PRÓLOGO #2
Teresa da media vuelta con una mezcla de dignidad herida y diligencia profesional, y desaparece hacia recepción rezando el primer misterio del rosario en voz bajísima, como si rezar a volumen normal fuese a provocar el derrumbe del resto del edificio.
Oigo sus pasos lentos. Oigo el descuelgue del auricular.
Oigo cómo marca, digo cómo marca porque tenemos teléfono de los antiguos, de los que se marcan girando, y el ruido de esa rueda de números que retrocede es uno de los pocos sonidos que consiguen calmarme últimamente.
Mientras Teresa habla con el administrador con una severidad eclesiástica que yo no le conocía, termino con doña Idalia.
Le explico los cuidados postoperatorios.
Nada de enjuagues fuertes las veinticuatro primeras horas.
Nada de comidas calientes durante el día.
Nada de fumar, aunque doña Idalia no fuma, pero lo digo igual porque está en el protocolo.
Le receto ibuprofeno de cuatrocientos y le entrego una hoja con indicaciones que ella guardará en el bolso con la misma ceremonia con la que se guarda una carta de amor.
—Doctora, niña —me dice por fin, con la gasa todavía mordida, ladeando la cabeza para hablar por la comisura libre—, yo a usted la vengo a ver desde que empezó. Y le digo una cosa, con todo el respeto que usted me merece. Ese muchacho de ahí.
—Doña Idalia, no hable hasta que pasen las dos horas. Se lo he repetido tres veces.
—Es que es importante, niña. Ese muchacho de ahí me ha mirado a mí con más cortesía hoy, con un ladrillo en el suelo y yo con media extracción, que el portero de mi edificio en diez años de vivirnos cruzando en la escalera. Fíjese usted. Fíjese.
«Doña Idalia, por su bien y por el mío, muérdase la gasa y cállese la crónica social» , pienso.
—Hablamos en la próxima visita, doña Idalia. Dentro de una semana. Teresa le da cita a la salida.
La acompaño a la sala de espera. La sala de espera, que era una salita discreta de once metros cuadrados con dos sillones de orejas verde oliva y una mesa baja llena de revistas viejas, ahora tiene además tres ladrillos en el suelo y un rectángulo de polvo suspendido en una columna de luz que entra por el patio interior como si fuera domingo en la iglesia de Reina.
Vuelvo al consultorio. El hombre del otro lado ha terminado con Carmen.
Le está limpiando el jazmín con un paño suave y una solución que huele a eucalipto y a algo dulce que no identifico.
Carmen se incorpora despacio, se coloca la blusa, se baja de la camilla con la ayuda de una mano firme y morena que él le ofrece sin discurso.
Luego Carmen se asoma por el hueco con la naturalidad de quien se asoma a saludar por encima de una tapia.
—Doctora Daniela, perdone la coincidencia.
—No tiene usted la culpa, Carmen.
—Pero la culpa alguien la tiene. En Cuba las culpas no se quedan flotando. Hay que ponérselas a alguien, que si no, no se van.
—En algún momento sabremos de quién. Ahora, váyase a casa, descanse la zona del tatuaje, no se la moje.
—Buenas manos —comenta Carmen, señalando con la barbilla al hombre de detrás—. Buenas manos aquí y allí. Anótelo usted también.
Carmen se va. Teresa sigue al teléfono, ahora subiendo el volumen, porque el administrador al otro lado debe de estar explicándole cosas que no le gustan y Teresa combate la negligencia ajena con proyección vocal.
Y yo me quedo sola en mi consultorio, con el hombre del otro lado, separados por un hueco en una pared que ya no está y con la obligación profesional, irrenunciable, de presentarme como corresponde a alguien que comparte un edificio conmigo.
Inspiro. Cruzo los brazos sobre la bata. Me acerco al hueco con la compostura que he entrenado durante treinta años.
—Doctora Daniela Sotolongo. Odontóloga. Llevo diez años con la consulta en este local.
Él se levanta otra vez del taburete. No se acerca al hueco, pero se pone de pie, y de pie es un hombre alto.
Un metro ochenta largo, calculo por deformación clínica.
Mangas subidas hasta el codo. Del codo al hombro, un brazo izquierdo tatuado entero, una composición de líneas marinas y figuras que ahora no distingo por la distancia.
Barba corta, cejas pobladas, ojos color miel.
En el cuello, un tatuaje que no había visto porque lo tapaba la camisa levantada: una guirnalda pequeña de flores blancas.
«Daniela, respira. Uno, es un hombre. Dos, es tatuador, obviamente. Tres, tiene una paciente que se llama cliente, aparentemente, y a la que parece tratar con cuidado. Cuatro, compórtate» .
—Iván Montoya —dice él, con un gesto leve de la barbilla—. Tatuador. Abrí el estudio el lunes pasado. Vengo de un local de Lawton que se me quedó pequeño hace dos años y estoy inaugurando aquí con todos los permisos en regla, doctora, por si le interesa saberlo.
—Me interesa saber, sobre todo, qué ha pasado con la pared.
—Ha pasado lo que pasa con las paredes que llevan grieta. Que a las paredes hay que escucharlas, doctora, y yo a esta la oí crujir el martes. Se lo comenté al administrador. El administrador me dijo que era aprensión mía. Y, mire, aprensión no era.
—¿Usted lo avisó el martes?
—El martes por la mañana, primera hora, antes de abrir. El martes por la tarde volví a llamar. El miércoles pasé por la oficina. Tengo las tres veces anotadas en una libreta que le puedo enseñar a usted y al Ministerio si hace falta. No me gusta que se caigan paredes encima de mi primera clienta.
—A mí tampoco me gusta que se caigan encima de la mía —respondo, y me oigo usar una formalidad absurda.
—Entonces estamos de acuerdo en una cosa ya, doctora. Eso es más de lo que yo esperaba para un jueves a las once de la mañana.
Levanta una comisura. No es una sonrisa abierta, es una comisura, un gesto mínimo, pero lo registro, porque lo he visto en la cara de tres pacientes en diez años y lo he visto en mi padre exactamente dos veces, y cada una de ellas significaba algo.
Aparto la vista. Miro los ladrillos del suelo.
Cuento los ladrillos. Tres. Hago inventario.
—Señor Montoya.
—Iván está bien, doctora.
—Señor Montoya —insisto, porque hoy no pienso ceder al nombre propio ni, aunque se caiga el otro muro—, voy a llamar al Ministerio yo misma.
No por desconfianza, sino porque mi consulta es un espacio sanitario y el protocolo me obliga a comunicar cualquier incidencia de infraestructura en el mismo día.
Le ruego que no tape el hueco hasta que vengan a evaluar.
Y que tampoco reciba clientes en su local hasta que tengamos un dictamen.
—En eso ya le iba a dar yo la razón sin discutir. A mi cliente de ahora la remato otro día, doctora. Con todo el jazmín pendiente y la disculpa incluida. A los demás los aviso yo por mensaje.
—Gracias.
—No se dan, doctora. Es lo mínimo.
Teresa regresa al consultorio con el auricular todavía en la mano, estirando el cable hasta donde el cable le permite, y con una cara que no le había visto nunca. No es la de las desgracias mayores. Es peor. Es la cara que pone Teresa cuando el desastre, en vez de terminar, se anuncia.
—Doctora Daniela —empieza, y baja la voz como si lo que viene no mereciera ser escuchado de un solo golpe—. Dice el administrador que la pared no se arregla hoy. Ni mañana. Ni esta semana.
—¿Cuánto dice, Teresa?
—Dice que seis meses, doctora. Que hay que pedir un dictamen estructural, que hay que aprobar un presupuesto en junta, que hay que buscar material, que hay que contratar a una brigada que no sé qué, no sé cuántos, y me ha soltado una retahíla que yo la he apuntado aquí y ahora se la leo.
—Léala.
Teresa despega del auricular la libreta. Se pone las gafas de cerca que lleva colgando al cuello. Carraspea, porque Teresa siempre carraspea antes de las malas noticias, como si el cuerpo le exigiera el aviso. Y lee, con una dicción que ha mejorado diez niveles desde ayer.
—Comunica el administrador que, una vez evaluada la situación por ingeniería, se procederá a redactar un informe que pasará a la junta de inquilinos, quienes decidirán en un plazo no superior a treinta días.
Aprobado el presupuesto, se adjudicará la obra a una brigada, que tardará entre ciento veinte y ciento cincuenta días en ejecutar el trabajo.
Mientras tanto, y de conformidad con la normativa vigente sobre espacios profesionales compartidos en régimen de emergencia, ambos titulares, es decir, usted, doctora Sotolongo, y el señor Montoya, deberán mantener sus actividades en régimen de sala común, con acceso sin restricciones al espacio compartido por ambas consultas, hasta la finalización de la obra.
—Repítame eso último.
—Sala común, doctora. Acceso sin restricciones. Los dos. Seis meses.
«Daniela, respira. Uno, esto no puede ser legal. Dos, esto no puede estar pasando. Tres, tu padre no puede enterarse. Cuatro, tu padre se va a enterar esta semana. Cinco, respira» .
Me giro muy despacio hacia el hueco. Lo hago con la misma lentitud con la que se gira una cabeza después de oír un disparo.
Al otro lado, Iván Montoya tiene la libreta de la que hablaba abierta sobre la mesa, un bolígrafo rojo en la mano, y me está mirando con una expresión que no sabría definir.
No es satisfacción. No es burla. No es sorpresa.
Es una calma antigua, como de quien ha recibido ya demasiadas noticias malas en la vida y ha aprendido a encajarlas sin que se le note la mandíbula.
—Doctora —dice, y esta vez sí, se acerca al hueco, no lo cruza, pero se acerca—, ¿me ha oído usted lo que ha leído la señora?
—La he oído.
—¿Y lo ha entendido usted igual que yo?
—Creo que sí.
—Entonces usted y yo vamos a compartir sala durante seis meses, doctora Sotolongo.
—Eso parece, señor Montoya.
—Mire usted qué cosas tiene el calendario, doctora.