De guardia con mi enemigo PRÓLOGO
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De guardia con mi enemigo

De guardia con mi enemigo

Por Alma Vega

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PRÓLOGO

Son las diez y cuarenta y dos de la mañana y yo tengo en la mano derecha un fórceps de extracción molar número setenta y nueve, en la izquierda una gasa empapada en suero fisiológico, y en el sillón dental a doña Idalia Casademunt con la boca abierta del tamaño justo para lo que viene.

La tengo anestesiada desde hace doce minutos.

Le he aplicado lidocaína al dos por ciento con epinefrina en el nervio alveolar inferior y en el bucal largo, he comprobado dos veces que el ramus mandibular no tiene sensibilidad y acabo de confirmarle, con la voz pausada que uso para que los pacientes no se me alteren, que va a sentir presión, pero no dolor.

Doña Idalia asiente con todo el cuerpo. Es una asentidora profesional.

Ha venido a mi consulta desde hace seis años con la precisión de un reloj suizo y con la curiosidad de una vecina del Vedado, que es una combinación peligrosa para cualquier odontóloga que valore el silencio laboral.

Hoy lleva blusa de flores malvas, collar de nácar y un pintalabios coral que ha decidido ponerse para venir a que le saquen el tercer molar inferior izquierdo, porque para doña Idalia el consultorio dental es una extensión del salón de belleza y lo ha sido siempre.

Respiro. Apoyo el fórceps en la encía. Aplico la primera fuerza vertical hacia abajo y siento, por el tacto, que la muela cede con la decencia que suelen tener las muelas bien anestesiadas.

Y entonces la pared se mueve.

No se mueve entera. Se mueve un trozo, la parte baja, la que da al despacho contiguo y que lleva meses con una grieta fina que el administrador del edificio ha prometido reparar en tres ocasiones y en tres presupuestos diferentes, cada uno más fantasioso que el anterior.

La grieta, esta vez, decide que ya ha esperado bastante.

Oigo el crujido antes que nada. Es un crujido seco, profundo, de los que no avisan, sino que anuncian.

Luego oigo a Teresa soltar desde recepción un alarido que solo ella sabe modular, ese que mezcla el susto con el rezo en la misma sílaba, y después oigo caer los ladrillos.

Tres. Cuento tres. Ruedan por el suelo de baldosa hidráulica como si alguien los hubiera lanzado a jugar bolos a la una de la tarde en un campeonato municipal.

Doña Idalia tiene la boca abierta. El fórceps sigue en la muela. La muela sigue en la encía. Yo sigo viva.

«Daniela, respira. Uno, no has hecho nada raro. Dos, la pared no es culpa tuya. Tres, la paciente no se ha movido. Cuatro, termina la extracción y luego te enteras de qué ha pasado detrás de ti» , me ordeno por dentro, con el mismo tono clínico que uso para recordarme los horarios.

Aplico una segunda fuerza, esta vez lateral.

La muela termina de liberarse del hueso con un sonido discreto que agradezco con todo lo que me queda de cordura profesional.

La extraigo entera. La dejo con cuidado en la bandeja de acero, encima de la gasa.

Pongo la gasa de presión sobre el alvéolo. Le pido a doña Idalia que muerda.

Doña Idalia muerde con una obediencia que no le corresponde, porque tiene los ojos fijos en algo que hay detrás de mí. No gira la cabeza, porque no puede, pero los ojos los ha girado hasta el extremo de su órbita y los mantiene ahí con una fijeza que me da miedo.

Me giro yo.

La pared, allí donde antes había una pared, ahora tiene un hueco rectangular a la altura de la cintura, del tamaño de una ventana mal hecha, con el borde irregular y el polvo todavía suspendido en el aire como si fuera humo de incienso. Al otro lado del hueco, a un metro escaso, hay un hombre.

El hombre tiene el torso ligeramente inclinado hacia delante, porque está sentado en un taburete alto, pero no me parece que se haya sobresaltado.

Me parece, más bien, que acaba de levantar la vista de lo que estaba haciendo y que está valorando la situación con la misma calma con que se valora el tiempo antes de salir a la calle.

Tiene el pelo largo recogido en una coleta baja, camisa negra con las mangas subidas hasta el codo, un guante de nitrilo negro en la mano derecha y, en esa mano, una máquina de tatuar que sigue funcionando, porque oigo el zumbido, un zumbido eléctrico fino que se cuela ahora en mi consultorio como si fuera un mosquito grande y decidido.

A su lado, tumbada boca arriba en una camilla profesional, hay una señora a la que reconozco.

Es Carmen la Güira, cantante del coro del Karl Marx, clienta mía desde hace tres años, a quien cepillé y limpié el mes pasado.

Carmen tiene la blusa bajada hasta la clavícula del lado izquierdo, el hombro al aire y, en el hombro, un jazmín a medio tatuar del tamaño de una manzana pequeña, todavía con la tinta fresca.

Carmen me mira. Yo la miro. Doña Idalia, desde el sillón, nos mira a las dos con la gasa mordida.

El hombre de la camisa negra apaga la máquina con un gesto limpio.

Deja de sonar el zumbido. Se levanta muy despacio del taburete, deja la máquina sobre un paño estéril, se quita el guante derecho tirando del puño con los dientes, lo tira a una papelera que tiene a su izquierda y luego, como si lo que acaba de pasar fuera un fenómeno meteorológico previsto en los partes, levanta una ceja hacia mí y habla.

—Buenos días, doctora. Permiso para ver cómo está usted.

La voz es grave, tranquila, sin sorna. No pide explicación, no se disculpa, no se alarma. Pide permiso para entrar por un hueco que acaba de aparecer. Es una cortesía tan absurda que por un momento pienso que me la estoy imaginando.

—Estoy bien —contesto, con la voz en piloto automático, porque el piloto automático es lo único que me queda en este minuto—. La paciente también. Gracias.

—La paciente tiene cara de haber visto más que yo hoy —observa él, mirando a doña Idalia con un respeto inesperado—. Señora, buenos días.

Doña Idalia intenta contestar con la gasa mordida y le sale un sonido que no pertenece a ningún idioma conocido.

El hombre asiente como si hubiera entendido la respuesta al detalle.

Carmen, desde la camilla, suelta una carcajada corta, ronca, que le sacude el hombro tatuado y la obliga a disculparse sola con un ay del demonio.

—Carmen —digo yo, sin salir del automático—, no se mueva, que le va a correr la tinta.

—Doctora, se nos cayó un pedazo de Vedado encima —responde Carmen con la misma serenidad con la que canta en el coro—. Un pedazo. Mire usted qué manera de coincidir.

Teresa aparece en la puerta del consultorio en ese momento, y Teresa, cuando aparece en una puerta, aparece entera.

Lleva el rosario de cuentas azules en la mano derecha, la libreta de pacientes en la izquierda y una expresión facial que le he visto tres veces en ocho años y que reserva exclusivamente para las desgracias mayores: muerte de un paciente, muerte de un familiar de un paciente, llamada del ministerio.

Hoy, presumiblemente, ha ascendido al podio la caída estructural de la pared medianera.

—Niña —suelta Teresa, y se persigna tres veces con una velocidad que no debería caber en un solo gesto—, niña, niña, niña. La Virgen santa. La Virgen santa. La Virgen santa.

—Teresa, no entre aún. Puede haber más ladrillos sueltos.

—Es que me santigüe desde aquí, doctora, que por mí no se preocupe —aclara Teresa, sin dejar de persignarse—.

Yo es que he oído el ruido y me he visto la vida entera.

Me he visto cuando me casé, cuando nacieron mis tres, cuando me quedé viuda y cuando vine a trabajar aquí.

Las cuatro cosas en un solo crujido, doctora. Las cuatro.

«Concéntrate. La paciente está bien. La encía está comprimida.

El alvéolo está limpio. La extracción está concluida.

Ahora solo tienes que gestionar el hecho pequeño de que tu consultorio acaba de incorporar una ventana no prevista en los planos y de que, por esa ventana, un hombre al que no conoces te está mirando con una tranquilidad que no le corresponde a alguien que acaba de perder una pared» , me digo, y me concentro.

—Doña Idalia, voy a cambiarle la gasa. Siga mordiendo, por favor, esta nueva. Vamos a dejar el alvéolo bien comprimido antes de que usted me cuente lo que seguro me va a querer contar luego.

Doña Idalia asiente, ahora con los ojos humedecidos de pura emoción narrativa.

Le cambio la gasa. Le limpio con suero los restos de sangre que le han caído por la comisura.

Le ajusto la cabeza en el reposacabezas.

Todo lo hago con la mano firme, con la mano de tres generaciones de médicos, con la mano que mi padre me enseñó a no dejar temblar nunca, ni en la boda de mi hermana, ni en el funeral de mi abuela, ni cuando el Ministerio llama diciendo que viene a auditar el martes a las ocho.

Hoy la mano no me tiembla. Y no le perdono ese detalle.

Detrás de mí, al otro lado del hueco, el hombre vuelve a sentarse en su taburete.

Oigo, sin mirar, cómo saca un guante nuevo de una caja, cómo abre un sobre estéril, cómo enciende otra vez la máquina.

El zumbido vuelve. Carmen suspira con el alivio de quien reconoce una melodía familiar.

Y yo, que no entiendo cómo en los cinco minutos siguientes a la caída de una pared medianera este hombre puede volver a tatuar un jazmín en un hombro ajeno como si nada hubiera pasado, me doy cuenta de que ha pasado ya demasiado tiempo sin que yo dijera nada profesional.

—Voy a llamar al administrador —anuncio, para doña Idalia, para Teresa, para Carmen, para el Vedado entero si hace falta—. Teresa, el teléfono.

—Niña, el teléfono está en recepción y está del otro lado del polvo.

—Pase usted, Teresa. Pase con cuidado.

—Yo ya no paso por polvo, doctora. A mi edad el polvo se me queda en las articulaciones hasta diciembre.

—Teresa.

—Ya voy, ya voy. Y sepa usted que voy encomendándome.