ELLA / sudor #3
Rompe la placidez un fuck! [104] que se cuela entre las frases alargadas.
Aguza el oído intentando quitarse la arena.
«Fuck, there it goes again, I can’t anchor it into place, it gets carried away by the blood flow into the venous side».
[105] Respira y no respires ya no suenan con el tono meditativo de antes, ahora son instrucciones más rudimentarias.
«Fuck, we need to remove it again». [106] Nota unos pinchazos en el estómago que no sabe si están relacionados con lo que está pasando y, luchando contra el pedo que lleva, les dice educadamente que le duele la barriga.
La miran con el enfado con el que mirarían a una persona que pregunta si tienen cambio, no con el respeto que deberían brindarle como la vianda que es.
Uno de los médicos asistentes dice que miren la vejiga y, efectivamente, la vejiga está a punto de explotar.
No la han sondado porque la intervención completa tenía que durar una hora, pero ya llevan cuatro.
Paran todo el procedimiento para sondarla y ella se estremece pensando en los catéteres pichaflojas.
Esta vez o aciertan a la primera, o no se da cuenta por la sedación.
Continúan con el respira, no respires. Está tan cansada que los fucks [107] recurrentes entran también en el repertorio encadenado y se entrega de nuevo a las olas.
Se despierta en la habitación y ve a su madre destrozada.
Tiempo de sedación: cuatrocientos veinte minutos.
El tiempo que ha estado su madre fuera, mal sentada, sin recibir noticias del progreso de la intervención que le han dicho al entrar que «she’ll be out in no time» .
[108] Si los tres segundos de la llamada telefónica se le hicieron eternos, estas siete horas han sido un infierno.
Les dicen que la operación ha sido exitosa, como quien se otorga un premio de participación.
Le dan un zumo para que recupere energía.
Todavía nota los efectos de la sedación y el cerebro le hace chiribitas.
De repente siente un golpe de calor y unos picores fuertes por todas partes y se rasca como quien tiene una picadura, pero la picadura es todo el cuerpo.
En dos segundos se lacera la cara y la espalda sin que su madre, que ha salido a pedir ayuda, haya podido evitarlo.
La enfermera le dice que debe de haber sido una reacción a la gran cantidad de anestesia.
Le administran antihistamínico por la vía mientras su madre le sujeta las manos porque el «niña, no te rasques» no está siendo efectivo.
Cuando ya está calmada, le pide a su madre que le haga una foto para enviársela a Emma, que se meará de risa viendo los arañazos de gata maula que se ha hecho.
Abre el correo y ve uno nuevo de Mr. Batakis, que le pregunta cómo ha ido.
Ella le responde que cree que bien, pero que han sido muchas horas, ha tenido una reacción alérgica y se ha arañado todo el cuerpo.
Él le contesta enseguida que le envíe las fotografías de los arañazos, que las añadirán a la carpeta de pruebas.
Se marchan en taxi después de haber firmado el papel amarillo con la cifra de diecisiete mil dólares.
En el hotel ella se sienta entre almohadas con malestar porque el sistema digestivo, sedado, lleva demasiadas horas sin evacuar.
Su madre se encarga de comprar comida por si se le despierta el hambre después de cagar.
Tarda mucho en volver y llega ahogada. Ha ido a tres supermercados diferentes buscando pan sin gluten y solo ha encontrado esto.
Señala un pan denso de tapioca que no parece comestible.
Como le preocupaba tardar tanto en volver, se ha bloqueado y para acompañarlo solo ha cogido una pera y un paquete de lonchas de pavo.
Ella lo mira con cara de asco y pena sabiendo que tendrá que comérselo para reconfortar a su madre, que todavía está un poco descolocada.
Como en la habitación no hay nevera, su madre deja el pavo en un cuenco decorativo que encuentra y lo llena de cubitos de la máquina dispensadora de hielo.
Se levanta metódicamente cada dos horas para renovar los cubitos y mantener el pavo fresco.
Ella la mira divertida; entiende que es su manera de tener algo controlado.
Después del descontrol de esperar horas y horas a que le dijeran si tenía una hija o un trozo.
Al día siguiente pasean despacio hasta Central Park y ella se come la pera mustia y un plátano que compran de camino.
Su madre vuela a casa por la tarde y Polo llega a relevarla.
Se quedan una noche más en el hotel. A ella todavía le duele la barriga y se ha añadido el dolor de espalda del postoperatorio; todo empieza a despertarse.
Miran lo que dan en la tele y, cuando encuentran una película que les gusta, suena el teléfono de Polo.
Es un amigo que le pregunta qué está haciendo, si quiere quedar.
Polo le dice que está con ella, que la operaron hace un par de días.
Le pregunta con la mirada si puede invitarlo.
Ella no se lo puede creer. Ni convaleciente su compañía es suficiente.
Cuando se marchan firma un papel del hotel que suma mil seiscientos al agujero negro.
Una semana después, en la revisión, el médico no lleva mascarilla ni gorra quirúrgica y ella no va colocada, así que puede registrar el nombre real del doctor: Rossman. Se sorprende positivamente del poder de los opiáceos porque no se parece en absoluto a McSteamy.
El doctor Rossman le dice que la operación fue tan larga por el flujo extremadamente elevado de la fístula, que no se esperaban.
También le dice que, si el técnico no lo hubiera avisado y no la hubieran intervenido, habría tenido un paro cardiaco antes de los treinta.
Vuelve a mirarlo con los ojos sedados, su McSteamy salvador.
Pauñuelo
(Barcelona, veintidós)
La broma se ha ido de madre. Ha empezado por el maillot negro, que, ya que lo tiene, debe darle salida.
Ha seguido con una falda rosa fucsia y unos zapatos negros de tacón, de esos de punta redonda y con hebilla que les hacían comprarse para los festivales cuando la coreografía requería cloc-cloc.
Se pinta como una puerta, que le resulta más fácil que maquillarse bien.
Incluso los labios, de color rojo. Como no tiene labio superior, pasa de puerta a payaso.
Falta un cuarto de hora para que Grau pase a recogerla; aún añade unos pendientes gigantes dorados y un pañuelo fucsia a juego con la falda y se recoge el pelo en una cola alta, lateral.
Para dar la sorpresa por partes, y porque es 23 de diciembre y hace un frío que pela, se tapa con un abrigo largo que la cubre del todo.