CUATRO #3
El miércoles veintisiete a las tres de la tarde, doña Carmen llega al estudio con doña Hilda Bermejo, setenta y cuatro años.
Trae un traje de seda azul marino y una determinación clínica.
El señor Montoya las atiende a las dos. A doña Carmen, una mariposa azul de dos centímetros en el tobillo izquierdo.
A doña Hilda, un pajarito marrón con la forma del tocororo nacional cubano, en el hombro derecho.
Trabaja dos horas con cada una. Las dos señoras, durante el proceso, hablan entre ellas de la convención anual del Lyceum en agosto, de dos maestras muertas el año pasado, del precio del aceite, y, en tres ocasiones, del señor Montoya directamente, con esa tercera persona respetuosa que las señoras del Vedado usan para los profesionales que están a dos metros de distancia con la aguja en la mano.
A las seis menos diez terminan. Se pagan. Se despiden. En la sala común, antes de irse, se detienen en el mostrador.
—Doña Teresa —dice doña Carmen.
—Dígame, doña Carmen.
—A su hermana Haydée... dígale que venga. Que el joven es serio.
—Le diré.
—Y a las amigas del Lyceum que pregunten, doña Teresa, si no le es molestia.
—¿Cuántas son, doña Carmen?
—Diez, once, doce. No más por ahora.
—Doce señoras del Lyceum tatuadas —repite Teresa con un tono que no sé si es pavor o admiración.
—Doce, doña Teresa, con edades entre los sesenta y ocho y los ochenta y uno. Todas con algún pequeño proyecto pendiente que hasta ahora no se habían atrevido a confesar.
—Apuntado queda.
Salen. La puerta se cierra. El silencio cae sobre la sala. Teresa en el mostrador. Molar bajo la silla. El señor Montoya todavía en el estudio limpiando. Yo en el umbral.
«Daniela, respira. Uno: acabas de presenciar el nacimiento oficial de un circuito clandestino del Lyceum Habana hacia el estudio de tatuajes.
Dos: el nodo administrativo es Teresa Benítez.
Tres: el señor Montoya va a tatuar a más socias del Lyceum que las que hay registradas en la historia de Cuba.
Cuatro: todo esto ocurre en tu consultorio. Cinco: respira».
Me acerco al mostrador.
—Teresa.
—Dígame, doctora.
—¿Doña Carmen exagera?
—Doctora, doña Carmen Ferrán no exagera. Doña Carmen minimiza. Si ha dicho doce, van a ser dieciséis.
—¿Qué está pasando con el barrio, Teresa?
—Lo normal, doctora. Lo normal cuando se cae una pared vieja de un edificio viejo de una generación cansada de no hacer lo que quería. El Vedado cambia. Tarda, pero cambia.
Miro al hueco. En el estudio, el señor Montoya está guardando tintas. Al notar que lo miro, levanta la cabeza.
—Doctora.
—Señor Montoya. Dos señoras del Lyceum hoy. ¿Se esperaba esto?
—No, doctora. En absoluto.
—¿Está preocupado?
—Asombrado —responde él.
—Señor Montoya, una invitación. Doña Carmen me dijo que la convención del Lyceum es en agosto. Me invitó a dar una charla sobre higiene bucal. Me sugirió que usted asistiera también, como profesional colega, para responder dudas técnicas de las socias.
Él deja de organizar las tintas.
—¿Usted asistirá?
—Yo daré la charla. Es mi obligación.
—¿Y yo?
—Usted decide.
—Doctora, decida usted por mí.
—¿Por qué?
—Porque si decido yo voy a decir que sí sin pensarlo por la novedad. Pero si decide usted, va a decir que sí con pensamiento. Y un sí con pensamiento vale más en este caso.
«Daniela, respira. Uno: te pide que decidas tú. Dos: es un argumento cubano perfecto. Tres: te devuelve un control que él ya tenía. Cuatro: eso es oficio. Cinco: no se lo devuelves todo. Seis: contesta con medida».
—Decido que sí.
—Gracias, doctora.
—Pero con tres condiciones. La primera: la charla la doy yo. Usted interviene solo si le preguntan. La segunda: me espera al final para volver juntos al edificio. Y la tercera: camisa de manga larga.
—Doctora, ¿y el tatuaje del cuello?
—El tatuaje del cuello es suyo, señor Montoya. Pero el Lyceum tiene luces frontales que van a iluminar cada guirnalda de flor blanca de su cuello como si fueran focos. Le ahorro el reflejo innecesario.
—¿Ahorra usted por mí o por las señoras, doctora?
Le sostengo la mirada. No bajo la vista. No puedo.
—Ahorro por las tres partes.
—Aceptado.
Él vuelve al frigorífico. Yo entro a mi consultorio. Abro el cajón. La carta sigue ahí. Apunto mentalmente que en diez días dejaré de comprobarla.
A las siete termino. Cruzo la sala común. Teresa se ha ido. Molar se queda hoy con él, es miércoles, noche de turno compartido.
—Señor Montoya. Hasta mañana. Con Molar.
—Hasta mañana, doctora.
Bajo y camino a casa. Paro a mitad del trayecto en el puesto de Evelio Prats, el florista anciano.
—Evelio, una flor segunda de tamarindo. De esas amarillas.
—Usted nunca me compra flores de esas, doctora.
—Hoy sí. Un peso.
La envuelve en papel. La meto en el bolsillo de la bata junto a la otra.
«Daniela, respira. Uno: acabas de comprar una flor segunda para ponerla en el frasco con la que recogiste del pasillo. Dos: ahora son dos. Tres: diagnóstico clínico de compulsión romántica. Cuatro: la escala mental hay que revisarla completa. Cinco: respira».
Llego a casa. Pongo la flor en un vaso al lado de la Virgen de la Caridad. Me parece que es exactamente lo que la sala necesitaba. Me acuesto. Me duermo.