ELLA / tripas
Jarras
(Nueva York, veinticuatro)
Los jueves por la tarde hay barra libre, que significa que dejan jarras de cerveza en las mesas del comedor de la segunda planta.
También ponen en marcha el carro de palomitas.
Hay un camarero disponible de las seis a las nueve por si alguien quiere beber algo que no sea la cerveza caliente y desbravada de las jarras.
Se sientan a una mesa sus compañeras americanas, Thiago y ella.
Hoy ha sido un día intenso, de muchas teleconferencias, hablando por el teléfono en forma de estrella que colocan en medio de la mesa.
Están destrozados, con los ojos resecos, y beben la cerveza como si fuera agua, engañados por su tibieza.
Los cuatro tienen que trabajar codo con codo para mantener el mismo tono en la campaña con el público estadounidense, brasileño e hispanoamericano.
Pero, como ya estableció la directora hace tres días, ella y Thiago deben trabajar especialmente juntos.
Sus públicos de talante cálido tienen más en común.
Y ellos también. La complicidad del primer día ha ido al alza.
Cada día le parece más atractivo. A él le gusta ella, y no lo oculta.
Le ríe todas las gracias con esa voz tan ahogada, y a ella le gusta sentirse halagada.
Como habla portuñol, pueden bromear y señalar las excentricidades yanquis del día a día.
Esta mañana ha recibido un regalo de uno de los proveedores: una caja gigante de galletas, con una notita que decía, en inglés, «para que nos recuerdes siempre con dulzura».
Los proveedores, concretamente la proveedora, es la secretaria del estudio de grabación en el que ayer grabaron la cuña para la campaña.
Para amenizar las cuatro horas que estuvieron repitiendo la misma cantinela hasta que el cliente se quedó satisfecho, ella se comía las galletas que habían dejado en la mesa del centro.
Como había muchas, se comió muchas. Cuando se marchaban le dijo a la secretaria que eran muy buenas.
Roger that , [62] una de galletas para la agencia.
Y ella que no sabía dónde meterse cuando se la ha llevado el mensajero delante de todos.
Thiago la ha mirado con esa sonrisa matadora de complicidad.
Ahora acompañan la cerveza con galletas y palomitas.
Entre los cuatro han ido alborotándose, son las nueve y el camarero les dice que tiene que cerrar la sala.
Les apetece seguir con la charla y quedan en que recogen las cosas y se encuentran en la puerta de entrada en diez minutos.
En esta zona de la ciudad no hay mucho ocio nocturno, pero saben que coger el metro rompería el hechizo que está llevándolos a salir de fiesta un jueves cualquiera sabiendo que al día siguiente presentan campaña en la dirección global.
Polo ha quedado con unos amigos para ir a un concierto en Williamsburg, y ahora ella se siente orgullosa de que le haya salido un plan improvisado e independiente.
Caminan un poco y ven el cartel del Uncle Charlie’s Piano Lounge , un bar con música en vivo.
Las compañeras americanas todavía no son una Fran o una Nora, pero llevan unos años viviendo en la ciudad.
No deberían emocionarse cuando el pianista canta «Start spreading the news…
», [63] pero ven a Thiago emocionadísimo de estar escuchando la canción (¡en la misma ciudad!) y se contagian, como todo el mundo se contagia de la emoción de un niño que descubre las cosas por primera vez.
Ella también está transportada, por la cerveza, por la emoción grupal y por las miradas de Thiago, que le hacen perder un poco el norte.
Va a la barra a pedir una cerveza fría y, mientras espera que se la sirvan, Thiago se acerca y se planta a su lado, muy cerca.
Ella lo mira y sonríe con ojos de quiero y no puedo y sueño.
Antes de que vuelva a bajar la mirada, nota los labios de Thiago acercándose a los suyos y atrapándolos en un beso exquisito: fuerte, húmedo y directo, el mejor beso que le han dado hasta ahora.
Pasa todo tan rápido como el tren exprés en las paradas en las que solo para el tren local.
No lo ha visto nadie, ni el camarero que está justo delante del tirador.
Se queda desconcertada y sorprendida, pero inmediatamente con ganas de muchos más.
Da unos tragos de cerveza y se aleja hacia el lavabo porque siente el estómago revuelto.
Deja atrás el «me gustas mucha» [64] que en ese momento sale de la boca de Thiago.
Batidora
(Barcelona, veintidós)
«Hoy tienes carita de cansada», le escribe Martí.
«Estás diciéndome que tengo mala cara», le contesta ella sonriendo al ordenador.
«Te he visto antes al pasar y tenías ojitos de sueño».
Tenías ojitos de sueño: comentario sin misterio, que en realidad no dice mucho-poco-nada, pero ella lo recibe como una declaración de amor eterno.
Se han visto bastante en el último mes y medio, desde la madrugada que acabaron rebozados en la playa.
Se envían mensajes cuando coinciden en la agencia porque él va a una reunión.
O también cuando no coinciden, pero algún espía le canta a Martí cómo va vestida ella.
«Me han dicho que hoy vas muy guapa». Un gorrión pletórico.
De vez en cuando él le deja regalitos entre el tablero de la mesa y la cajonera: unas golosinas, unos lápices negros de promoción, alguna bolsa o una libreta.
Mierdecillas que a él no le cuestan absolutamente nada y que para ella son anillos de compromiso.
Lo hace a menudo, pero no tan a menudo para que sea necesario tocar la parte superior de la cajonera cada vez que se sienta.
Cuando encuentra un regalito tiene que esconderlo deprisa para que el «supervisor» no lo vea. Seguro que se burlaría.
Cuando quedan, se encuentran en casa de él y repiten más o menos el mismo ritual.
Follan, se quedan un rato tumbados mientras él la acaricia, se medio visten con los calzoncillos negros y las bragas sin costuras, y, mientras él se lía un piti, ella elige una serie.
Casi siempre acaban pidiendo algo para comer.
Hoy, cuando ella llega, antes de empezar el ritual, se atreve a proponer una actividad más atrevida, más de pareja quizá, una actividad hogareña.
Le apetece que hagan una tarta de queso juntos.
Él acepta porque le gusta ver al gorrión vivaracho.
Va él solo a comprar los ingredientes para seguir manteniendo la relación discreta.
Como Martí no tiene batidora, se turnan para revolver el queso para que quede líquido con la crema de leche.
Tampoco tiene mortero, así que meten las galletas en una bolsa de plástico y las desmenuzan a golpes de cuchara de madera.
Con los golpes aparece su compañero de piso y único testigo del idilio y les pregunta: «¿Qué cocináis, pareja?
». Ella lo convierte en el padrino de la boda.
Cuando por fin meten la tarta en el horno, tienen veinte minutos por delante y las manos muy sucias de mantequilla y galleta y queso y mermelada.
Ahora es Martí el que le propone: «¿Quieres que nos duchemos juntos?
». Sí, hasta que la muerte nos separe. Puede que para él no sea la primera vez en la ducha, pero para ella sí.
La ducha no es muy espaciosa, y solo desnudándose ya se embalan.
Están tan encendidos que ni siquiera abren el agua.
Luego se duchan por separado, porque ella quiere lavarse y aclararse bien el pelo.
La tarta de queso se ha hinchado y deshinchado, es una masa amarillenta a medio cocer con la galleta quemada.
Se la comen riéndose, todavía acaramelados.
Ella se queda a dormir y se despierta con él mirándola.
«Me gustas, gorrión». ¿Quieres que sea la madre de tus hijos?
«Como falta poco para que te vayas a Filadelfia, mejor que nos veamos menos porque si no será muy duro».
¿Qué? Pero ¡si queda un mes y medio! ¡Un mes y medio da para mucho!
¡Un mes y medio más el mes y medio que ya llevan son nada menos que tres meses!
¿No quiere que sea la madre de sus hijos?
Se le hace un nudo en el estómago y lo mira confundida, pero saca fuerzas de flaqueza.
«Claro, claro, mejor». Ella lleva dos años en la veintena y él ya ha pasado de la mitad.
Si la dibuja con alas, sería muy penoso no alzar el vuelo.
Escondite
(Nueva York, veinticinco)
Lo sabe desde hace medio año. Se desespera cuando lee las cartas de los restaurantes y hace esfuerzos gigantescos por esconder los ojos llenos de lágrimas cuando recibe un comentario poco sensible de alguien que le dice: «Mira, la ensalada verde sí puedes comerla».
Que se la coma tu madre, hijo de puta, querría contestarle, pero tiene la garganta cerrada de la pena que se da.
Menos mal que toda esta fase de iniciación la vive fuera de casa, porque no podría aguantar oír a los que la conocen diciéndole: «Pero si te encantan los cruasanes, las cañas de chocolate, los pasteles, el pan, las magdalenas de piñones, las pizzas, las gominolas, la pasta y los Phosquitos y los Bollycaos y los Miel-Pops y las Príncipe y los Ferrero y los Kit-Kat y los Kinder Buenos y las Pringles y los Doritos», y la madre que os matriculó.
Tiene que aceptar que no volverá a ser la de antes.
La ayuda centrarse en las partes positivas, como no tener la barriga hinchada las veinticuatro horas del día o no irse por la pata abajo de repente volviendo de un show de improvisación.
Desde el apartamento de Clinton son exactamente cinco minutos andando hasta UCB East, en la calle Tres, entre la avenida A y la B .
Pues últimamente esos cinco minutos los había tenido que recortar a un minuto y medio corriendo como podía con el culo apretado y Laurie o Hazel meándose de risa detrás.