ELLA / sudor #2
Hoy ha aceptado intentarlo porque Polo le ha dicho que sería una vía fácil.
Se hace la resignada, pero le apetece. Le gusta ver la espalda de su Mowgli en acción.
Además, sabe que puede mirarlo tranquila y sin presión porque Polo ha dejado de contar los días sin sexo.
Una vez atravesado el desajuste de la llegada, han ido encontrándose mucho, más que otras veces.
Le ha bastado una mirada rápida a la roca para decidir que no necesita el arnés.
Polo la ve tan convencida que le dice que se lo ponga por él, porque si no él, que nunca se preocupa, se preocupará.
Ella le contesta que es un exagerado, pero se pone el arnés y los pies de gato.
Polo sube primero y termina en un santiamén, como si fuera un rebeco que se ha dejado algo arriba.
Ata la cuerda y le dice que cuando quiera.
Ella se acerca a la pared y mueve las piernas y los brazos intentando imitar los movimientos de Polo.
Nota que tiene que hacer más presión de la que creía para quedarse enganchada.
Sube cinco metros y de repente los agujeros que veía clarísimos desde abajo son dentelladas minúsculas en la roca.
No tiene dónde agarrarse. Le arden las yemas de los dedos porque la roca hierve.
Piensa que debe de ser ella, que no tiene ninguna dureza, pero otro rebeco la adelanta por la derecha y ve que el tío lleva guantes.
Se caga en Polo y en la sensibilidad cero que tanto le funciona en las fiestas cuando presume de meter la mano en el fuego y no quemarse.
Grita: «¡Me queman los dedos!». [96] «You’re almost there, can you push through? » . [97]
Intenta moverse hacia la derecha porque le parece que hay un saliente desde el que podrá tomar impulso, pero el trozo de roca en el que se agarraba se rompe.
Polo, que estaba atento, recoge y sujeta fuerte la cuerda hasta que ella vuelve a engancharse a la pared.
Después de dos movimientos fallidos dice que no puede, que está dándole vértigo, que está quemándose los dedos y que no sabe dónde agarrarse.
Polo grita palabras reconfortantes e intenta animarla como el padre que aplaude detrás de la bicicleta sin ruedecitas de su hija.
Ella se frustra porque debería poder compensar la falta de técnica con una agilidad general.
Suda el sudor del miedo, que, como el de los nervios, huele fatal.
Se esfuerza por hacer un último intento y no lo consigue.
Suelta unos gemidos de pánico que son ridículos porque no se atreve a sacar toda la angustia que lleva dentro.
Polo la ve muy agobiada y le dice que no se preocupe, que la sube a peso. Como un saco de patatas.
Con el último tirón de cuerda ella se impulsa con el pie, se deja caer encima de Polo y lo abraza.
Polo, que hasta ahora ha estado aguantándose la risa, por respeto y básicamente para asegurarse de que ella llegara arriba, ya no puede contenerse y estalla de risa.
«No need to use the harness, huh?» . [98] Ella lo mira con los ojos todavía llorosos, pero se le contagia la risa.
Se quedan diez minutos riéndose y al bajar les flojean las piernas de la tontería que llevan encima.
Polo le dice que le ha visto potencial. «Cállate, climbing sucks». [99]
Respira
(Nueva York, veinticuatro)
Cada resonancia cuesta mil ochocientos dólares.
En principio, ella no tiene que pagarlas, siempre que facilite el número mágico del No-Fault [100] al administrador que la atiende.
Lleva haciéndolo un par de meses, pero le tiembla el pulso cada vez que tiene que rellenar y firmar el papel amarillo con su dirección postal: «I have been advised by Columbia Doctors Radiology that 1.
Columbia Doctors Radiology does not participate with my insurance plan; 2.
My insurance may not reimburse Columbia Doctors Radiology for the service listed below as my carrier may not consider the service medically necessary even though my doctor has ordered the service, and 3.
I have advised Columbia Doctors Radiology to proceed with the service and I will assume full responsibility for payment as detailed below». [101]
Si el administrador que la atiende es poco espabilado y no introduce bien el número, recibe en su casa el papel de color azul detractor de Columbia Doctors y tiene que pelearse con los del Departamento de Facturación para aclarar que sí, que va todo al No-Fault, que parece ser un pozo sin fondo.
De momento, que ella sepa, ha gastado: setecientos dieciocho dólares de la ambulancia que hizo el traslado de dos kilómetros, los mil cincuenta del cinturón lumbar, cuatro resonancias de mil ochocientos, seis consultas médicas, que oscilan entre los doscientos veinticinco y los cuatrocientos cincuenta, todas las sesiones de rehabilitación, que no sabe ni quiere saber cuánto cuestan, la cuota de socio del YMCA y el ingreso hospitalario de seis días, de una cifra astronómica.
Hoy es la segunda vez esta semana que tiene que ir a Columbia Doctors.
La han llamado porque han visto una anomalía en la resonancia de control del lunes y tienen que hacerle una tomografía computarizada con contraste.
No hay problema, dos mil seiscientos más al carrito.
Pide que el contraste no sea bebido porque a los quince años, a raíz de un batacazo en quad, tuvo una mala experiencia en la sala de resonancias.
Lo había vomitado entero después de intentar bebérselo de un trago y le habían hecho fregar el suelo con un trapo, con el poco movimiento que le permitía el dolor de espalda.
Le dicen que ningún problema y le ponen la vía.
Sigue las instrucciones que le transmiten desde el altavoz.
La avisan de que notará calor en la garganta y en sus partes íntimas a medida que el contraste vaya repartiéndose por la sangre.
Lo olvida cada vez, pero ahora vuelve a vivir la sensación extrañísima de tener una estufa hirviendo en la vulva y en la boca.
Se relaja hasta que el técnico le dice por el altavoz que se va un momento a buscar a un médico para que lo vea.
Ella asiente sin moverse ni un milímetro para que no tengan que repetir el procedimiento.
El técnico vuelve y le dice que ya han terminado y que puede ir a cambiarse.
Cuando ya está vestida va a verla el médico para decirle que tienen que intervenirla.
Tiene una right renal arteriovenous fistula , [102] que es grande y debe embolizarse.
No entiende ninguno de los términos que utiliza, pero se queda con la información importante de que tiene que pasar por quirófano lo antes posible.
¿Hoy? No, la semana que viene. Cuando sale de nuevo a la sala de espera, se presentan con otro papel amarillo porque ha recibido una consulta de especialista durante la tomografía: trescientos cuarenta y cinco más.
Escribe a sus padres para contárselo. Están hartos de recibir noticias médicas de tan lejos.
Si hubieran podido, la habrían atado bien atada para que no volviera a marcharse.
Su madre dice que irá para acompañarla y ella dice que no hace falta, pero sabe que es en vano.
El miércoles siguiente sigue las instrucciones de preparación antes de la cirugía.
Cuando entra para hacer el ingreso, es una versión más diluida de sí misma.
Se desnuda, se cubre con la bata de papel y ya es todo cuerpo, un trozo de carne en la mesa.
La frialdad de estar dormida e inerte delante de tanta gente la incomoda, pero el anestesista le dice que no la dormirá del todo.
Solo la sedará un poco. Es una intervención mínimamente invasiva.
Tiene que estar despierta para que pueda seguir las indicaciones del médico, que irá diciéndole que respire hondo o que aguante la respiración, porque utilizará imágenes de rayos X para ver los vasos sanguíneos en tiempo real.
La sedan y unos minutos después llega el médico que hará la intervención.
Lo mira y piensa que tiene por delante una hora muy placentera siguiendo las órdenes delicadas de McSteamy.
Quiere contarle que se enrolló con el doble de McDreamy, pero las palabras ya se le escapan.
El médico le pregunta si le parece bien que hagan la intervención entrando por la ingle y ella dice «yes, sir», [103] sin escucharlo.
Sigue las instrucciones de «respira, no respires, respira, no respires».
Cada vez que abre los ojos, busca los ojos claros de su doctor.
Los oye hablar, pero es como si le hubieran puesto una caracola en cada oreja y las palabras se juntan con la marea.