De guardia con mi enemigo TRES
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TRES

El texto dice, con letra clara:

Doctora Sotolongo:

Atentamente,

Iván Montoya Navarrete

La caligrafía no es mía, en realidad. Es de mi madre, Dolores, quien hace treinta años me enseñó a escribir cartas formales con pluma. Mi letra adulta es un derivado directo de la suya, con apenas dos variaciones menores en las mayúsculas.

«Tranquilo, Iván. Uno: lo que tienes en el bolsillo es una carta formal sobre pactos privados no oficiales. Dos: eso es una contradicción técnica. Tres: la contradicción es buscada. Cuatro: esta mujer va a apreciar el matiz. Cinco: respira».

Entro a la sala común. Teresa ya ocupa su puesto. Le entrego su café y dejo el tercero en el antepecho del mostrador. El sobre se queda en mi bolsillo; aunque la tentación de pedírselo a Teresa es grande, el código dicta que quien firmó anoche con pluma es quien debe hacer la entrega.

—Muchacho —saluda Teresa.

—Doña Teresa.

—¿Un café?

—Sin estrategia, doña Teresa.

—Sin estrategia, muchacho. Siga así.

Cruzo al estudio. Nelson aún no ha llegado. Los lunes suele aparecer a las nueve y cuarto porque su novia, Yaisa, le prepara un desayuno especial. Nelson ha aprendido que respetar los tiempos de Yaisa es una cuestión de supervivencia emocional básica.

Me siento en el taburete y reviso la agenda: a las nueve, retoque con Lisandro; a las once, un cliente nuevo de Luyanó; a la una y media, el pasillo; y a las tres, la jornada de la tarde.

A las ocho y veintiocho, el sonido de los tacones anuncia a la doctora. Saluda a Teresa, recoge su café y cruza la sala. Al llegar a la altura del hueco, sin asomarse, lanza su saludo:

—Señor Montoya.

—Doctora.

—Buenos días.

—Buenos días, doctora. ¿Pasillo a la una y media?

—Pasillo a la una y media —confirma ella—. Bien.

—Bien.

La puerta del consultorio se cierra. Decido esperar. Entregar una carta formal a las ocho y treinta y un minutos de un lunes me parece excesivo, incluso para un hombre que redacta sus pensamientos en la guagua.

A las nueve llega Lisandro. Trabajo con él durante una hora y cuarto. Al terminar, mientras me paga, no puede evitarlo: sin mala intención, pero sin permiso, mira hacia el escritorio de la doctora a través del hueco. La taza del girasol sigue allí, impecable.

—Ivancito —suelta Lisandro.

—No comentes nada desde la sala común, Lisandro.

—No comento, no comento. Pero sigue ahí —dice antes de marcharse.

«Tranquilo, Iván. Uno: la taza sigue allí. Dos: lleva cuatro días y catorce horas en ese escritorio. Tres: ella la lava y la devuelve cada mañana. Cuatro: ya no es una taza. Cinco: no lo nombres. Seis: respira».

A las diez y media entra Nelson al estudio. Deja la mochila y me mira con una cara que no puede ocultar.

—Hermano, tengo noticias. Yaisa está embarazada. Cinco semanas. Eres el primero en saberlo... después de Teresa.

—¿Teresa ya lo sabe? —pregunto sorprendido.

—Se me escapó al entrar. Esa mujer tiene un radar. Me preguntó si había "novedad familiar" y se lo solté. Me bendijo con San Judas Tadeo, el patrón de las causas difíciles. Eso no me gusta nada.

—Teresa bendice todo lo que se mueve, Nelson —trato de calmarlo—. Solo sabe que tú y Yaisa vais a pasar seis meses discutiendo por el nombre del bebé.

Nos reímos. El ambiente se relaja, pero el sobre sigue quemándome en el bolsillo. Atiendo al cliente de Luyanó y, a las doce y veinte, salgo al patio a fumar. Al pasar por el mostrador, Teresa me detiene.

—Muchacho, ese sobre.

—¿Qué sobre, doña Teresa? —intento jugar al despiste.

—El que lleva en el bolsillo del pecho desde las siete y cuarenta y cinco de la mañana —dice ella con esa detección óptica digna del Ministerio del Interior.

—Lo tengo, sí. Es para ella. Se lo daré en el pasillo.

—Un consejo: no lo haga —me advierte—. El pasillo es para lo verbal.

Para lo escrito, use el mostrador. Déjelo en el antepecho después del pasillo.

Ella lo encontrará, lo leerá sola y decidirá si responde.

Los sobres se entregan sin presencia; es código antiguo cubano.

Lo que se escribe no se lee delante del autor.

—Apuntado, doña Teresa.

A la una y media bajo al pasillo. La doctora llega puntual con su taza blanca. Los noventa centímetros de siempre, el tamarindo y la grieta del mármol.

—Doctora.

—Señor Montoya. Una semana —dice ella.

—Una semana. ¿Algún punto nuevo?

—Hoy no —responde ella—. ¿Y algún pacto privado nuevo?

—Hoy no, doctora. Pero llevo una carta en el bolsillo para usted. Manuscrita con pluma. Mi madre me enseñó que ciertas comunicaciones no se escriben con bolígrafo.

—¿Y qué comunicaciones son esas? —pregunta levantando una ceja.

—Las que se llevan en el bolsillo del pecho durante cuatro horas antes de entregarlas.

Ella baja la vista a la taza y luego me mira fijamente.

—¿Me la va a dar aquí?

—No. Voy a dejarla en el antepecho del mostrador. Teresa me ha informado de que los sobres se entregan sin presencia. Código antiguo cubano.

La doctora me sostiene la mirada cinco segundos. Entonces, con una contención admirable, se ríe con los hombros. Una risa mínima, sin sonido, que recompone de inmediato para recuperar su disciplina profesional.

—Código antiguo cubano —repite—. Está bien. Subo en dos minutos. Deje la carta.

—Gracias, doctora.

—No se dan, señor Montoya.

Subo y dejo el sobre al lado del calendario de Teresa, que hoy tiene una estampita de San Antonio de Padua. A las dos menos veinte, oigo a la doctora recoger el papel y encerrarse en su despacho. Pasan ocho minutos. La puerta se abre.

—Teresa, ¿tiene papel bond liso del bueno? —escucho preguntar a la doctora.

—En el cajón de abajo, doctora.

—¿Y mi pluma Cross?

—En el primer cajón, donde siempre.

«Tranquilo, Iván. Uno: va a responder con pluma. Dos: la pluma que le regaló su padre. Tres: eso es seriedad nivel Vedado. Cuatro: sigue trabajando. Cinco: respira».

A las dos y doce, ella sale, deja un sobre en el mostrador y vuelve a su consultorio sin decir palabra. Nelson me mira desde el taburete.

—¿Eso es una carta, hermano? ¿Están ustedes en mil novecientos cincuenta?

—Nos está saliendo así, Nelson.

A las dos y cuarenta, cuando Nelson sale a la ferretería, recojo el sobre. Me siento en el taburete y lo abro con cuidado. Papel bond blanco. Letra firme y redonda. Tinta negra.

Señor Montoya:

Recibido. Los pactos privados se mantienen en régimen verbal. No es necesario registro interno no oficial. La convivencia, hasta la fecha, funciona. Si algún punto deja de funcionar, se lo comunicaré sin recurrir a pluma.

Atentamente,

Daniela Sotolongo Viera

P.D. La carta suya está guardada en el primer cajón. No se alarme.

Releo la posdata. «Guardada» significa que no ha ido a la basura. «Primer cajón» significa consulta frecuente. «No se alarme» significa que me alarme lo justo. Guardo el sobre en mi bolsillo.

A las seis y diez bajo al pasillo por un segundo cigarrillo. Sorprendentemente, ella también baja. No estaba previsto.

—Un paciente no vino —explica—. Tengo tiempo. Señor Montoya... sobre la carta. Me gustó la redacción.

—La suya también, doctora —respondo manteniendo el tono—. Cuatro líneas con posdata es arquitectura clásica. Las líneas son respeto; la posdata es afecto. Mi madre lo decía.

—¿Afecto? —pregunta ella, mirando su taza.

—Así lo decía Dolores Montoya Navarrete. Le hablaré de ella otro día, si quiere.

—Otro día —concede ella.

Un silencio de tres segundos nos envuelve mientras una flor del tamarindo cae entre los dos sobre el mármol. Ninguno la recoge. Ella se despide y sube. Yo me quedo un minuto más, apago el cigarrillo y, en un gesto espontáneo, recojo la flor. La guardo en el bolsillo junto a su carta.

Al llegar a Lawton, saco el sobre y lo guardo en una caja de zapatos vieja donde conservo lo importante. Sobre el papel, deposito la flor del tamarindo. Cierro la caja. Me acuesto y, esta vez, el sueño llega en apenas tres minutos.