De guardia con mi enemigo CUATRO #2
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CUATRO #2

«Daniela, respira. Uno: doña Carmen Ferrán acaba de anunciarte que mañana vendrá Hilda Bermejo al estudio del señor Montoya a tatuarse un pajarito.

Dos: doña Hilda Bermejo tiene setenta y cuatro años.

Tres: doña Hilda Bermejo lleva treinta años siendo socia activa del Lyceum Habana.

Cuatro: el Lyceum Habana está a punto de ser una red de tatuadas ancianas sin saberlo.

Cinco: la escala mental hay que revisarla completa».

Carmen paga su revisión dental. Se despide con un gesto de la mano enguantada. Sale. Teresa, al cerrarse la puerta, suelta con una dignidad recepcionil herida:

—Doctora.

—Teresa.

—Lo del Lyceum... a mi hermana Haydée.

—¿A Haydée qué, Teresa?

—Doctora, Haydée es socia del Lyceum desde el año setenta. Cuando se entere mañana por la tarde de que Carmen Ferrán se tatúa con el tatuador de la consulta de su hermana, Haydée me llama. Me lo juro por San Judas.

—¿Y qué pasará?

—Que me va a preguntar si a ella le hago yo la intermediación.

—¿Usted quiere hacerla?

—Doctora, yo no tengo ganas de convertirme en agente comercial del señor Montoya a los sesenta y tres años. Pero Haydée es mi hermana menor. Le voy a dar el número del estudio. Nada más.

—Apuntado, Teresa.

Salgo al pasillo a fumar mentalmente, porque yo no fumo, pero tengo que hacer el gesto de bajar al patio para procesar la magnitud del cambio sísmico en el barrio.

Al llegar, el señor Montoya ya está ahí con el cigarrillo encendido, porque hoy ha bajado antes de la una y media. Me ve aparecer. Levanta una ceja un milímetro.

—Doctora.

—Señor Montoya.

—A las doce y veinte.

—A las doce y veinte.

—¿Todo bien?

—Todo bien, señor Montoya.

—¿Respira?

—Respiro. ¿Usted?

—Respiro, doctora. Pero con una clienta nueva para mañana a las tres que no había previsto en mis planes de jubilación temprana.

—Ya veo.

—Doctora, ¿usted la deriva?

—Señor Montoya, a doña Carmen Ferrán, nacida en el año cincuenta y cuatro, no la deriva nadie.

Ella sola ha caminado hasta su estudio atravesando cincuenta y cuatro años de normas sociales de su propia clase, tres gobiernos, dos monedas y una pandemia.

Yo no he hecho absolutamente nada más que presentarla.

—Bien.

—Bien.

—Doctora, una observación.

—Dígame.

—Lo que usted acaba de hacer en el estudio hace media hora...

—¿Qué he hecho?

—Usted ha presentado a doña Carmen Ferrán a un tatuador. Usted ha dicho: "Carmen, le presento al señor Montoya". Usted ha dicho señor . Eso, doctora, tiene carga semántica.

—¿Carga semántica?

—Usted me llama señor por clausulado, por contrato.

Pero presentarme como señor Montoya a una socia del Lyceum es elevar la categoría social del encuentro.

Si yo fuera un tatuador sin tratamiento profesional, usted me presentaría como Iván o como "el muchacho" o simplemente "mira, Carmen".

Usted me ha elevado a señor ante sus iguales. Carga semántica.

Él me sostiene la mirada tres segundos. No se le mueve un milímetro del rostro. Pero hay un filo nuevo, más seguro que el del lunes, que yo, por primera vez en diez días, reconozco con los ojos abiertos.

«Daniela, respira. Uno: el señor Montoya acaba de analizarte el uso social de un vocativo con la precisión de un catedrático de sociolingüística habanera. Dos: tiene razón. Tres: tú lo has dicho así porque eso es lo que querías decir. Cuatro: no lo admitas. Cinco: devuélvele la pelota».

—Señor Montoya, si yo le hubiera presentado como "el tatuador", usted me habría acusado de menoscabo profesional.

—Probablemente, doctora.

—Si le hubiera presentado como "Iván", usted me habría acusado de ruptura de clausulado y falta de respeto al Punto 12.

—Probablemente, doctora.

—Entonces, "señor Montoya" era la única opción técnicamente neutra.

—Técnicamente neutra con carga semántica, doctora. No me engaña.

—Señor Montoya.

—Dígame.

—Ya está bien por hoy de análisis del discurso.

—Apuntado, doctora.

—Suba.

—Subo.

Él se gira. Sube. Yo me quedo en el pasillo dos minutos más.

El tamarindo. La flor segunda del lunes sigue sobre el antepecho, aunque hoy es martes.

Nadie la ha recogido. Es una mancha amarilla sobre el mármol frío.

La recojo yo esta vez. La guardo en el bolsillo de la bata, sin querer saber por qué lo hago.

Subo. La tarde pasa sin incidentes, aunque el aire del consultorio parece más ligero. A las seis y media, cuando ya estoy recogiendo, suena el teléfono. Es línea directa.

—Consultorio Sotolongo, buenas tardes.

—Dani, soy yo.

—Valeria.

—¿Tienes un minuto?

—Dos, si quieres.

—Dani... Doña Carmen Ferrán.

—¿Ya te llamó?

—Hace cuarenta minutos. Me dijo tres cosas. Una, que le has visto la muela con precisión. Dos, que mañana viene con Hilda Bermejo. Tres, que el tatuador que tienes al lado es, y cito textualmente, "un caballero habanero en el sentido antiguo del término".

—Valeria...

—Dani, ¿tú estás bien?

—Estoy bien, de verdad.

—¿Segura?

—Valeria, no empieces con tus diagnósticos de café.

—Dani, una mujer de setenta y dos años que no ha salido del Lyceum más de quince metros en los últimos ocho años acaba de describirme al tatuador de al lado como caballero habanero. Eso es información técnica de alto nivel.

—¿Información técnica de qué?

—De que el hombre produce ese efecto en mujeres con criterio. Y tú tienes más criterio que doña Carmen. Si a ella le ha producido el efecto, tú estás cocinándote a fuego lento desde el catorce de mayo.

—Valeria, ¿estás analizándome otra vez?

—Dani, llevo diecinueve años analizándote. Hoy solo te lo cuento. Una pregunta más... ¿Hay taza?

—Valeria.

—¿Sí o no?

—Sí. Hay taza.

—¿Desde cuándo?

—Jueves pasado.

—Dani, escucha: no laves la taza mañana.

—¿Cómo que no lavo la taza? Eso es antihigiénico.

—Déjala un día sin lavar. Mira lo que pasa. Experimenta. Si no pasa nada, la lavas al día siguiente. Si pasa algo... si él nota que no la has lavado... me llamas.

—No voy a dejar la taza sin lavar, Valeria.

—Claro que sí. Hazlo por la ciencia.

—No.

—Dani...

—Te cuelgo.

—Cuélgame, pero piénsalo.

Cuelgo. Me quedo de pie al lado del teléfono. Miro la taza del girasol sobre el escritorio. He cambiado el agua al frasquito de las flores segundas que tengo en el alféizar, pero eso es otra cosa totalmente distinta.

«Daniela, respira. Uno: Valeria Alcántara, abogada y profesional contrastada, acaba de proponerte que dejes una taza sin lavar como experimento emocional.

Dos: Valeria tiene razón y lo sabes, porque los pequeños cambios en la rutina revelan las grietas.

Tres: no vas a hacerle caso. Cuatro: pero vas a pensarlo esta noche en casa durante al menos veinte minutos.

Cinco: eso es concederle la razón. Seis: respira».

Recojo mis cosas. Cierro el consultorio. Bajo con Molar. Caminamos hasta casa bajo un cielo que empieza a oscurecerse. A las nueve y media me acuesto. A las diez menos diez, decido no dormir todavía. Me levanto. Voy al salón. Me siento. Abro el bloc del móvil donde apunté el jueves: Pasillo. Taza.

Añado debajo:

Carta. Posdata. Flor segunda en bolsillo. La escala mental hay que revisarla completa.

Cierro el bloc. Apago el móvil. Me duermo.