PRÓLOGO #4
—Si me pasa usted un recogedor de más, yo barro lo mío por este lado. Así repartimos el trabajo y, de paso, me ahorro a mí una salida a la calle con cara de culpable.
Lo miro. Esta vez sí. Está pasando un paño por la camilla con movimientos económicos, sin teatro, sin énfasis. No se ha girado a pedírmelo. Ha soltado la frase en el aire, como quien se cura en salud.
—Tengo solo uno —contesto.
—Yo tengo uno también, doctora, pero lo tengo guardado. Si me lo paso por encima del hueco, en diez minutos ya no queda polvo en el suelo ni en su lado ni en el mío. Es solo una sugerencia.
Abro la boca para contestar y me doy cuenta, con una claridad que me molesta, de que no tengo una razón buena para decir que no.
Cierro la boca. Camino hasta el hueco. El señor Montoya ha dejado ya sobre su mesa un recogedor pequeño, azul oscuro, con el mango envuelto en cinta adhesiva, y una escoba corta a juego. Los pone en el borde del hueco.
—Coja usted por el mango, doctora, que el borde todavía tiene aristas.
—Gracias.
—No se dan.
Recojo la escoba y el recogedor. Los llevo a mi lado.
Me doy la vuelta, me pongo a barrer. Desde el otro lado, él también barre.
Lo oigo. El ritmo de su escoba no coincide con el mío, y eso es bueno, porque si coincidiera tendría que pensarlo.
Teresa, desde recepción, habla con alguien por teléfono a media voz.
Por la ventana sigue entrando el olor del tamarindo, espeso, verde, obstinado.
Cuando acabo de barrer, mi montón de polvo ocupa un recogedor entero.
El suyo, calculo, ocupará otro. No me asomo a comprobarlo.
Vuelvo al hueco, dejo la escoba y el recogedor vacío en el borde, le digo gracias otra vez, él dice no se dan otra vez, y cada uno se retira a su lado como si acabáramos de firmar un armisticio en una guerra que aún no ha empezado y que los dos sabemos ya que va a empezar.
Me siento en la silla del escritorio. Llamo al Ministerio.
La funcionaria que me atiende, después de oírme, me confirma con un tono de burocracia feliz que la disposición de sala compartida es, en efecto, aplicable a mi caso y que recibiré en las próximas cuarenta y ocho horas una notificación por escrito para mi firma y la del señor Montoya. Le doy las gracias. Cuelgo.
Abro el cajón del escritorio, el que tiene bajo llave porque ahí guardo el sello, las recetas en blanco y el carné del colegio profesional.
Saco una hoja en blanco. Cojo el bolígrafo negro con el que firmo los informes.
Escribo arriba, centrado, con letra de imprenta, el encabezado.
Debajo, numerado, escribo diez puntos. El primero dice que cada titular entra por su puerta propia.
El segundo dice que la sala común se mantiene en silencio.
El tercero dice que no se atraviesa el hueco en ninguna dirección sin aviso previo.
El cuarto dice que no se comparte clientela ni información.
El quinto dice que el baño tiene horarios por franjas.
Los cinco últimos los redacto con una precisión que mi padre aprobaría y con una dureza que mi padre no reconocería en mí.
Firmo al pie. Dejo un espacio en blanco para una segunda firma. Miro la hoja. La releo. La doblo en dos. La dejo sobre el mostrador de Teresa con una nota breve para que se la entregue al señor Montoya cuando llegue por la mañana.
Salgo del consultorio a las dos de la tarde.
Cierro la puerta con llave. Bajo las escaleras del edificio con la bata colgada del brazo, porque no me he atrevido a salir a la calle con ella puesta.
En la acera, el calor del Vedado me recibe con el bofetón habitual de mayo, treinta y un grados a la sombra, humedad que se te mete por el cuello de la camisa.
Camino hasta la esquina. Saco el móvil del bolso.
Miro la hora. No llamo a nadie. Lo guardo.
Al cruzar la calle L, en el semáforo, me doy cuenta de que llevo todo el día sin pensar en mi padre hasta que pensé en él para no pensar en él.
También me doy cuenta, más tarde de lo que me gustaría admitir, de que en ningún momento de la mañana le he sostenido la mirada al señor Montoya más de lo estrictamente necesario, y de que ese dato, ahora que lo pienso, me está molestando más de lo que debería.
«Daniela, respira. Una pared. Un hombre.
Una paciente chismosa. Un padre que se va a enterar.
Una consulta que hay que mantener. Una Teresa que hoy tiene mucho trabajo santo.
Unos pacientes que hay que reprogramar. Y tú, en el medio, con la bata en el brazo y el pulso firme.
Tu pulso es firme. Tu pulso sigue siendo firme» .
Me repito lo del pulso dos veces. Sigo andando.
No miro atrás, no miro hacia el edificio, no miro hacia la ventana del consultorio, y sobre todo no miro hacia la del estudio, aunque sé exactamente en qué piso y en qué posición está.
Camino hasta la parada del P11, me subo a la primera guagua que para, me agarro a una barra y cierro los ojos.
Cerrar los ojos es todo el lujo que me puedo permitir hoy.