CUATRO
El martes veintiséis amanece en el Vedado con la misma luz limpia que ha tenido todas las mañanas desde que cayó la pared, con la diferencia técnica de que hoy yo tengo en el primer cajón del escritorio del consultorio, bajo un bloc de recetas antiguo, una carta escrita a mano con pluma estilográfica por un tatuador de Lawton.
Firma con tres apellidos completos y escribe posdatas que mi propia madre calificaría, si las leyera, de afecto cubano de vieja escuela.
He pasado la noche sin dormir bien, sin que eso me impidiera dormir las horas necesarias, lo cual, técnicamente, significa que he dormido suficiente sin descansar del todo. Es una distinción médica que yo he explicado a muchos pacientes y que hoy aplico a mí misma con rigor clínico.
A las ocho y veintiocho entro al consultorio con la precisión habitual.
—Buenos días, Teresa.
—Buenos días, doctora.
—¿Café?
—En el antepecho.
—Gracias.
—A usted.
Cruzo la sala común. Al llegar a la altura del hueco, sin detenerme pero con el tono que marca el Punto 12:
—Señor Montoya.
—Doctora.
—Buenos días.
—Buenos días, doctora.
—Con punto doce.
—Con punto doce.
Entro al consultorio. Cierro la puerta. Me siento. Abro el cajón. La carta sigue donde la dejé anoche. La cierro sin sacarla. Siento el papel bond, el relieve de la tinta de pluma que ya se ha secado.
«Daniela, respira. Uno: la carta sigue en el cajón. Dos: no se ha ido a ningún sitio. Tres: comprobar cada mañana que sigue ahí es compulsivo. Cuatro: detén la compulsión. Cinco: la próxima comprobación, como mucho, mañana. Seis: respira».
A las nueve menos cuarto, llega mi primera paciente del día: Asunción Prieto Landa, setenta y nueve años, revisión de prótesis inferior. La atiendo con la paciencia que requiere su edad. A las nueve y media termina. A las diez, otro paciente rutinario. A las once, un hueco vacío.
A las once y cuarto, oigo la máquina del señor Montoya parar.
Oigo su voz por el hueco despidiendo a un cliente.
Oigo la puerta de la calle cerrarse. Luego, el silencio denso del estudio.
Oigo los pasos del señor Montoya hacia el baño de la sala común.
Pasa por delante del hueco. No se asoma.
Vuelve del baño. Pasa otra vez por delante del hueco.
Esta vez, de forma brevísmia, se detiene.
Medio segundo. Mira. Mira mi escritorio.
La taza del girasol está ahí como siempre.
El bloc. La pluma Cross al lado. Un frasco de tinta negra sin estrenar que mi padre me regaló el año pasado y que yo no había usado nunca hasta ayer por la tarde.
Medio segundo de mirada. Sigue.
«Daniela, respira. Uno: el señor Montoya acaba de mirar tu escritorio durante medio segundo.
Dos: eso es una mirada no prevista en los once puntos.
Tres: técnicamente es una violación del punto cuatro sobre respeto a la privacidad visual mutua.
Cuatro: pero medio segundo es técnicamente no computable a efectos administrativos.
Cinco: yo he comprobado la carta esta mañana tres veces; no tengo la superioridad moral para quejarme de media mirada ajena. Seis: mira los zapatos».
Miro los zapatos.
A las once y media llega una paciente nueva, remitida por Valeria, mi mejor amiga.
Doña Carmen Ferrán, setenta y dos años, viuda de un diplomático, socia del Lyceum Habana desde el año cincuenta y ocho.
Es una de las últimas socias vivas de aquella generación dorada.
Camina con bastón de ébano y un sombrero pequeño de paja, y entra al consultorio con la naturalidad de quien lleva seis décadas entrando a consultas privadas.
—Carmen.
—Daniela, hija.
—¿Cómo está?
—Bien, hija. Te traigo una molestia en la muela inferior derecha, un dolor sordo desde el viernes. Nada grave. Probablemente una recomposición antigua que se rebela.
La siento en el sillón dental. Le reviso con cuidado.
Efectivamente, una amalgama antigua a punto de desprenderse.
Le explico el procedimiento. Acepta. Trabajo veinticinco minutos bajo su mirada aristocrática.
Sin complicaciones. Al terminar, cuando le quito la servilleta y le tiendo el vaso de agua, doña Carmen se incorpora en el sillón y me mira con una curiosidad que no es dental, es histórica.
—Hija.
—Carmen.
—Una cosa.
—Dígame.
—¿Es cierto que hay un tatuador al otro lado de la pared?
«Daniela, respira. Uno: doña Carmen Ferrán, setenta y dos años, socia histórica del Lyceum Habana, acaba de preguntarte por el tatuador de al lado.
Dos: las socias del Lyceum no preguntan por tatuadores, preguntan por el estado de las artes y la política internacional.
Tres: doña Carmen está preguntando. Cuatro: eso significa que la información ha escalado a la franja social más inesperada posible. Cinco: respira».
—Carmen, ¿cómo lo sabe?
—Hija, me lo dijo Valeria el domingo. Me llamó para preguntarme si podía hacerme una cita contigo.
Al comentarle dónde está tu consulta, me dijo que compartes local temporal con un estudio de tatuajes.
No le di importancia en ese momento. Pero hoy, al entrar, he visto el hueco en la pared y me he acordado. He sentido una curiosidad... legítima.
—Carmen, el hueco es una incidencia estructural en reparación. No es una elección estética.
—Lo sé, hija. Pero el hueco tiene un hombre al otro lado.
—Sí.
—Un tatuador.
—Sí.
—Hija, ¿cuánto cobra un tatuaje pequeño?
«Daniela, respira. Uno: doña Carmen Ferrán acaba de preguntar por tarifas de tatuajes.
Dos: doña Carmen Ferrán tiene setenta y dos años.
Tres: doña Carmen Ferrán es viuda de un diplomático que sirvió en París.
Cuatro: lo que está pasando ahora mismo en tu consulta es estadísticamente imposible.
Cinco: está pasando. Seis: contesta con naturalidad profesional».
—Carmen, ¿usted para qué quiere saber eso?
—Para saberlo, hija.
—Carmen...
—Hija, yo a los setenta y dos años quiero un tatuaje en el tobillo izquierdo.
Uno pequeño. Una mariposa. Se lo prometí a mi hija Alicia antes de que se fuera a Miami.
Se lo prometí hace diecisiete años. Alicia, desde Miami, me pregunta dos veces al año si ya me lo hice.
Le miento dos veces al año. Llevo diecisiete años mintiéndole a mi propia hija por una mariposa.
—Usted quiere tatuarse una mariposa.
—Hija, quiero tatuarme una mariposa pequeña, discreta, de color azul. En el tobillo. Donde pueda taparla con la media cuando voy al Lyceum para no escandalizar a las más jóvenes de ochenta. Y donde pueda enseñarla a Alicia cuando la vaya a ver a Miami el mes que viene.
Me quedo en silencio un segundo. Miro a doña Carmen. Miro el hueco.
—Carmen, le presento al señor Montoya.
—Hija, me encantaría.
Salimos del consultorio. Teresa, en el mostrador, al ver a doña Carmen y al oír la palabra "mariposa", reza dos Avemarías consecutivos sin abrir los ojos.
Cruzamos la sala común hasta el hueco del estudio.
El señor Montoya está en el taburete con la libreta de bocetos, trabajando en un diseño complejo. Levanta la vista al oírnos llegar.
—Doctora.
—Señor Montoya. Le presento a doña Carmen Ferrán, paciente mía de toda la vida.
—Doña Carmen, mucho gusto. Iván Montoya.
—Joven, encantada —dice ella, apoyándose en su bastón de ébano con una elegancia que el estudio no había visto nunca.
—¿Puede atender a la señora un momento?
—Claro, doctora. Adelante.
Salgo del hueco y dejo que pasen al estudio. Me quedo de pie en la sala común con Teresa. Desde donde estoy, a través del hueco, oigo el intercambio técnico.
—Doña Carmen, ¿en qué puedo servirle?
—Una mariposa, joven. Pequeña. Azul. En el tobillo izquierdo. Del tamaño de una moneda de veinticinco centavos.
—¿Cuándo quiere hacérselo?
—Hoy, si me deja. Voy a Miami el sábado y quiero llegar con el hecho consumado.
—Doña Carmen, hoy mismo no puedo —explica él con una voz suave que no le conocía—. Un tatuaje, aunque sea pequeño, lleva por lo menos dos horas de preparación del boceto para que sea perfecto, más la ejecución. Necesito que esa mariposa sea digna de usted.
—¿Y mañana?
—Mañana a las tres.
—Mañana a las tres, entonces.
—¿Hacemos un boceto rápido ahora para ver el tamaño?
—Boceto ahora.
Teresa, en el mostrador, sigue con los Avemarías.
Molar, bajo la silla, se ha levantado por primera vez en la mañana y ha cruzado al pie del sillón de orejas, donde se ha sentado con una dignidad canina de testigo.
Yo, de pie en la sala común, me quedo sin saber qué hacer con las manos, mirando cómo la alta sociedad del Vedado se funde con el arte de Lawton.
A los veinte minutos, doña Carmen sale del estudio con el tobillo dibujado con un rotulador lavable que el señor Montoya le ha aplicado para comprobar el impacto visual.
La mariposa, en trazo azul, tiene dos centímetros y medio de ancho.
Doña Carmen la mira con una satisfacción de niña de siete años a la que le ha dado permiso su madre por fin.
—Hija, mira.
—La veo, Carmen.
—¿Qué tal me queda?
—Carmen, muy bien. Le queda... coherente.
—Hija, mañana a las tres vengo con Hilda.
—¿Hilda Bermejo?
—Hilda Bermejo, mi amiga de sesenta años, del Lyceum también, viuda del doctor Bermejo.
—¿Para qué va a venir Hilda?
—Hija, Hilda va a querer también. Cuando me vea a mí mañana por la tarde con la mariposa, va a querer una. No te lo digo yo, Daniela. Te lo digo en nombre de sesenta años de amistad. Yo a Hilda la conozco mejor que Hilda a sí misma.
—¿Un pájaro también?
—Un pájaro, hija. Un pajarito muy pequeño. Igual. En el hombro. Que se lo tapa con la blusa y solo lo enseña cuando ella decida.