejarse nunca.

El perro camina pegado a mi pantalón. Siento la frialdad de su pelaje mojado contra la tela negra de mi pierna, dejando una línea de humedad que se marca con cada paso.

Una vecina, de esas que parecen custodiar las aceras del Vedado con la mirada, me observa con ese gesto de desprecio contenido que ponen por aquí cuando ven a un hombre con un tatuaje visible en el cuello y un perro callejero como escolta.

Sostengo su mirada tres segundos exactos.

No es un desafío, es solo una constatación de espacio.

La vecina baja los ojos y aprieta el paso. Nosotros seguimos nuestro camino.

Llego al edificio, subo las escaleras y abro mi lado del local.

El estudio es amplio, o al menos lo era antes de que la necesidad y la falta de espacio lo dividieran en dos.

Teresa ya está allí, al otro lado del hueco que dejó la pared que una vez separó ambos mundos.

Tiene la escoba en la mano y su ritual matutino ya está en marcha: la santa del día, una estampita de Santa Bárbara, descansa apoyada contra una taza blanca de porcelana.

—Montoya —dice ella a modo de saludo, sin detener su barrido rítmico.

—Tere —respondo mientras dejo las llaves sobre el mostrador.

—¿Trajiste a Molar? —pregunta, aunque ya lo ha visto entrar.

—Lo traje.

—La doctora llega a las diez —me advierte, como si yo no tuviera el horario grabado en la cabeza.

—Ya lo sé.

Teresa no dice nada más. Se detiene un momento para mirar al perro.

Molar, por su parte, le devuelve una mirada fija, inteligente.

Entre ellos dos existe un tratado tácito, una especie de acuerdo diplomático que yo todavía no alcanzo a comprender del todo.

Teresa deja la escoba a un lado, abre el cajón del mostrador con un chasquido seco y saca un pedacito de queso blanco envuelto en papel de estraza.

Se lo tira a Molar sin siquiera mirarme a mí.

El perro lo atrapa en el aire, con una precisión quirúrgica, y se lo traga de un bocado.

—No me alimentes al perro a esta hora, Tere —le recrimino por pura costumbre—. Luego no quiere la comida en casa.

—Yo no lo alimento —responde ella con esa calma mística que maneja—. Yo le doy la bienvenida.

—Eso es todavía peor.

Teresa sonríe apenas una décima de segundo y se refugia detrás del mostrador.

Cualquiera que no la conozca diría que es una mujer que no se inmuta ante nada, pero yo sé leer sus silencios.

Es cubana y es santera; ninguna de las dos condiciones permite quedarse en un punto neutro ante la vida.

Siempre hay una corriente de fondo en lo que hace.

Me meto en mi lado del estudio. Es mi refugio, un espacio de luz dirigida y olor a tinta.

Enciendo la autoclave para esterilizar el instrumental, el zumbido familiar me ayuda a aterrizar en la jornada.

Abro el cuaderno de citas para repasar el día: tengo a Nelson a las once para continuar su pieza, a Chuchi a las doce, y una cliente nueva que viene del reparto Ayestarán a la una.

Entre esas horas queda la vida, los cafés compartidos y el paso del tiempo a través del hueco de la pared.

Y una cosa más. La pata de Molar.

El animal trae una raspadura fea en la pata delantera derecha desde ayer por la tarde.

Se escapó persiguiendo a un gato por la calle Zapata y regresó cojeando.

En el momento no me pareció grave; le limpié la herida un par de veces con agua oxigenada y pensé que con eso bastaría.

Pero hoy, durante el trayecto en la guagua, lo he notado caminar con dificultad.

Daniela, que trabaja al otro lado del hueco, es médico.

Aunque sea dentista y se pase el día mirando molares y encías, tiene esa formación de bata blanca que a mí me falta.

Sin embargo, no se lo voy a pedir. La dentista del Vedado no va a rebajarse a curar al perro del tatuador de Lawton. Ni aunque se lo pida de rodillas.

Me siento, me ajusto los guantes de látex y empiezo a preparar la máquina.

El sonido del motor es un mantra que me calma.

A las nueve y media, mucho antes de lo acordado, llega Nelson acompañado de Yaisa.

Ella trae una barriga de siete meses que parece pesarle en cada paso.

Lleva la camiseta amarilla subida para dejar que la piel respire y los pies hinchados, apenas contenidos por unas chancletas rosadas.

—Vengo a sentarme —dice ella, dejándose caer en el sofá azul del rincón como si fuera un puerto seguro.

—Siéntate, Yaisa. Estás en tu casa.

—Vengo a sentarme porque en casa ya no encuentro la postura y Nelson dice que no me aguanta más —se queja con un deje de cansancio y ternura.

—Es que no te aguanto —confirma Nelson desde la puerta, con una tranquilidad absoluta—. Está eléctrica.

—Ya lo veo —digo yo, observando cómo Molar se arrima a los pies de la mujer con un instinto protector.

Yaisa le rasca la cabeza al perro, justo en ese punto exacto entre las dos orejas donde a él le gusta.

—¿Tú no tenías la cita a las once, Nelson? —le pregunto mientras ajusto la luz de la mesa.

—A las once —responde él, entrando al cubículo—. Pero Yaisa no aguantaba más la casa y aquí se siente mejor.

—Ya. Entiendo.

Le señalo la silla de trabajo. Nelson se sienta, se sube la manga y me enseña el antebrazo.

Llevamos tres semanas trabajando en una pieza mediana: una rama con hojas detalladas que le trepa desde la muñeca hasta el codo.

Es un trabajo delicado, de mucha línea fina.

Hoy toca empezar con el sombreado del lado izquierdo para darle profundidad.

Me concentro, el mundo exterior desaparece y solo quedamos la piel, la aguja y el ruido constante de la máquina.

Yaisa, desde el sofá, se queda mirando al techo, perdida en sus propios pensamientos de madre primeriza.

De pronto, un sonido rompe la burbuja de concentración. Es un ladrido. Uno solo, corto y seco. Reconozco la voz de Molar al instante. Viene del pasillo.

—Oquendo —le digo a Nelson—, quédate quieto un segundo.

Nelson no se mueve ni un milímetro. Salgo del cubículo con los guantes de látex puestos, todavía manchados de una pizca de tinta, y me asomo al pasillo. Veo exactamente lo que mi intuición me había dictado: Daniela está ahí.

Lleva su bata blanca impecable y está agachada delante de mi puerta.

Tiene una mano firme sobre el lomo de Molar y con la otra sostiene con delicadeza la pata delantera derecha del perro.

Tiene la cabeza inclinada, concentrada en el examen.

Su pelo está recogido en un moño bajo, pero un mechón rebelde se le ha escapado sobre la oreja.

Desde mi posición, veo la línea blanca de su cuello y la curva de la clavícula, un trozo de piel que asoma apenas un dedo por encima del borde de la bata.

Me fijo en sus dedos: son finos, cortos, con las uñas perfectamente limpias y sin un solo anillo.

Son manos de odontóloga. Manos que están acostumbradas a la precisión, manos que saben lo que hacen.

Molar no se queja, ni siquiera intenta retirar la pata.

Está de pie, inmóvil, con la cabeza girada hacia mí, como si quisiera decirme: «mira, jefe, alguien que de verdad sabe de esto me está atendiendo».

—¿Es suyo? —pregunta Daniela sin levantar la vista de la herida.

—Mío es mucho decir —respondo, tratando de mantener la distancia.

—¿Es suyo o no lo es? —insiste ella con un tono más cortante.