ELLA / tripas #2
Es fan devota de los espectáculos de los viernes a las ocho: Airwolf: let’s go back to your place .
Se ha aprendido los dígitos de la tarjeta para introducirlos muy deprisa en la pasarela de compra en cuanto salen las entradas.
Está intelectualmente enamorada de uno de los cómicos.
Improvisa con la naturalidad con la que una llama come hierba y te la escupe.
Lo referencia, se mofa y lo relaciona absolutamente t-o-d-o.
Y es siempre cercano con los pardillos del público que se atreven a subir para contar una historia loca que hayan vivido con sus compañeros de piso.
Cada vez que el cómico pregunta quién se anima, se pone nerviosísima, como si la interpelara directamente a ella porque conoce la historia del pee pad de Alfred.
Pero el momento pasa deprisa porque enseguida alguien levanta el brazo para salir voluntario.
Hoy ha ido con Laurie y caminan tranquilamente hacia casa masticando todavía todos los bits .
[65] Llegan al piso y Laurie se pone a cortar los ingredientes para hacer su plato estrella, una sopa densa y abundante a la que incluso añade salsa de tomate.
Ella pone la mesa, que siempre está plegada y apoyada en la pared para que no les quite espacio.
El piso tiene treinta metros cuadrados, contando las tres habitaciones, el salón-comedor-cocina y el baño con baldosas blancas y negras.
Es más pequeño que el del Upper West y las habitaciones son diminutas, pero tienen el ladrillo visto y las decoran con lucecitas, fotografías y recortes.
En la suya no queda espacio para estar de pie; entra saltando directamente a la cama, y desde ahí mismo accede a la cajonera donde guarda todo lo que tiene.
Siempre huele bien porque mete saquitos de Greenleaf Gifts.
Si abre la ventana también huele, a ciudad y a los desayunos prohibitivos que se cocinan abajo, en la Clinton Street Bakery.
Pagan cuatro mil dólares al mes, sin contar los gastos.
Con su sueldo no puede firmar la tercera parte del contrato de alquiler sin un aval.
El padre de Hazel, que es belga, pero tiene una cuenta estadounidense, la incluye en su carta de aval sin preguntarle nada.
El suelo es de parqué y, por descontado, no aplican el artículo cincuenta y cinco del contrato, que dice: «It is herein agreed and understood between Landlord and Tenant that Tenant must at all times keep eighty percent [80%] of all floors (except kitchen and bathroom) covered with carpet or rugs». [66]
La sopa ha quedado buenísima y en la última cucharada ella ya piensa en el postre.
Como una persona a la que le han robado la identidad, se aferra a las cosas del pasado que han sobrevivido a las restricciones alimentarias.
Una de estas cosas es la Nutella, que no, no tiene gluten y podría comer tanta como quisiera.
Si antes le gustaba, ahora es codependiente.
Cuando se mudó y vio que había un bote en el estante de Laurie, lo cogió y escribió un mensaje autodirigido con rotulador permanente: «This is Laurie’s Nutella, do not touch» .
[67] Se la comió con cuchara y nueces esa misma noche.
Cuando la repuso al día siguiente, volvió a escribir: «This is Laurie’s Nutella, do not eat» , [68] y se la dio a Laurie para que la escondiera.
Ahora entra en la habitación de Laurie y la encuentra en el segundo cajón de la cómoda.
«Laurie, por favor, esto no es esconderla, la he encontrado en dos segundos», le dice en inglés.
Estás enferma, le contesta desde el fregadero.
Ella coge una cuchara y come un poco sabiendo que mañana tendrá que volver a reponerla.
A la pregunta de si alguna vez había sospechado que era celiaca, su madre se enfada y dice que es imposible, que es por toda la mierda gratis que ha comido y bebido viviendo en Estados Unidos.
Ella está de acuerdo, pero también recuerda algún accidente aislado de cagarse en las bragas, manchar las mallas y tener que volver al patio de la escuela con el pantalón corto de pana y las piernas desnudas.
Salmón
(Barcelona, veintitres)
Coge el sobre que le da su abuelo y duda si abrirlo delante de él porque le da vergüenza.
La regla de la casa es que las postales pueden leerse porque, si no, haberlas metido en un sobre.
Pero Polo no ha enviado una postal, ha enviado una carta que huele a sudado y a pescado y que son breves anotaciones de diferentes horas y días.
Un dietario roto. Al terminar el semestre le había prometido que le enviaría cartas desde Alaska y ella había asentido con los ojos llorosos, pero se habían abrazado como si no fueran a verse nunca más.
Le había dado la dirección de su abuelo, pero no daba un duro a que llegara nada.
La lee toda entera siete veces y accede a compartir el contenido con su abuelo, que la mira de reojo desde el sillón fingiendo que lee el periódico.
Desde que ha vuelto le pregunta cada día por Salmonovitz y se burla de la loca historia de la nieta que está colgada por un estadounidense judío y argentino que pesca salmones en Alaska.
La traduce sobre la marcha porque ya casi se la sabe de memoria y sabe qué partes tiene que omitir:
Son las siete de la tarde aquí en Kodiak y hemos terminado el primer día de trabajo.
Será un verano largo y duro. El capitán tiene cincuenta y seis años y lleva toda la vida pescando.
El piloto del bote auxiliar, Manny, tiene treinta y tres años y también lleva toda la vida pescando.
Los dos son buenos pescadores, supongo, pero son personas desagradables e ignorantes.
Hemos pasado todo el día montando la red, que tardaremos cuatro días más en terminar.
La conversación ha girado en torno a beber, mujeres y cuánto odian a los gais.
Ha sido realmente difícil de escuchar. Repulsivo y homófobo.
Pronto toca dormir. Me arden los dedos de hacer nudos todo el día; la red va tomando forma, pero todavía nos quedan dos días completos de trabajo antes de que esté terminada.
Creo que quizá me da mucho miedo estar aquí: miedo a fracasar, miedo a trabajar, miedo a lo desconocido, miedo a estar tanto tiempo lejos de todo.
Ahora estás durmiendo. Cuando te despiertes, dentro de unas horas, yo estaré acurrucado en mi cama soñando que estoy en una cama gustosa contigo (desnuda) a mi lado.
Son las once y muy pronto me iré a dormir.
Manny me va ganando cada día más. He conocido muchos tipos diferentes de personas, y hay muchos motivos diferentes para que alguien te caiga bien, pero nunca he conocido a nadie como Manny: no tiene estudios y es repulsivo en muchos aspectos.
Es homófobo, lleva los pantalones sin ropa interior y siempre se le ve la raja del culo, come cogiendo el tenedor con el puño, como si estuviera preparado para luchar, se hurga la nariz y hace albondiguillas, escupe en el suelo constantemente y fuma un cigarrillo tras otro sin parar.
Pero me hace reír, siempre está dispuesto a enseñarme lo que no sé y en todo momento vigila la operación para asegurarse de que las cosas vayan bien.
«Escribe bien este Salmonberg», la interrumpe su abuelo. Ella sonríe orgullosa porque sabe que si pudiera leer el original lo disfrutaría mucho más. Toma una nota mental de comprarle algún cursillo oral de inglés para que pueda aprenderlo escuchando. Continúa con la carta:
Estoy aquí, sentado en el barco después de un largo día al sol. Mañana tendré que ponerme crema o me saldrán ampollas en la cara; estoy moreno y tengo los rizos completamente dorados; estoy seguro de que te encantaría.
La simplicidad de estar en un barco es bonita: solo tengo que preocuparme de las cosas que tengo justo delante de mí.
Manny se pasa el día presumiendo: de lo bueno que es en el billar, en la pesca, de lo grande que es su pene, de que puede conseguir un bocadillo gratis en la tienda porque su primo trabaja allí.
Se detiene para verle la cara de travieso a su abuelo mientras escucha estas palabras descaradas.
Hace dos días jugamos al billar y Manny nos destrozó. Hoy hemos ido a la tienda y ha conseguido el bocadillo gratis. Aún no le he visto el pene, pero, por su historial, debe de tenerlo grande. Es un hombre hilarante.
(También quiero follar contigo. Ahora mismo. La cama es diminuta, pero valdría la pena. Haríamos que el barco se moviera mucho).
Es curioso: tú te despiertas. Yo me voy a dormir. El sol sale en Barcelona y todavía está aquí; el sol nunca duerme en el reino de los salmones y los hombres duros.
Acabamos de llegar a tierra. Llevo despierto desde las cuatro de la madrugada.
Tenemos que descargar el pescado y después tendré tiempo libre, así que creo que dormiré.
Tengo muchas cosas que contarte: hace una semana nadé en pelota picada en el agua helada y luego disparé un arma por primera vez.
He visto ballenas azules, orcas y una nutria de mar con una cría pegada a la barriga nadando de espaldas para mantenerla fuera del agua.
Y montañas por todas partes. Y aire fresco —bueno, ahora no, porque hemos atracado justo detrás de una planta de procesamiento de pescado y huele a tripas de salmón en descomposición.
Quiero que estés en mi bolsillo. O quiero estar yo dentro del tuyo.