DOS
—Teresa —llamo su atención con tono neutro.
—Doctora.
—Esta taza... —señalo el objeto sin tocarlo.
—La trajo el señor Montoya, doctora. Hace cuatro minutos. Subió con los tres cafés habituales de la mañana. Uno para él, uno para Nelson y este, que dejó aquí mismo con un papelito. Se bajó al estudio de inmediato. No me dijo nada más.
Me acerco un poco más para examinarla. Es una taza de cerámica blanca, sencilla, de esas que se venden por dos pesos en los portales de la calle veintitrés.
Tiene un girasol pintado a mano en un costado; el trazo es fino, con un centro marrón oscuro y pétalos amarillos ligeramente desiguales.
Se nota la mano de alguien que conoce la técnica pictórica, pero que ha decidido, deliberadamente, no esforzarse demasiado en la perfección.
Al lado de la taza, doblado con cuidado, hay un post-it amarillo.
Lo tomo y lo desdoblo. La letra es de imprenta, en mayúsculas, escrita con una tinta negra decidida.
CAFÉ. SIN INTENCIONES. SIN PRECEDENTE. A USTED, DOCTORA.
Leo el mensaje una segunda vez. Lo doblo siguiendo los pliegues originales y lo guardo en el bolsillo de mi bata blanca, justo al lado del bolígrafo.
«Daniela, respira. Uno: un hombre con el cuello tatuado con una guirnalda de flores blancas te acaba de dejar un café acompañado de una nota de cuatro frases.
Dos: la nota está redactada con una concisión administrativa que te recuerda, aunque no quieras admitirlo, al tono de los once puntos del lunes.
Tres: eso significa que este hombre se expresa siempre en el mismo registro, incluso en la cortesía.
Cuatro: no es problema tuyo. Cinco: deja de mirar la taza como si fuera un enigma indescifrable. Seis: respira».
—Teresa —vuelvo a dirigirme a ella.
—Dígame.
—¿Él se la trajo a usted también? Me refiero a una taza igual.
—Hoy no, doctora. Hoy solo trajo la suya. Dice el señor Montoya que una taza diaria para la recepcionista son ocho años de costumbre, pero que hoy... hoy tocaba la de usted.
—¿Le dijo eso exactamente?
—Con esas mismas palabras.
—Teresa —hago una pausa breve—, ¿usted cree que este hombre prepara las frases antes de soltarlas?
—Doctora, creo que este hombre redacta sus frases durante el trayecto del P4 desde Lawton. Son cuarenta minutos de guagua. Eso da para pensar mucho y escribir mejor.
«Daniela, respira. Uno: Teresa confirma que el señor Montoya es un redactor de guagua.
Dos: esa información no es útil. Tres: no tengo por qué usarla.
Cuatro: la archivo en una carpeta secundaria.
Cinco: mi archivo mental debería tener mejores categorías que "hábitos de transporte del tatuador". Seis: adelante».
Tomo la taza entre mis manos. El café está cargado, caliente y huele a Chuchi. Le doy un sorbo allí mismo, de pie frente al mostrador, sin moverme hacia mi zona privada. Teresa me observa con esa discreción profesional que ha perfeccionado durante casi una década.
—¿Está bueno, doctora?
—Está bueno, Teresa. Muy bueno.
—Chuchi cobra treinta centavos más por algo.
—Lo vale, Teresa. Sin duda lo vale.
Entro en el consultorio y cierro la puerta a mis espaldas. Me siento a la mesa y dejo la taza en el escritorio, justo al lado del bloc de citas. El girasol pintado me observa con una impertinencia pictórica que no sabía que una flor de cerámica podía poseer. Me distrae.
Abro el cajón inferior y saco la Biblia pequeña que mi madre me regaló cuando inauguré la consulta hace doce años.
No soy una mujer de fe; nunca he rezado de forma convencional.
Pero acepto que una consulta en el Vedado sin una Biblia en el cajón es una consulta sin testigos, como dice ella.
Hoy, por un impulso que no logro racionalizar, la abro al azar.
Mis ojos caen en Proverbios veinticinco, verso veintiocho. Lo leo casi por accidente: Como ciudad sin murallas es el hombre que no gobierna su espíritu.
«Daniela, respira. Uno: la Biblia se abre precisamente en ese verso. Dos: la probabilidad de que esto ocurra aleatoriamente es ínfima. Tres: no tiene que ser una señal divina. Cuatro: pero lo es. Cinco: aún no sé de qué me advierte. Seis: cierra el libro».
Guardo la Biblia y trato de concentrarme en la agenda.
La mañana se presenta estructurada: Aidé Fontanilles para una revisión de prótesis a las nueve; Javier Contreras a las diez para su tratamiento periodontal; una cancelación a las once que me dará un respiro; y Ernestina Borges a las once y media para su revisión de encías por embarazo.
La jornada avanza con la precisión de un reloj suizo.
A las once y veinte termino con Javier. Salgo a la sala común para buscar gasas nuevas en el armario.
Teresa sigue en su puesto. Al otro lado del hueco de la pared, escucho el zumbido constante de la máquina de tatuar del señor Montoya. Trabaja con un cliente.
Desde el miércoles, el volumen de su máquina es moderado.
Cumple con el punto ocho del acuerdo, que prohíbe ruidos superiores a setenta decibelios.
Teresa, que instaló una aplicación en su móvil para medir el sonido, me informó que él trabaja habitualmente a sesenta y dos decibelios. Es un cumplimiento con margen generoso.
De pronto, oigo una voz joven que no reconozco desde el otro lado del muro.
—Ivancito.
—Lisandro, dime.
—¿Y esa taza? La del girasol... la que está en la mesa de la doctora al otro lado.
«Daniela, respira. Uno: el cliente ve mi escritorio desde el hueco. Dos: ve la taza. Tres: la comenta. Cuatro: el ángulo de visión del hueco es más amplio de lo que calculé. Cinco: Rogelio Argüelles va a tener noticias mías el lunes».
—Lisandro —responde la voz de Montoya con calma—. El tatuaje que venimos a retocar es el del brazo izquierdo, ¿no?
—Sí, claro.
—Entonces mira al techo, hermano. Si miras al hueco me rompes la línea y vas a terminar con un puma con tres orejas.
—Al techo, al techo. Tienes razón.
«Daniela, respira. Uno: el señor Montoya acaba de desviar la atención de su cliente sin dar explicaciones. Dos: eso es un gesto de protección. Tres: confirma que redacta bien, sea en la guagua o bajo presión. Cuatro: vuelve a tu sitio».
Tomo las gasas y regreso al consultorio.
Al sentarme, veo la taza. La desplazo dos centímetros hacia la izquierda, buscando el punto ciego del hueco.
Me siento satisfecha por un segundo, pero luego me golpea la realidad: acabo de ocultar un objeto para que no lo vea un desconocido de Santos Suárez.
Ese acto contiene más información sobre mi estado mental de la que estoy dispuesta a procesar.
«Daniela, respira. Uno: has movido la taza para ocultarla. Dos: admites que significa algo. Tres: si significa algo, el café ya no es solo un café. Cuatro: este es el tipo de razonamiento circular que agota. Cinco: no tienes tiempo para esto. Seis: devuélvela a su sitio original».
Así lo hago. Dejo que el girasol siga allí, impertinente.
Atiendo a Ernestina Borges. Es una limpieza suave, adecuada para su tercer trimestre. Ernestina es de las que no pueden estarse calladas, incluso con el aspirador en la boca.
—Doctora... una pregunta.
—Ernestina, por favor, no hable ahora.
—Sobre la taza... —insiste ella.
—Ernestina, abra bien la boca y quédese quieta.
—Pero es que es importante, doctora.
—Ernestina Borges, o abre la boca o no terminamos hoy.
Se calla. Veinte minutos de trabajo limpio. Al terminar, la ayudo a bajar del sillón. Al salir, la puerta queda entornada y escucho cómo le susurra a Teresa en el mostrador.
—Doña Teresa, la taza del girasol... la vi desde el sillón. ¿Se la trajo él?
—Mijita —responde Teresa con su voz de abuela sabia—, los embarazos de veintisiete semanas traen muchas preguntas. Cuando yo estaba encinta de mi Aramís, le preguntaba tres veces al día a mi marido si me quería. Vaya usted con Dios y no se preocupe por tazas ajenas.
—Pero, doña Teresa...
—Vaya tranquila, que aquí no pasa nada que usted necesite saber.
Ernestina se marcha y Teresa cierra el mostrador con un golpe seco de autoridad. Yo cierro los ojos un instante en mi despacho.
«Daniela, respira. Uno: tu paciente de hace cuatro años acaba de chismear sobre tu café.
Dos: Teresa ha usado una técnica evasiva magistral.
Tres: la técnica funcionó porque Ernestina es educada.
Cuatro: no funcionará con Rosaura, tu socia, que llega el lunes de Cienfuegos.
Cinco: tienes cuatro días para entender qué está pasando aquí antes de que te interroguen. Seis: respira».
A las doce menos cinco, mientras Teresa reza sus avemarías, termino el informe médico.
Tomo la taza, la llevo a la cocinita y la lavo con cuidado.
La seco con un trapo limpio y la devuelvo a mi escritorio.
Está vacía. No la guardo en el estante común ni la devuelvo al mostrador.
La dejo en mi mesa, en el mismo lugar donde estuvo toda la mañana.
Ese gesto me parece una declaración que aún no me atrevo a nombrar.
A la una y media bajo al pasillo por primera vez en la semana. Habitualmente almuerzo en el consultorio, cumpliendo con el punto siete sobre espacios comunes, pero hoy necesito salir. Llevo conmigo la taza blanca del lunes, la sencilla, dejando el girasol en mi mesa.
Él ya está allí. Fuma un cigarrillo y sostiene un té helado.
—Doctora.
—Señor Montoya.
—Hoy no trae la taza del girasol —comenta, observando mi mano.
—Esa taza se va a quedar en el consultorio, sobre mi mesa, durante todas las horas laborables. Si usted no tiene inconveniente, se quedará allí de manera estable.
Él me mira fijamente durante tres segundos. El cigarrillo se detiene a mitad de camino hacia sus labios.
—No tengo ningún inconveniente, doctora.
—Bien.
—¿Puedo preguntarle algo razonable? —dice él tras una pausa.
—Dígame.
—¿La taza la lava usted o la lava Teresa?
—La lavo yo misma. Cada día.
—Bien.
—Bien.
—¿Lo ha apuntado en la libreta de acuerdos? —pregunta con un toque de ironía.
—Señor Montoya, acordamos el lunes que los pactos privados no se registran. Por lo tanto, la taza es un pacto privado.
«Daniela, respira. Uno: acabas de aplicar el régimen de privacidad a un café que llegó antes del pacto. Dos: cabe técnicamente. Tres: lo has decidido tú sola. Cuatro: mira tus zapatos o te delatarás. Cinco: mira los zapatos».
Fijo la vista en la punta de mi calzado. Él no dice nada. El humo del cigarrillo sube perezoso hacia las ramas del tamarindo. Una flor amarilla cae sobre el antepecho de mármol, justo al lado de la grieta. Él la recoge con dos dedos y la coloca con cuidado entre nuestras dos tazas vacías.
—Pacto privado aceptado, doctora.
—Bien.
Apaga el cigarrillo contra el tronco, en una marca de ceniza vieja que ya conocía. Se guarda la colilla en el bolsillo —el acuerdo prohíbe residuos— y sube las escaleras sin decir más. Me quedo un minuto sola, mirando la flor y la grieta.
Subo y termino la tarde con tres pacientes más.
A las siete, recojo mis cosas. La taza del girasol sigue en la mesa, vacía.
Me pongo el abrigo y salgo. Teresa ya se ha ido, pero Molar se queda conmigo; es mi noche del perro según el acuerdo informal de ayer.
Caminamos las doce cuadras hasta mi apartamento bajo una luz naranja y tibia.
Al llegar, suelto a Molar y le pongo agua. Me siento en el sofá. Son las siete y treinta y tres. Mi madre llama a las siete y treinta y cuatro, como cada jueves.
—Hija, ¿comió tu padre con Roque Escandón? —pregunta sin saludar.
—Eso debería saberlo usted, mamá.
—Le subió la tensión a dieciocho a media tarde. Dice que comió cazuela, pero yo sé que en ese sitio no sirven eso. Le sube la tensión con el arroz y con las ideas.
—Mamá, respire. ¿Tomó el enalapril?
—Lo tomó. Está en el balcón. Hija... Teresa me llamó hoy a las doce y cuarto. Hablamos once minutos.
«Daniela, respira. Uno: Teresa llama a tu madre puntualmente. Dos: hoy ese dato tiene implicaciones. Tres: la conversación no fue solo sobre la tensión de tu padre. Cuatro: respira».
—¿De qué hablaron, mamá?
—De cosas mías y de dos cosas tuyas. Que Molar se está portando bien y... de una taza. Una taza con un girasol, sin intenciones y sin precedentes. Teresa me lo describió todo. Me lo contó como quien no quiere la cosa, pero me lo contó.
—Mamá, no es lo que usted piensa.
—Hija, yo no pienso nada. Solo registro que Teresa me menciona un objeto nuevo en tu consultorio después de tres años de llamadas. Lo registro y me lo guardo. A tu padre no le he dicho nada porque no está para sustos. Solo te informo de que el objeto está registrado.
—Gracias, mamá.
Cuelgo y me quedo mirando el móvil. Molar levanta la cabeza desde el suelo y vuelve a dormir.
«Daniela, respira. Uno: Teresa te está protegiendo preventivamente al informar a tu madre. Dos: no te protege de tu padre, sino del futuro. Tres: esto ya no es un jueves normal. Cuatro: respira».
Me levanto y voy a la cocina. Miro mis tazas blancas y aburridas. Vuelvo al salón y abro el bloc de notas de mi móvil. Escribo dos palabras: Pasillo. Taza. Apago el teléfono y me acuesto.
El viernes amanezco con una determinación renovada. Llego al consultorio y la taza sigue allí. A las ocho y cuarto, el señor Montoya trae los cafés, deja el de Teresa y se retira sin decir nada. A las ocho y veintiocho salgo a la sala común. Al pasar por el hueco, sin mirar hacia adentro, digo:
—Señor Montoya, buenos días. Punto doce activado.
—Buenos días, doctora. Punto doce activado.
Noto que Teresa contiene una sonrisa en el mostrador. Ella entiende cosas que yo aún me niego a aceptar. Atiendo pacientes hasta las once y media, cuando me cruzo con él en la sala común.
—Doctora, buenos días. ¿Punto doce también a estas horas?
—Aplica en todos los cruces antes de las catorce horas, señor Montoya. Es jurisprudencia interna.
—Usted debería haber sido abogada.
—Soy dentista.
—Es peor —dice él con una media sonrisa—. Dentista con vocabulario jurídico. Es un riesgo laboral.
«Daniela, respira. Uno: te acaba de devolver una frase que le dijo a su socio y que Teresa te chismeó. Dos: te está lanzando un anzuelo. Tres: no vas a picar. Cuatro: respira».
—Gracias por la advertencia —respondo seria—. Y una cosa más: si vuelve a traer café, tráigalo cuando yo esté presente. Una taza esperando doce minutos pierde temperatura. Y un café tibio, señor Montoya, es un café que ha perdido la fe.
Él me sostiene la mirada, imperturbable.
—Apuntado, doctora.
Seguimos nuestros caminos. El viernes termina y vuelvo a casa con Molar.
Pienso en cómo ha cambiado todo en solo cinco días: una pared caída, una taza de girasol, pactos privados y flores de tamarindo.
Para una mujer que mide todo con precisión, esta acumulación de novedades es, estadísticamente, preocupante.
Pero al acostarme, me duermo en apenas dos minutos.
Mi cuerpo, al parecer, ya ha aceptado el nuevo reglamento.