¡De cabeza! ELLA / sudor #4
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ELLA / sudor #4

Grau la recoge puntual, aparca delante de la portería y ella sube directamente sin darle tiempo a salir del coche.

Está demasiado nerviosa con la historia que se ha montado ella sola.

Cuando se sienta en el asiento del copiloto, él la mira y se le escapa: «¡Guau, creo que me gustas más sin maquillaje!

». Ella sonríe, pero intenta aguantar el tipo.

¿Le ha dicho que le gusta? Le hace gracia que a partir de hoy Grau piense que le atraen más las chicas al natural.

Mientras conduce, Grau la mira de vez en cuando de reojo con los hoyuelos a medias, como si empezara a sospechar que algo se le escapa.

Ella está hecha un flan porque se arrepiente de tener que exponerse en público tal como va.

Sonríe todo el rato con los nervios de quien está a punto de dar un susto.

Su susto no será para que Grau salte, será más bien para que se caiga de culo al suelo.

Aguanta como una campeona hasta que llegan al restaurante y se desabrocha el abrigo.

Los demás comensales pueden comentar que la chica que ha entrado tiene un gusto que no comparten, pero no está tan fuera de lugar para pensar nada más.

Grau, en cambio, cuando ve todo el modelito, pasa del shock a la risa y de la risa a mearse de risa en tres segundos: «Qué cabrona, señorita, me la has colado, no entendía nada».

Ella sonríe victoriosa soltando por fin el manojo de nervios.

«Te lo debía, el objetivo del disfraz era bailarina de bailes de salón, pero me ha quedado más bien de azafata estrambótica».

Ahora le toca pasar toda la cena vestida de azafata estrambótica, pero le da igual porque ve que Grau no consigue que le desaparezcan los hoyuelos de las mejillas.

Cenan con la magia de la broma compartida y liberan la tensión que han ido cultivando los últimos meses por mensajes.

Ella esperaba verlo justo después de aterrizar, pero ha tenido que esperar cuatro días para que Grau pudiera quedar con ella.

Después de esta noche, les quedarán solo seis más por delante antes de que ella vuelva a marcharse para empezar el segundo semestre en Filadelfia. Si tiene que pasar, debe ser hoy.

Cuando llegan a la sala de salsa, sucede algo que ella no había previsto: su disfraz parece un esfuerzo no irónico para ajustarse al código de vestimenta.

El disfraz ya no es disfraz, sino el fracaso entrañable de quien quiere formar parte del grupo.

Durante un momento Grau siente vergüenza ajena y ella siente vergüenza propia.

Entonces ella se ríe y dice: «Bailemos», [109] con el acento más sensual que le sale.

Nunca ha bailado salsa, pero cree que no debe de ser muy difícil.

Error. No es difícil, es imposible, qué incomodidad; no se puede bailar tan pegado a alguien sin haber follado, por favor, ella que tiene la burbuja de espacio vital tan grande.

No funciona de ninguna manera. Él la coge por la cintura intentando hacerla fluir, pero a quién quiere engañar, no deja de ser catalán.

Por mucho que haya aprendido en las clases, no lo lleva en la sangre.

No se mueve lo bastante bien para que ella olvide el ridículo que está haciendo.

Además, con la sudada, la payasada de la cara se le está deshaciendo y ahora es una azafata que ha empalmado dos vuelos seguidos. «Salgamos a tomar el fresco», le pide.

Charlan un rato fuera, pero el tic-tac está cargándose el juego de la noche; si tiene que pasar, tiene que pasar ya, la arena sigue cayendo.

No pasa nada fuera del local, hablan un poco, pero ya no vuelven a entrar a bailar.

En el coche de vuelta flirtean, como han hecho toda la noche, como han hecho por mensaje estos meses que ella estaba en Filadelfia, como han hecho desde el día siguiente de que le aplastara el plátano en la camiseta.

Ni el uno ni el otro da un paso más para llevar el flirteo a puerto.

Ella tiene claro lo que quiere, pero es incapaz de decirlo o hacerlo.

Él seguro que un poco también lo quiere, pero parece que tenga alguna reserva.

Quizá porque tiene alguna reserva. O quizá la reserva es ella, que ha sido fácil entretenerla cuando ha estado lejos, pero se ha complicado ahora que está aquí.

Ahora que está aquí, pintada como una puerta y vestida como una azafata superviviente de un vuelo fatídico.

Es tarde y ella, realista, no lo ve nada claro.

Se gira para coger el abrigo del asiento de atrás.

Aprovechando el movimiento, él le pregunta si puede darle un beso.

Ella lo mira sorprendida y sonríe. Se dan un beso bonito pero contenido, sin la fogosidad que se han prometido durante el otoño.

«Qué pena que te vayas», le dice él. Qué pena que no me desees, está a punto de decir ella.

¡Quedan seis noches y siete días hasta que tenga que volver a marcharse!

«Buenas noches, Grau, voy a desmaquillarme y a quitarme estos zapatos, que no puedo más».

«Buenas noches, señorita, nos vemos antes de que te vayas».

«Claro, feliz Navidad», le dice ella, sin dar ni un duro por que así sea.