¡De cabeza! ELLA / casco
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ELLA / casco

Cobra

(Barcelona, veintidós)

La sangría es de un tono rosa aguado y ya ha visto a dos chicos que en lugar de coger el cucharón se servían directamente metiendo el vaso.

Coge una lata de Coca-Cola para ella y una cerveza para Jana.

No le quedan manos para coger el plato con patatas fritas y almendras que se ha preparado y el anfitrión la ve y la ayuda.

Se llama Bruno y es italiano-catalán. Las ha invitado él.

Bueno, la ha invitado a ella, y Jana se ha apuntado por pasar el rato.

No tiene claro si le parece atractivo o no.

Le gusta su acento, pero quizá es un poco plasta.

Se conocieron en la bacanal de Navidad de la agencia hace un mes.

Los presentaron porque los dos son becarios: él de producción y ella de cuentas.

Intercambiaron unas palabras mientras ella se comía medio canelón de foie para no darle más trabajo al maillot compresor del «Single Ladies».

Después de las actuaciones eclécticas, Bruno había ido a buscarla para bailar un rato, pero ella ya tenía la cabeza y el corazón en la discoteca hacia la que había ido el «supervisor».

Quiso librarse de él para no darle la oportunidad de que fuera con ella.

Por poco no lo consigue, pero de repente vio el escroto de uno de los jefes de la productora, mal sentado en un taburete de la barra, disfrazado con un vestido de lentejuelas que le había quedado como camiseta y bebiendo el vino que le escanciaba el camarero directamente en un zapato de tacón.

Lo señaló y, cuando Bruno se volvió, bailó a toda prisa hacia la salida.

Van los dos juntos hacia Jana, que ya se ha puesto a hablar con una chica que estaba sola mirando la librería.

Es un mueble grande que aprovecha la altura de la finca regia del Eixample.

Tiene una buena selección. Era de esperar, porque, durante el poco rato que charlaron en la cena, Bruno la había taladrado con recomendaciones no solicitadas.

Por eso no termina de saber si podría llegar a gustarle o si le parece un pesado.

Bruno se va a recibir a alguien y ellas se quedan comentando lecturas.

Una hora después, la fiesta no da mucho más de sí y Jana le dice que, si no le sabe mal, se irá a casa.

«Sí, sí, yo también». Van a buscar a Bruno para despedirse y él las entretiene un rato más.

Ahora es la chica que estaba sola en la librería la que se marcha y Jana la llama y le pregunta si va a su casa.

En la conversación anterior han descubierto que viven muy cerca y Jana sugiere que cojan un taxi juntas.

Ella aprovecha para ir también hacia la puerta con ellas y Bruno coge la chaqueta y le dice «espera, que te acompaño a la moto».

«¡N-O H-A-C-E F-A-L-T-A!». No quiere que la obligue a decidir hoy si le gusta o no, prefiere rumiarlo un poco.

Pero no puede hacer nada, ya están los tres bajando la escalera delante de ella.

Ya podría haber aparcado más cerca. Cuando ha llegado se ha hecho un lío con las direcciones de las calles y, para no hacer esperar a Jana, ha aparcado lejos y ha recortado los minutos andando deprisa.

Se acercan a la moto y ella dice «es esta».

«¡Qué bonita!». Veredicto clarísimo: p-e-s-a-d-o.

Si no sabe de motos, no hace falta comentar nada.

Se apresura a coger las llaves. Mientras abre el candado y saca el casco, le dice: «Buenas noches, Bruno, gracias por invitarme, hemos estado muy a gusto».

Y, sin dejar ni medio segundo de margen, se pone el casco.

Bruno no se lo espera y ve que tiene que darse prisa para decir todo lo que pensaba ir soltando con cuentagotas en una charla de dos horas.

«Gracias a ti, me ha gustado mucho que vinierais, te queda muy bien esta gabardina, Jana es muy simpática».

P-l-a-s-t-a. Sigue: «Me habría gustado pasar más rato hablando contigo, no he podido mostrarte los libros de la habitación».

Sí, venga, flipado. Lo mira, dulce y sonriente, protegida dentro del casco integral.

Bruno hace una pausa, la mira intensamente y hace el gesto de acercarse.

Hasta ahora estaba apoyado en la moto de al lado.

Ella abre los ojos como platos sin poder creerse que Bruno esté a punto de intentar darle un beso con el casco puesto (!).

Mierda, tendría que haber bajado la visera.

Él, con los ojos cerrados y los labios de pececillo, está ya muy cerca.

¡Se hará daño, animal! ¿No ve que el casco solo deja al descubierto los ojos y la nariz?

Antes de que Bruno llegue a morrearse con el casco, o, peor, ¡con su nariz!

, ella se mueve rápida y bruscamente hacia la izquierda y sube a la moto como un jinete olímpico.

Mete las llaves en el contacto, arranca y entonces se digna a mirarlo, él todavía como un pasmarote, y le dice: «¡Me voy ya, que estoy cogiendo frío! ».

Curvas

(Barcelona, veintiuno)

No ve el color de sus ojos, pero tiene el mismo pelo y la misma nariz que Patrick Dempsey.

«El del pantalón verde es mío», le dice la otra becaria.

Salvada, el ya bautizado McDreamy lleva vaqueros.

Intuye que tienen gustos diferentes, pero nunca se sabe.

Le gusta la loca idea de que esta noche ligarán.

Se han encargado de la organización del certamen y acaban de ver a los participantes en persona por primera vez.

Hasta ahora todo había sido correspondencia con los profesores, el jurado y el cliente.

Puede que este fin de fiesta compense el montón de trabajo.

Después de las presentaciones acompañan a la comitiva a la comida y tienen una hora y media hasta que vuelvan a encontrarse en el vestíbulo.

Ella lleva la ropa para la ceremonia en la mochila, pero, después de haber visto a McDreamy (!), decide ir como una flecha a casa para elegir algo que explote más el moreno veraniego que todavía aguanta.

Se pone elegante y planchada: pantalón de pinzas negro con piquitos blancos y una camisa blanca con cuello marinero.

Le entra hambre, se come unos macarrones con tomate, sin mancharse, y vuelve al centro.

De camino recibe un mensaje de su «supervisor», que le dice que se apañen solas, que él no llegará a tiempo.

Le habría gustado que la viera con esta ropa, pero mejor que no vaya porque la pone demasiado nerviosa.

Hace dos semanas, durante la reunión de traspaso del proyecto, no había podido dejar de sonreír como una pava y él debió de pensar que de pequeña la columpiaban contra una pared y a fuerza de golpes acabó tonta.

Le coló un gol monumental cuando le dijo que al jurado había que tratarlo con mucha reverencia.

Gana el equipo de McDreamy y el del pantalón verde.

La aproximación resulta muy natural, porque ¿quién no se acerca a felicitar a los ganadores?

; sería de mala educación. La otra becaria abre el camino con tanta pachorra que no parece la primera vez que lo hace.

Ella encantada de ir a rueda. Charla el otro, pero McDreamy la mira a ella.

Intenta lanzar alguna caída de ojos, pero no está segura de si lo consigue.

Creía que la cena sería más formal, pero el ambiente es distendido y da a los concursantes la oportunidad de hablar con el jurado, al que hasta ahora habían tenido que evitar.

Uno de los miembros del jurado es un economista estadounidense de renombre que viaja con su mujer.

Parece que ella también es economista, porque lleva los euros que han cambiado en una Ziploc y los administra como si estuviera repartiendo pipas a las palomas.

Esta mañana los ha visto hablando antes de que él cogiera el taxi.

La mujer le ha dado un billete de diez euros porque estaba convencida de que sería suficiente, y no le ha dado ni un céntimo más.

Ella le ha dicho a la otra becaria que estuviera atenta por si tenían que pagar la diferencia.

No ha sido necesario porque el taxímetro marcaba nueve con noventa y tres.

Poco a poco van formándose los grupos por la selección natural de lo que aguantan las piernas.

El jurado se sienta con los profesores, y los veinte concursantes vuelven a hacer piña entre ellos.

El del pantalón verde las ve llenándose los platos de canapés y las invita a sentarse a su mesa.

McDreamy mueve la silla para que se siente a su lado y ella lo hace emocionada.

Ahora que lo tiene cerca, ve que también tiene los ojos grises con caída triste, como el Derek original.

Se muere de ganas de decirle que es su doppelgänger , [49] pero no es tan tonta como para hacerlo; la sexy indifference [50] que está intentando emanar se esfumaría enseguida si lo comparara con el hombre más seductor de la televisión.

Tiene que conseguir hacerle una foto en algún momento.

De la cena migran a la terraza del Sidecar y después cruzan hasta el Jamboree y se quedan un rato en la puerta debatiendo si entran o no.

En el último traslado se ha descolgado la mayoría del rebaño y solo quedan ellas y el equipo ganador: el del pantalón verde, McDreamy y los otros dos integrantes.

Hablan de lo que harán con el premio cuando vuelvan a San Francisco, y uno dice que tienen suerte porque sus parejas se llevan bien y así pueden hacer planes que combinan el trabajo del máster y el ocio.

No especifican de qué parejas habla, pero ella siente la mirada de reojo y de peligro de McDreamy, que da un trago de cerveza y no dice nada.