¡De cabeza! ELLA / casco #2
25%

ELLA / casco #2

Entran y la sala ya está muy animada; es imposible no ponerse a bailar.

Él la busca, pero ella prefiere quedarse bailando en grupo.

No sabe si tiene pareja, pero no pondría la mano en el fuego a que no la tiene y la incertidumbre la frena.

Apenas lo mira porque el cabrón baila demasiado bien y lo sabe.

Pero entonces suena «Jailhouse Rock» y él se entrega completamente al ritmo y se mueve tan bien como un Travolta.

Un McDreamy que se mueve como un Travolta bailando una de Elvis que sale en Casper .

Iros a cagar. A la cuarta vez que le ofrece la mano para que baile con él, ella se la coge, deja que le dé una vuelta y ya está mareada.

Se ríe con los saltitos que le obliga a dar y se le cae la baba con los movimientos de caderas, más liberados de lo que la tienen acostumbrada sus conciudadanos.

Hace rato que bailan solos un poco apartados de los demás y no ha notado ninguna mirada de desaprobación, lo que puede querer decir que ya están acostumbrados a que él sea un mujeriego o que simplemente no tiene pareja.

Entre vuelta y golpe de cadera se hace tarde y el grupo quiere irse.

Suben muy animados hacia el hotel donde han celebrado la ceremonia y McDreamy le pregunta cómo va a volver a casa.

La otra becaria lo oye y le contesta: «By bike, she doesn’t know yet but she’s giving me a ride» .

[51] «No sabía que tenías moto, me habría encantado que me llevaras a pasear», le dice.

Ella lanza una mirada a la otra becaria como diciéndole: «Tía, ningún problema en llevarte a casa cualquier otro día, pero hoy quería quedarme».

Le dice a él que, si quiere, le da una vuelta corta mientras los demás se despiden y luego llevará a la otra becaria a su casa.

Suben a la moto y McDreamy canta y dice que le gusta mucho que le dé el viento en la cara.

Le ha dejado el casco de repuesto, que es un tres cuartos muy pequeño.

Da un par de vueltas a la rambla del Raval y vuelve hacia el hotel.

Aparca en una calle porque el camión de la limpieza está bloqueando el paso.

Caminan por la acera mojada y él le dice que se lo ha pasado muy bien y que qué lástima que se termine la noche.

Ella piensa en la caradura de la otra becaria, que es la que ha decidido que se terminara la noche.

Abraza a los otros tres y le da un abrazo un poco más largo a él, que la estrecha con fuerza.

Los ven desaparecer detrás de las puertas giratorias y se marcha con la otra becaria hacia la moto.

Mientras caminan, ella le hace algún reproche y la otra becaria le dice: «Ostras, perdona, creía que no te interesaba, si quieres volvemos».

No tienen el teléfono de McDreamy y no tiene ningún sentido volver, así que siguen caminando.

Cuando están a punto de llegar a la moto, la otra becaria la ve mustia y le dice: «Venga, volvamos, que puede que todavía los encontremos en la recepción».

La otra becaria lo ve primero, en la calle, justo delante del hotel, mirando en la dirección por la que se han ido ellas.

Van a su encuentro y él dice que ha salido porque ha perdido la llave de la habitación.

No se lo cree ni él, pero la otra becaria le dice que ha tenido suerte porque ella cogerá el autobús y así él podrá dar la vuelta más larga que había pedido.

Esta vez la mirada que ella le lanza es de «gracias, yo no me habría atrevido a decirlo». Sororidad.

Suben de nuevo a la moto y se lo lleva al Tibidabo por la Arrabassada.

En las curvas él se agarra más fuerte y ella tiene que ir con cuidado porque es mal paquete y hace que se descompense.

Pero le encanta llevarlo y presumir de ciudad.

Una vez arriba, la miran embriagados. Él con ojos de primera vez y ella con ojos de nos conocemos desde hace tiempo, pero eres muy bonita.

Están a poca distancia y se nota que él quiere decir o hacer algo, pero se queda quieto.

Ella quiere mirarlo, pero no puede. «I’m having a hard time, this is too hard», [52] le dice él.

«Let’s go, it’s starting to rain», [53] le contesta ella.

Vuelven a la moto y ella se pone el casco y le da a él el suyo.

Él no se lo pone. La mira y le dice «take off your helmet, please».

[54] Ella le devuelve la mirada y entiende lo que le está diciendo.

No puede reprimirse. Se lo quita procurando que no le caiga el pelo en la cara.

Mientras cuelga el casco en el manillar, McDreamy le coge la otra mano y se la coloca en el pecho para que sienta el latido, que está descontrolado.

Ella sonríe y, antes de que haya podido decir nada, él le da un beso con unos labios que queman.

La deja sin aliento y, con la vergüenza y la culpa, ella vuelve a ponerse el casco diciéndole que venga, tienen que marcharse, que es tarde y va a llover.

Él la mira mientras desabrocha la correa de su casco y duda antes de ponérselo.

La agarra por la cintura y le dice «take it off again».

[55] Ella se lo quita más conscientemente que antes y él la coge por el cuello y se quedan media hora besándose.

No hacen nada más, pero los suspiros delatan que los dos piensan en todo lo que harían.

De bajada, las curvas son más lentas y sueltas.

Ninguno de los dos quiere llegar, pero ella conduce y sigue bajando.

No dicen nada, él aprieta con fuerza las rodillas contra los muslos de ella.

En un semáforo, casi por inercia, ella apoya la mano en la pierna de él.

Se pone verde y ya no vuelve a tocarlo. Aparca la moto delante de la puerta del hotel y se quita el casco para abrazarlo.

Él cuela un beso pequeño y huidizo en el abrazo y sube la escalera.

Ella se pone el casco y arranca. Cuando está a punto de girar, al final de la calle, ve por el retrovisor que él está parado mirándola.

Sabe que si da media vuelta pasarán la noche juntos.

Se muere de ganas. Pero sigue conduciendo y deja que la brisa de la noche se lleve las mariposas.

Gotas

(Barcelona, veintidós)

No puede resistirse y escribe a Grau para verse.

Faltan dos días para que vuelva a marcharse a Filadelfia.

Cree que quizá él se haga el loco y ni le conteste, pero no, le contesta enseguida y le dice que perfecto quedar para cenar.

Cuando ella llega, él ya está sentado a la mesa con una cerveza.

Se acerca para abrazarlo, pero antes de levantar los brazos ve que él le acerca la cara para que se den dos besos. Así que está todo claro.

Hablan de cómo han ido las comidas de Navidad con sus respectivas familias como quien habla del tiempo, y ella no le cuenta que ha comprobado reiteradamente que el móvil tuviera cobertura para poder recibir los mensajes de él, que no ha enviado.

Tampoco le cuenta que Martí ha vuelto a asomar la cabeza ni que está cuadrando otro squash con el «supervisor».

Él le dice que le sabe mal, pero que estos meses que ella ha estado fuera han ido tomando forma otras historias, y, como de hecho ella ya vuelve a marcharse, tampoco ve claro que lo suyo pueda ir a ninguna parte y prefiere dejarlo aquí.

Pide perdón con la mirada; ella lo escucha desanimada.

«Dejar» podría ser palabras mayores para algo que ni siquiera ha empezado, pero ella le agradece en silencio que como mínimo sea considerado con el imaginario que sí han creado.

Empieza a llover fuerte, a diluviar. Miran hacia fuera y él le dice que la lleva a casa, que no quiere que vaya en moto lloviendo tanto.

«No, hombre, no, no pasa nada». Ni en broma dejará que la vea llorar.

Él insiste y espera paciente y culpable mientras ella se pone todas las capas para la lluvia.

No es la ropa que habría elegido para marcharse con dignidad, pero ya la tiene por los suelos; llueve sobre mojado.

Se enfunda el pantalón de talla gigante que su padre dejó con la etiqueta puesta porque le iban grandes, su padre de metro noventa.

Añade por encima la capelina amarilla de Eurodisney de los noventa.

Le dice adiós, se pone el casco empapado y se une al chorreo.

Lágrimas de tú te lo pierdes, pero por ahora pierdo yo.

Como diría el padre de Lola, otro para el catálogo.

Hielo

(Filadelfia, veintitrés)

Han quedado a las ocho menos cuarto y ya está vestida, pero ahora busca el cupón del restaurante mexicano al que Polo le ha dicho que quiere llevarla.

De hecho, si no lo encuentra, no pasa nada, porque han quedado en que pagará él a cambio del servicio de peluquería de anteayer.

Se ha puesto mallas debajo de los vaqueros porque en el poco rato que ha estado en la habitación se ha quedado congelada.

Sus siete compañeros tienen biorritmos diferentes.