¡De cabeza! ELLA / muy temprano
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ELLA / muy temprano

Desierto

(Belchite, veintisiete)

Aunque han salido con tiempo, cuando llegan la directora de la escuela de Belchite ya está esperándolos.

Pau monta el tenderete mientras ella habla.

Le explica que primero Pau pasará los estudios de percepción, que son más largos, y después ella pasará los suyos, de cognición social, que son más rápidos.

Han venido a parar aquí porque necesitaban comparar los resultados de la escuela de Madrid con los de una escuela de habla castellana sin la contaminación de los de ciudad.

Ella se encarga de ir a buscar a los alumnos a las clases, uno por uno.

Alternan alumnos de cinco años con alumnos de diez años.

Va apuntando en la lista a los que ya lo han hecho, a los que no han ido a la escuela y a los que son más tímidos y mejor dejarlos para el final.

Las profesoras están atentas y, cada vez que ella se acerca con la lista, le llevan de la mano a un nuevo participante.

Algunos no dicen ni una palabra hasta que empieza el estudio y otros no callan y tiene que pedirles que se aguanten hasta el final para contar todo lo que quieran contar.

Han calculado cuarenta y cinco minutos por niño, pero a ella le cuesta cortarlos y con los parlanchines está al menos una hora.

Cuando pasa su estudio, le sorprende vivir en directo cómo se replica el patrón que describe el artículo del que ha sacado la idea.

El alumnado de cinco años concibe la lengua como una categoría social estable: para ellos, la lengua que habla una persona es un rasgo innato, casi como la especie de un animal, que no cambia a lo largo de la vida.

Hablar una lengua forma parte inseparable de lo que eres.

Le sabe mal constatar que el alumnado de diez años ya ha perdido esta manera de entenderlo.

Las respuestas se parecen más a las de los adultos: consideran que la lengua es una categoría social flexible que depende del entorno y puede cambiar con la experiencia.

«Se puede aprender a hablar una lengua diferente de la que se ha escuchado en casa», contestan.

Ella quiere preguntarles: «¿Se puede aprender a sentir en una lengua diferente con la misma intensidad que se siente en la lengua de casa? ».

Comen en la mesa del centro del comedor, el mismo estofado que come el alumnado.

Menos mal que se tienen el uno al otro, porque estas sesiones se alargan por todas partes.

Les quedan dos clases de los de cinco años y una clase de los de diez antes del timbre de las cinco.

Mañana harán el resto. Se esfuerzan por ser más expeditivos, porque ya empiezan a hacerse un lío anotando las respuestas y diciendo las preguntas, que de por sí son enrevesadas.

A las cinco se van hacia el apartamento que han alquilado para pasar la noche y cuando llegan Pau le dice que qué mala pata, que con este ruido no podrán dormir.

Ella lo mira inquisitiva porque no oye nada.

«¿De verdad no lo oyes?». Ella sabe que es medio sorda, pero le dice que es él quien tiene un oído de perro, que aquí no se oye nada.

Pau revuelve todo el salón para ver si encuentra de dónde sale el «sonido».

Ella no tiene claro si está tomándole el pelo, lo ve tan concentrado que quizá sí se oye algo, pero es tan cómico verlo volverse loco que no le preocupa si realmente se oye algún sonido.

Tarda unos minutos, pero al final Pau descubre un altavoz mal conectado que hace un «piiiiii» imperceptible para oídos que no son de músico.

O de perro. Sonríe satisfecho como quien ha encontrado un hueso y enciende la radio para escuchar música local.

Ella va a investigar la cocina, tienen que decidir si cenan aquí o prefieren ir a un bar.

Es un apartamento grande porque en Quinto no hay mucha demanda y les ha salido barato.

Van juntos a explorar las habitaciones. Ahora ya tienen confianza para compartir habitación, pero los dos prefieren dormir separados.

Abren las puertas para verlas y una es claramente la del matrimonio y otra es claramente la de la hija de la casa.

La de la niña tiene unicornios en las paredes y su nombre con letras de madera muy grandes.

Se llama igual que la chica con la que Pau ha empezado a salir.

Se ríen y están de acuerdo en que él estará más cómodo durmiendo solo allí y ella estará más cómoda durmiendo en la habitación de matrimonio.

Al volver ella mira por la ventana y divaga.

Nunca han llegado a hablar de su amistad flechada, que pasó del cero al cien precipitadamente.

Tampoco han hablado de la incomodidad de la primera noche juntos compartiendo colchón hinchable.

La picardía y la delicadeza de los sostenidos.

Los codos y las barrigas tocándose expresamente, procurando que no dejen de tocarse.

Eternizando el sin querer. No ha sido necesario.

El encantamiento de los pipiolos emocionados por la novedad ha podido convertirse en una comodidad sólida y placentera: queriendo.

Ahora están en la fase de conocer a los amigos del otro.

También están en la fase de que Pau conozca a Polo cuando venga de visita y de que ella conozca a la chica de Pau cuando decidan si son pareja.

Son amigos mágicos, personas que se quieren y se atraen, pero que son felices siendo solo amigos.

Amigos que se han conocido de adultos, pero que podrían haber jugado juntos al escondite en el patio.

Y hacerse muecas y tirarse por el suelo.

Ahora ya tiene dos, Wes y Pau. Arnau no cuenta porque hace ya muchos años que es amigo eterno.

Y el zapato, el zapato no sabe en qué categoría está.

No tiene claro que ninguno de los dos sea del todo feliz solo con el solo.

Caballero

(Nueva York, veinticuatro)

Gina va a relevar a Polo. Llega con el pelo todavía mojado de la ducha y le toca la mano para avisarla de que ya está aquí.

Ella tiene los ojos cerrados, pero no duerme; todo es todavía demasiado desagradable para poder dormir.

Felicita a Gina porque hoy es su cumpleaños, deberían estar preparando la fiesta de disfraces.

Gina le dice que gracias, pero que no pueden perder el tiempo hablando, que tienen que hacer muchas gestiones.

De camino al hospital ha llamado a sus padres, que son abogados de Chicago, y le han dado el contacto de un bufete de Nueva York para que lleven el caso.

¿Qué caso? «Welcome to America, mi amol», [151] le dice Gina pasando del estadounidense al cubano.

Le explica que la esperan las facturas de los muchos servicios que está proporcionándole el sistema sanitario, privado, y no podrá apañárselas sola.

Sin haber terminado de procesar las implicaciones, ella le dice que adelante, que llame a los abogados.

No hay cobertura y Gina secuestra el teléfono inalámbrico de las enfermeras, que hasta entonces había sido de uso exclusivo del personal de planta.

Llama directamente al móvil del abogado para saltarse trámites administrativos.

«Ajá, yes, she is on a working visa here, yes, she speaks English, ajá, yes, pedestrian knockdown, multiple personal injuries including but not limited to head, body and limbs, she needs a back brace, yes, no, no family in the city, she has a partner, yes, she’s planning on staying for a while, yes, she’s right here, she’s been better but she’s OK , yes, I’ll tell her that» .

[152] El abogado le dice que ellos se ocupan de gestionar el trámite del seguro No-Fault.

Gina le explica que es el seguro que se aplica después de un accidente de tráfico y que cubre los gastos básicos, aunque el demandante haya tenido la culpa.

¿Demandante? ¿La culpa? ¿La culpa de qué?

La culpa de causar el accidente e incurrir en todos los gastos en los que ya has incurrido y en los que te quedan por incurrir.

Gina transmite la información en un tono impertérrito, pero le aprieta la mano para asegurarle que todo irá bien. El abogado le dice que ellos también se ocupan de conseguir el informe policial del accidente, que es la pieza clave para construir el caso.

Ella ha empezado a llorar sin darse cuenta, descargando el miedo que ha ido acumulando desde que abrió los ojos aplastada en el asfalto.

¿La culpa puede ser suya? No recuerda nada de nada, solo recuerda que se puso el pañuelo mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde.

Gina le dice que no se preocupe, que seguro que esperó para cruzar.

Ella se frustra, incapaz de pescar la información valiosa de su cerebro desmemoriado.

Se atribuye la culpa como cuando en las colonias el monitor decía que había desaparecido un Discman y al tercer día sin que hubiera aparecido ella llegaba a pensar que quizá lo había birlado ella en un episodio sonámbulo, aunque no era sonámbula, simplemente porque no soportaba no ofrecer respuesta a la pregunta que se les hacía.

Las preguntas se contestan, era la niña más escolar que el sistema había conocido.

Gina la arranca del bucle neurótico diciéndole que lo que tienen que hacer ellas, utilizando el plural por consideración al vegetal mustio que la mira con ojos llorosos desde la cama, es conseguir el cinturón lumbar que han dicho los traumatólogos que necesita para poder empezar a andar.