De guardia con mi enemigo UNO
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UNO

Doña Teresa Benítez ya ocupaba su puesto cuando terminé de subir las escaleras.

Vestía su bata blanca dental y llevaba el pelo gris recogido en un moño bajo.

Sobre el calendario de pared, tenía apoyada una estampita de Santa Rita de Casia.

Al verme, me dedicó una mirada que parecía atravesar la piel y los tatuajes.

—Muchacho —me saludó con ese tono que es a la vez bienvenida y advertencia.

—Doña Teresa, buenos días.

—¿Café? —preguntó, fijando la vista en la rejilla.

—Para usted, si lo acepta.

—Acepto.

Le extendí la taza de cartón. Ella la recibió con una técnica depurada: la colocó en el antepecho del mostrador usando la mano limpia, asegurándose de no tocar el borde por donde se bebe.

Se tomó su tiempo. Miró la taza, luego el antepecho y finalmente me clavó los ojos con la precisión que le calculé desde el primer día.

Era la viva imagen de la mujer conservadora del Vedado, con una sospecha razonable sobre cualquier muchacho con el cuello tatuado.

Pasan tres segundos de silencio antes de soltar su veredicto.

—Muchacho.

—Doña Teresa.

—Este café huele a Chuchi.

—Es de Chuchi, de los mejores —confirmé, manteniendo la calma.

—Chuchi cobra treinta centavos más que el resto.

—Lo vale.

—Lo vale, sí —concedió ella con un leve asentimiento.

En mi mente, una voz interna me dictaba el parte de guerra. «Tranquilo, Iván. Uno: la señora acaba de medirte con su termómetro interno. Dos: has aprobado. Tres: sigue adelante».

—Muchacho, un apunte que se lo hago ahora y se lo hago una sola vez —sentenció, apoyando las manos sobre el mostrador—.

Aquí los pacientes de la doctora son tratados de usted.

Aquí los clientes suyos son tratados de usted o con confianza, como prefieran, pero sin ruido cuando haya revisión bual al otro lado.

La puerta del baño no se queda entornada.

Mi rosario se reza a las once en silencio y no se discute.

Y Molar, el perro que verá en diez minutos, no come jamón sin mi permiso.

—Apuntado todo, doña Teresa —respondí, asimilando cada regla no escrita.

—Una cosa más. La doctora Sotolongo no se incomoda con facilidad.

—Lo supongo —aventuré, recordando su frialdad del día anterior.

—Lo supone mal —me corrigió con una media sonrisa severa—. Se incomoda con una facilidad extraordinaria. Lo que pasa es que no se le nota. Es distinto.

Volví a mi conteo mental. «Tranquilo, Iván. Uno: Teresa acaba de darte una instrucción técnica de primera calidad. Dos: no venía en los once puntos. Tres: apúntala. Cuatro: hoy es viernes y tienes una semana para comprobarla».

—Gracias por el aviso, doña Teresa.

—A usted, muchacho. Por el café. Una taza no se paga con un apunte, así que le debo una todavía.

—No me debe nada, de verdad.

—Muchacho, no me diga usted a mí lo que le debo o no —me cortó con firmeza—. Eso lo decido yo. Son ocho años en este mostrador.

—Entendido.

No discutí más. Crucé hacia el estudio, donde Nelson ya estaba activo desempacando una caja de agujas nuevas. Al verme entrar, levantó la vista con curiosidad.

—Hermano.

—Nelson.

—¿Café con la señora? —preguntó, señalando la rejilla incompleta.

—Café con la señora. Me aceptó la taza y me advirtió que la doctora se incomoda mucho más de lo que parece.

Nelson dejó las agujas a un lado para reflexionar.

—Traducción.

—Que tengo que medir muy bien por dónde paso.

—Hermano —Nelson soltó una risita—, tú no mides por dónde pasas desde que te conozco. Vas a tener que aprender a la fuerza.

—Es posible.

—No es posible. Es seguro.

Empecé a organizar las herramientas. Abrí la caja de tintas y las fui colocando en el frigorífico pequeño por orden cromático. Nelson preparó la camilla para el primer cliente: un muchacho de Santos Suárez que venía a las nueve para retocarse un brazo.

A las ocho y veintiocho, el ambiente cambió. Oí pasos firmes subiendo las escaleras. Era un sonido característico: tacones sobre baldosa, precisión militar. Un peldaño cada medio segundo, sin vacilaciones. En el Vedado, ese ritmo solo podía ser la doctora Sotolongo entrando a su consulta.

—Buenos días, Teresa —escuché desde el otro lado del hueco.

—Buenos días, doctora.

—¿Café?

—En el antepecho. De Chuchi, doctora. Invitación del señor Montoya.

Se produjo un silencio absoluto. Cuenté dos segundos, luego tres. Pude imaginar a la doctora analizando la taza como un artefacto extraño.

—Teresa, ¿usted aceptó?

—Acepté, doctora —respondió la recepcionista con calma envidiable.

—Está bien.

—Doctora, el café es anterior a los puntos —sentenció la anciana—. Ayer firmaron once puntos sobre convivencia, pero ninguno regula cafés traídos de fuera. El señor Montoya lo trajo antes de que usted entrara. Yo interpreto que es libre.

Hubo otra pausa breve.

—Interpreta usted bien, Teresa. Gracias.

—A usted, doctora.

Mi mente volvió a ponerse en marcha. «Tranquilo, Iván. Uno: la doctora acaba de revisar jurisprudencia interna en quince segundos. Dos: ha dictaminado favorable. Tres: te ha dejado pasar el café. Cuatro: te avisa que esta estrategia no funcionará dos veces».

Nelson me miró con una ceja levantada, divertido.

—¿Oíste lo del café anterior a los puntos? Esa mujer es abogada y no lo sabe.

—Es dentista, Nelson. Que es mucho peor. Una dentista que sabe leer reglamentos busca el diagnóstico antes de mirarte la boca.

A las nueve llegó el muchacho de Santos Suárez. Me sumergí en el trabajo entre el zumbido de la máquina y el olor a desinfectante. Terminamos a las diez y media. Aproveché el hueco para ir al baño, ya que Teresa me había dicho que esa era la hora muerta de la doctora.

Sin embargo, al cruzar hacia la sala común, escuché voces. Era un paciente joven, de unos veinticinco años, hablando en susurro.

—Doctora, una pregunta... ¿Usted conoce al tatuador ese que abrió al lado?

—Adriancito, no —respondió ella de forma tajante.

—Pero comparten sala.

—Compartimos un hueco provisional. Es distinto.

—¿Y si yo quiero tatuarme?

—Adriancito, abra la boca, por favor —ordenó la doctora, cortando el tema—. Abra.

Me quedé helado. «Tranquilo, Iván. Uno: ha dicho "tatuador" como quien dice "tumor". Dos: no respondas, no te habla a ti. Tres: te está hablando a través de Adriancito. Cuatro: respira».

Entré al baño, me lavé las manos y salí dando un rodeo para evitar el hueco. Nelson me notó la tensión en cuanto entré al estudio.

—Esa cara, hermano. Parece que viste un muerto.

—Nelson, la doctora le acaba de decir a su paciente que soy un "hueco provisional".

—¿Así, tal cual?

—Con esas palabras.

—Hermano, me gusta esa mujer —dijo Nelson con una sonrisa—. Respeta el vocabulario. La gente con vocabulario es gente con la que se puede pelear bien.

—No vinimos a pelear.

—Uno no decide cuándo pelea, hermano. Uno decide cómo. Y esa mujer te acaba de soltar la primera estocada.

A las once y tres minutos, Adriancito se marchó. Teresa comenzó a rezar el rosario en voz baja y el aire acondicionado del consultorio subió un punto de intensidad. Durante veinte minutos reinó un silencio sagrado.

A las once y media, Nelson salió a la bodega y me quedé solo limpiando la camilla.

De pronto, oí a la doctora cruzar la sala común hacia el patio interior, ese pasillo estrecho donde caen las flores del tamarindo.

Me asomé al hueco por reflejo. La vi de espaldas, apoyada en el marco, con el pañuelo azul claro anudado al cuello.

Tenía los hombros subidos, en tensión. Aspiró hondo, retuvo el aliento y los bajó despacio.

Me retiré antes de que se girara. Ella no me vio, pero yo sí la vi a ella.

«Tranquilo, Iván. Uno: Teresa tenía razón, esta mujer se incomoda con una facilidad extraordinaria. Dos: los hombros son el indicador. Tres: apúntalo y no hagas nada con esa información por un mes. Cuatro: respira».

A las doce bajé al pasillo con un cigarrillo apagado. El espacio era angosto, noventa centímetros entre la pared y la reja. Allí estaba ella de nuevo, con su bata impecable y una taza vacía en la mano. Me registró con la mirada sin sobresaltarse.

—Señor Montoya.

—Doctora.

Estábamos a un brazo de distancia. El tamarindo actuaba como árbitro entre los dos.

—Si lo prefiere, me retiro. Vengo solo a fumar.

—No se fuma en el edificio —dijo con tono seco.

—En el patio interior no se fuma hacia dentro, se fuma hacia fuera. Es una distinción cubana.

—¿Distinción? —repitió, analizando la palabra.

Me sostuvo la mirada dos eternos segundos antes de bajar la vista a su taza vacía.

—Señor Montoya, el café que trajo esta mañana... ¿Era realmente para Teresa?

—Un gesto de bienvenida, doctora. Pensé que la cortesía con la recepcionista era un punto cero implícito que convenía honrar.

—Un punto cero implícito —saboreó el término—. Tiene usted una tendencia preocupante a inventar cláusulas en un contrato firmado.

Levanté una ceja. Tenía un filo inteligente que casi parecía una invitación al duelo verbal.

—Con todo respeto, doctora, los once puntos son un acuerdo, no un contrato notariado. La diferencia técnica es relevante porque los puntos se completan con el sentido común. Un café no lesiona nada. Si la hubiera incomodado, Teresa me lo habría dicho, y supongo que usted la escucha.

Ella detectó el dardo. Fingió beber un sorbo de aire de la taza vacía y me miró fijamente.

—La próxima vez que traiga café, señor Montoya, hágalo sin estrategia. Sin puntos cero ni argumentaciones de patio. Un café se trae porque se trae. Si lo reviste de razones, deja de ser un café.

—Apuntado, doctora.

Se giró sobre sus tacones. Tuve que pegarme a la pared para dejarla pasar por el estrecho pasillo. Al hacerlo, percibí su aroma: jazmín del Vedado y desinfectante quirúrgico. Una mezcla extraña, pero que en ella funcionaba.

Se marchó sin mirar atrás. Me quedé solo con el cigarrillo apagado.

«Tranquilo, Iván. Uno: te ha dado una lección de retórica. Dos: te ha dejado pasar el café, pero te ha advertido. Tres: esto no ha sido una charla amable, pero ha sido algo nuevo. Cuatro: respira».

El resto del viernes transcurrió en calma. El lunes dieciocho regresé con los cafés de siempre. Teresa ya estaba en su puesto.

—¿Café con estrategia o sin ella? —preguntó la anciana con malicia.

—Sin estrategia, doña Teresa. Una taza se trae porque se trae.

—Aprende usted rápido, muchacho. Siga así.

A las ocho y veintiocho oí los tacones. La doctora entró, saludó a Teresa y, al pasar por el hueco sin detenerse, soltó una frase precisa.

—Señor Montoya, ¿pasillo a la una y media?

—Pasillo a la una y media —respondí casi por inercia.

—Bien.

La puerta del consultorio se cerró. «Tranquilo, Iván. Uno: acaba de inventar el término "pasillo" como punto de encuentro. Dos: lo ha dado por sentado. Tres: respira».

A la hora acordada, ella ya me esperaba con la misma taza blanca.

—Hoy no traigo café, señor Montoya. Traigo un apunte: el punto doce de los once.

—¿Punto doce de los once?

—Es técnicamente inconsistente, lo sé —explicó con seriedad—. Se refiere al saludo mutuo de "buenos días" antes de las nueve. Propongo que sea obligatorio para ambos.

—Doctora, con todo respeto, los saludos forzados duran poco.

—Los espontáneos también —rebatió—. La diferencia es que los forzados, al menos, constan por escrito.

Senti que me había acorralado con lógica jurídica.

—Acepto el punto doce, pero con una enmienda: el saludo debe extenderse al "buenas tardes" si nos cruzamos después de las dos. La sala común no discrimina horarios e ignorarlo sería una inconsistencia civil.

Se hizo el silencio. Ella me sostuvo la mirada mientras el tamarindo dejaba caer otra flor.

—Aceptada la enmienda. Pero le pediré algo: que no anotemos esto en la libreta oficial. Si el administrador Argüelles se entera de que añadimos cláusulas, pedirá una comisión extraordinaria. Los pactos entre nosotros se quedan en palabra dada. ¿Aceptado?

—Aceptado.

«Tranquilo, Iván. Uno: ha creado un régimen paralelo de pactos privados. Dos: quiere un canal de comunicación propio. Tres: no lo analices ahora. Cuatro: respira».

Apoyó la taza en el mármol y noté un anillo fino de oro en su dedo índice que no había visto antes.

—Hasta mañana, señor Montoya. Con saludo obligatorio.

—Hasta mañana, doctora.

Se fue y me quedé solo con el cigarrillo que aún no me atrevía a encender. El resto de la semana pasó midiendo el tiempo en gestos mínimos. El miércoles por la tarde, Teresa me detuvo antes de salir.

—Muchacho, un apunte. Los pacientes se cuidan hasta el final. No se les despide, se les acompaña.

—Lo tendré en cuenta.

—Y otra cosa —añadió con un guiño—: si algún día le trae un café a la doctora, no se lo traiga como a mí. Eso tendrá que averiguarlo usted solo. Yo solo apunto.

Bajé las escaleras hacia la calle L pensando en cómo esa primera semana había superado cualquier plan.

El punto doce existía y, sin actas de por medio, era el primer acuerdo auténtico que habíamos firmado.

Me dormí rápido esa noche, con el eco de unos tacones lejanos marcando el ritmo de la próxima mañana.