ELLA / sudor
Motel
(Asheville, veintiséis)
Son tres días de celebración y ellos llegan el viernes por la tarde.
Conduce la madre de Wes, y Wes y ella van detrás con Banjo jadeando entre ellos.
Han recorrido las diez horas hasta Asheville con solo una parada y ella no ve el momento de sacudirse los pelos.
Dejan las maletas en el coche y van directamente a encontrarse con los novios, que están haciendo una ruta por las cervecerías de la ciudad.
Conocen al novio desde que llevaba pañales porque la madre de Wes cuida los caballos de su familia.
Como tienen mucha confianza y ellos tienen mucho dinero, no ha sido necesario ni preguntarles si les importaba que, en lugar de uno de sus hijos, se apuntara una amiga de su otro hijo.
Disfrutan de los pequeños espectáculos que los novios han preparado en cada cervecería.
La madre les dice que mejor que no se vayan a dormir tarde porque mañana quiere mostrarle la ciudad y llevarla a hacer alguna excursión.
Duermen en un motel de las afueras; la madre y Banjo en una habitación, y Wes y ella en la otra.
Se quedan sobados enseguida por el cansancio del viaje y las cervezas.
Por la mañana se despiertan temprano para hacer los ejercicios antes de empezar el día.
Ella lleva dos años haciendo planchas cada mañana para fortalecer los abdominales, es lo único que le permite aguantar de pie sin morirse de dolor de espalda.
Cuando viaja se permite saltárselas, pero, como Wes tiene que hacer ejercicios para recuperarse de una lesión de menisco, quedaron en que los harían juntos.
Ella se ha llevado un top de deporte y pantalón corto.
Wes se dispone a hacerlos tal como ha dormido, solo con los calzoncillos, pero en el último momento se pone un pantalón ancho de deporte.
Hay poco espacio en la habitación, pero suficiente para los dos.
Ponen una lista de música de Wes y ella empieza con los estiramientos en el suelo.
Extiende una toalla encima de la m-o-q-u-e-t-a para evitar pensar de qué puede ser esta mancha y esta otra.
Hace la tabla seguida de memoria porque es la que lleva haciendo desde que la fisioterapeuta le dio el alta.
Va contando los segundos que debe mantener cada posición en catalán.
Wes la oye murmurar y le pregunta qué maleficio está conjurando.
Lo tiene tan acostumbrado a comunicarse únicamente en inglés que Wes tiene pocas ocasiones de oírla hablar de verdad.
Ella le dice que está contando, que es incapaz de hacerlo en una lengua que no sea la suya.
Wes le responde que no le extraña: su cerebro es tan poco tolerante con los números que cuando cambia el idioma la centralita la manda a freír espárragos.
Ella se ríe porque no puede ser más cierto.
Se levanta de la última plancha y se ve reflejada en el espejo, sudada y sofocada.
Lo ve a él detrás, con la espalda goteando sudor y haciendo una estocada de largo marcando los glúteos.
Lo mira unos segundos más de lo que habría querido y le dice que va a ducharse.
Él ha hecho esfuerzos por no mirarla en toda la sesión y poniéndose de espaldas para que le fuera más fácil.
Verse de repente tan sudados y destapados en tres metros cuadrados los coloca de inmediato en la realidad que a veces omiten.
Una vez duchados, desayunan y hacen de turistas por la ciudad.
La madre de Wes la trata como a la hija que no ha tenido porque ve que ella cuida a su hijo como si fuera su hermano y lo centra cuando está descentrado.
Al mediodía todos necesitan dar una cabezada y ella se queda en la piscina del motel tomando el sol.
No se atreve a meterse porque el agua no está del todo clara.
Cuando tiene calor se refresca con la ducha y vuelve a la hamaca.
Escucha el capítulo de ayer de This American Life .
Polo le ha dicho que se reirá mucho con el tercer acto.
En ocasiones no comparten el sentido del humor, pero esta vez se parte de risa.
Cuando está a punto de sonar la sintonía final, Wes se coloca delante tapándole el sol y ella abre los ojos.
Se lo encuentra mirándola un poco más intensamente de lo que tocaría, esforzándose por desviar la mirada de los pezones, que se han despertado con la última ducha y el bikini no consigue esconderlos.
«We gotta get going» , [94] dice él, pillado.
En la ceremonia se sientan juntos en las primeras filas y a ella no le sorprende llorar de emoción cuando entra la novia.
Wes se ríe y le recuerda que hace dos días no los conocía.
En la cena se sientan a la mesa con otros jóvenes.
Dos chicas repasan a Wes y la repasan a ella también para entender qué relación tienen ellos y qué posibilidades tienen ellas.
Le gusta ser la acompañante de un tío con planta como Wes.
Cuando él se levanta para ir al lavabo, las dos chicas le miran el culo.
Ella lo tiene muy visto, pero se apunta buscando la complicidad para dejarles claro que tienen vía libre para ligárselo.
Wes tarda mucho y no lo encuentra en ningún sitio.
Se queda a un lado mirando a la banda tocar y siguiendo los movimientos de su madre, que baila sola en primera fila.
Una hora después ve que Wes aparece por detrás del escenario y mueve la mano para que se acerque.
Le pregunta dónde estaba y le dice que se ha entretenido hablando con un hombre que tenía mucho palique.
Lo nota raro y le pregunta si está bien.
«I’m fine», [95] le contesta sin mirarla a la cara.
Ella intuye lo que está pasando. Sabe que tienen que hablarlo, porque es la única manera de mantener esta amistad limpia.
Le dice que se siente rara como acompañante sin la persona a la que teóricamente está acompañando.
Él le dice que tiene razón, que le sabe mal, pero que a veces le cuesta llevarlo con naturalidad.
Le hace ilusión que esté aquí, pero se ha incomodado porque desde que han llegado ha tenido que decir que no son pareja.
Ella le dice que lo entiende perfectamente, pero que por favor la avise cuando le pase, porque si no se aísla y no es justo para ninguno de los dos.
Le cuenta que ella sufre menos no porque le parezca menos atractivo, sino porque no tiene tanta testosterona.
No le cuesta tanto recordar que son amigos cuando se ven con tan poca ropa.
Una vez hablado, cogen aire de nuevo y vuelven a encontrarse en las payasadas que hacen que se quieran tanto.
Se ríen hablando de cuál de las dos candidatas que siguen devorando a Wes con la mirada es la que entenderá mejor que ellos ni son pareja ni quieren hacer un trío.
Como nota la carga de él, le dice que vaya a enrollarse con la que prefiera, que ella se va encantada a bailar con su madre.
Media hora después, Wes se une a ellas porque dice que la chica no valía la pena.
Al día siguiente desayunan con la comitiva y después se dirigen a Pennsylvania.
La madre de Wes tiene que ir directa a la consulta porque la ha llamado una clienta que tiene al gato enfermo.
Deciden que van todos en coche hasta casa y luego Wes la bajará a ella a Filadelfia, a casa de los padres de Polo.
Pasará la noche allí antes de volver a Nueva York.
Polo le ha dicho que ha invitado a unos amigos a ver un partido.
Cuando llegan, ella le pregunta a Wes si quiere quedarse un rato suponiendo que le dirá que no.
Polo y Wes se conocen desde antes de la universidad porque de los dieciséis a los dieciocho jugaron en la misma liga escolar.
Nunca se han caído mal, pero Wes piensa que Polo no la cuida lo suficiente y Polo piensa que Wes la cuida demasiado.
Efectivamente, él le dice que se va, que tiene prisa.
Le da un abrazo levantándola del suelo, le dice que la quiere mucho y que bajará a verla a Nueva York antes de que se marche a Bar/s/e-lona.
Cuerda
(Boulder, veintinueve)
Le dice a Polo que no necesita colocarse el arnés porque la pared apenas tiene pendiente.
También que duda incluso de si necesita ponerse los pies de gato o puede hacer este primer tramo con las chirucas.
Polo se ríe y, en un tono paternalista pero totalmente legítimo, le dice que él sí cree que necesitará el arnés y también los pies de gato.
Han ido a escalar la primera pared de las Flatirons muy temprano para que Polo pueda llegar a la reunión de las once en Boulder.
Ella es una escaladora primeriza, tan primeriza que no ha empezado todavía como tal.
En Barcelona cogió un paquete de sesiones en el rocódromo para acompañar a Polo, pero en la segunda se fracturó el codo.
Polo tuvo que llevarla a urgencias conduciendo con marchas por primera vez en su vida, a dos por hora y a trompicones, pero manteniendo la calma incluso con los gemidos de ella, que se intensificaban con cada sacudida.
Tres meses después, Polo también se fracturó el codo con el mismo tipo de caída.
Para él fue una lesión insignificante que lo tuvo solo un par de semanas alejado de las rocas.
Para ella había sido un motivo de peso para dejar de intentar que le gustara este deporte.