De guardia con mi enemigo PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Le sostengo la mirada tres respiraciones largas.

Él no aparta. Yo no aparto. Teresa, detrás de mí, suelta un suspiro que la recorre entera.

Los tres ladrillos siguen en el suelo. El polvo se ha empezado a posar.

Por la ventana del patio interior entra, pese a todo, el olor del tamarindo viejo que florece en mayo, ese olor dulce y verde que siempre, siempre, me ha parecido la única cosa confiable del edificio.

—Señor Montoya.

—Iván, doctora.

—Señor Montoya, antes de que empecemos a compartir lo que sea, quiero que quede una cosa clara entre usted y yo.

—Usted dirá.

—Yo hago odontología. Usted hace lo que hace.

Mis pacientes son mis pacientes, los suyos son los suyos.

No quiero flujos cruzados, no quiero confusiones, no quiero música alta, no quiero música baja.

No quiero interferencias. No quiero nada que complique la rutina de esta consulta durante los próximos seis meses. ¿Me he explicado?

—Perfectamente, doctora.

—Bien.

—Solo una pregunta, si me permite.

—Formule.

—¿Considera usted música alta un bolero puesto a volumen medio?

«Daniela, no contestes rápido. Daniela, no contestes rápido. Daniela» .

—Lo consideraré caso a caso.

—Perfecto, doctora. Caso a caso, entonces. Me parece una buena política.

Vuelve a su taburete. No se sienta, solo recoge el bolígrafo rojo, anota algo en la libreta, la cierra.

Luego coge un trapo limpio, se inclina sobre la camilla donde ha estado Carmen, empieza a pasar el desinfectante en movimientos circulares.

No me mira más. Trabaja. Y yo, del otro lado, me doy cuenta de que llevo dos minutos de pie frente a un hueco con los brazos cruzados sobre la bata, con la mirada fija en un hombre que ya no me mira y con una sensación en el estómago que no conozco.

Me doy la vuelta. Teresa está sentada en el sillón dental de los pacientes, con las manos sobre el regazo y los ojos cerrados. Está rezando otra vez.

—Teresa, no se siente en el sillón de los pacientes.

—Doctora, hoy me siento donde puedo.

—Levántese, por favor. Vamos a limpiar esto, vamos a llamar a la aseguradora, vamos a hacer un listado de todo lo que hay que hacer hoy, y luego nos tomamos un café.

—Seis meses.

—Lo sé, Teresa.

—Seis meses, doctora.

—Teresa, si lo repite una vez más, la que va a rezar soy yo.

Teresa se levanta del sillón con una dignidad recuperada a medias. Pasa a mi lado camino de recepción. Al cruzarse conmigo, sin mirarme, murmura con la voz baja de los rezos y con la seguridad de los oráculos de barrio.

—Niña, Santa Rita hoy tiene trabajo.

Recoge su rosario del mostrador, se lo enrosca en la muñeca izquierda con cuatro movimientos precisos y se instala en su silla con la postura de quien se va a atrincherar durante el asedio.

Yo me quedo de pie en el centro del consultorio, con los tres ladrillos a mi espalda, con el polvo posándose lentamente sobre la bandeja del instrumental, con la pared que ya no es pared y con el olor del tamarindo entrando por la ventana.

Camino hacia el hueco. Me asomo. No me hace falta mirar al señor Montoya, porque sé que está trabajando y que no va a levantar la vista.

Miro, en cambio, la distribución de su estudio.

Tres camillas profesionales. Estanterías abiertas con frascos de tinta organizados por color.

Una mesa de dibujo con una luz led pequeña.

Carteles enmarcados de son cubano de los cincuenta.

Una palma enana en una esquina. Suelo de cerámica clara.

Orden. Pulcritud. Nada del desastre que me había imaginado antes de conocer el espacio por dentro.

Vuelvo a mi consultorio. Cojo el teléfono del escritorio, porque el mío interno sí funciona, marco el número de mi padre de memoria, porque no lo tengo en la agenda por una serie de razones que él y yo hemos negociado en silencio durante años, y, cuando oigo el primer tono, cuelgo.

Cuelgo sin esperar. Dejo el auricular en su sitio.

Me siento en la silla de trabajo. Pongo las manos sobre la mesa. Las manos no me tiemblan.

«Daniela. Hoy a tu padre no se lo dices.

Hoy te organizas, llamas al Ministerio, llamas a la aseguradora, cambias las citas de esta tarde, hablas con Rosaura.

Hoy tu padre no se entera. Esta semana tu padre no se entera.

Este mes, mejor dicho, tu padre no se entera.

Si hay suerte, tu padre no se entera nunca» .

Sé que hay tan poca suerte en el Vedado como humedad.

Sé que mi padre se va a enterar antes del lunes, porque doña Idalia acaba de salir a la calle con la crónica ya montada, porque Carmen la Güira se lo va a contar a su vecina, que es prima lejana de mi madre, y porque Teresa, aunque no quiera, va a tener que decirle algo a su sobrina, que trabaja en el CIMEQ con Bárbara.

En dos días, tres como mucho, mi padre va a saber que su hija comparte sala de espera con un tatuador de Lawton.

Y mi padre, que en su vida ha entrado a un consultorio dental que no fuera el mío y que en su vida ha hablado con un tatuador ni siquiera por teléfono, va a tener algo que decir al respecto.

Respiro una vez más, honda. Abro la agenda del día.

Mis dos pacientes de la tarde son una limpieza a Don Gilberto Palenzuela a las cuatro y una revisión pediátrica a Lucasito Blanco a las cinco.

A Don Gilberto lo puedo mantener. A Lucasito no, porque su madre no va a traerlo a un consultorio con una pared caída y un tatuador al otro lado, y yo no quiero ser la odontóloga que se lo explique por teléfono.

Llamo a recepción. Teresa coge al primer tono, porque está al lado.

—Teresa, reprograme a Lucasito para el martes que viene. Dígale a la madre que hemos tenido una incidencia estructural y que es por seguridad infantil.

—Sí, doctora. ¿Y a Don Gilberto?

—A Don Gilberto lo mantenemos. Don Gilberto ya ha visto demasiado en esta vida para impresionarse por un hueco.

—Correcto, doctora.

Cuelgo. Me quedo mirando los ladrillos del suelo.

Tres ladrillos. Me pongo unos guantes, me agacho, los recojo uno por uno con la paciencia con que se recoge una herramienta caída.

Los apilo junto a la puerta. La primera capa de polvo ya se ha posado sobre el suelo y forma una alfombra fina que no merece estar ahí.

Saco el recogedor del armario de limpieza. Empiezo a barrer.

Desde el otro lado del hueco, sin mirarme, sin dejar de limpiar la camilla, el señor Montoya habla en voz normal.