¡De cabeza! ELLA / agua #3
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ELLA / agua #3

Suben al coche y van hacia una zona residencial de Vero Beach South, donde hasta hace unas semanas vivía la abuela de Wes.

Han querido hacer la última celebración familiar antes de venderla y su madre cocina para pasar el duelo.

Duermen los cuatro niños juntos: Wes, el hermano de Wes, Banjo y ella.

No roncan, pero qué peste a humanidad esas tres bestias juntas.

Banjo no puede controlarse los pedos porque es un perro, pero los hermanos pelados no hacen demasiados esfuerzos para aguantárselos.

El hermano de Wes también es guapo, alto y fuerte, pero cada vez que lo ve vuelve a sorprenderle que no se parezcan en nada.

Wes tiene el pelo oscuro ondulado y los ojos de color verde miel, y su hermano es rubio con los ojos azules.

Uno es un payaso que no calla y el otro siempre le ha parecido más bien tímido.

Se llevan bien porque viven en estados diferentes y, cuando se reencuentran, pueden volver a tener nueve años y vapulearse y empujarse y tirarse al suelo y tener contacto violento y cariñoso con otro macho, tan necesario y poco frecuente.

Wes y ella se quedan solo dos días en Vero Beach combinando sesiones de bronceado en la playa con sesiones de lectura de los ejemplares de The New Yorker que coleccionaba su abuela.

El resto del puente lo pasan en el coche porque el plan era bajar en avión y que el Prius que Wes ha heredado de su abuela los lleve de vuelta a la costa este.

A los dos les apetece porque nunca han estado tantas horas juntos en coche.

Se conocen desde hace tres años, cuando ella vivía en la Cuarenta y dos con Baltimore y él en Baltimore con la Cuarenta y uno.

Los presentó el mismo compañero de clase que la había llevado a comer curri a casa de Polo, unos días después de que hubieran empezado a enrollarse.

Wes era el capitán del equipo de fútbol de la universidad y, cuando se enteró de que ella era catalana, se interesó enseguida, deslumbrado por el hecho de que viviera en «Barça».

La primera vez que se lo oyó decir le pitaron los oídos, pero no quiso corregirlo y tuvo que comérselo con patatas seis meses, hasta que fue a visitarla a la ciudad condal y tuvo que enseñarle que ni «barca» ni «barsa» ni «barzelona»; B-a-r-c-e-l-o-n-a, en catalán con s sibilante, por favor.

Se atrajeron desde el principio, pero sin hablarlo quedó pactado que serían amigos.

Cuando ella se mudó a Nueva York, Wes se daba cuenta de que se sentía sola y la invitó a pasar un fin de semana con él y su familia en la Pennsylvania rural.

Su madre, veterinaria, la adoptó como si fuera otro perro rescatado y decidió incluirla en todos los viajes familiares.

La primera parte de la vuelta es la fácil, conducen cinco horas y media hasta Savannah y paran a comer.

Están listos para seguir cuando ella recibe un mensaje de Polo que le dice que está a punto de llegar a Savannah.

Cuando ella le dijo que subirían con el nuevo coche de Wes desde Florida, Polo se apuntó con unos amigos artistas que bajaban en furgoneta al Art Basel para ver si coincidían a medio camino.

A ella no le hizo mucha gracia porque eran sus días con Wes.

Le había dicho a Polo que, si coincidían, bien, pero que ella no adaptaría su hoja de ruta.

Polo ha adaptado completamente la suya y ha conseguido llegar a Savannah con tiempo para encontrarse y plantarle un beso.

Ella se siente incómoda como el perro al que lo llevan con correa al bosque, y Wes se siente incómodo como el niño de la clase al que le dicen que le gusta la profesora.

Está claro que le gusta, pero es la profesora.

Tienen dos horas de coche hasta Charleston y el encuentro con Polo les ha cortado el rollo.

En el hotel les preguntan si quieren cama doble o individual, y una pregunta que habrían contestado sin problemas hace tres horas ahora la contestan rígidos.

Después de cenar se encuentran por la calle con una cola de gente que espera para entrar a un concierto de música country y se apuntan.

La música se encarga de sacarles de encima las gilipolleces y disfrutan haciendo el tonto y bailando juntos.

La última cerveza se la beben dentro de una bolsa de papel volviendo del brazo al hotel.

En la habitación, Wes le ofrece un porro sabiendo que ella no solo le dirá que no, sino que también le dirá que no se lo fume él.

Ella le pide que no tarde en irse a dormir, que mañana tienen once horas de trayecto por delante.

Cuando suena el despertador, a las cinco y media, ella se muere de sueño, pero sabe que tienen que darse prisa y espera que la ducha surta efecto.

El bello durmiente no se inmuta con la alarma ni con la luz que ha encendido ella para espabilarlo ni tampoco con el ruido del secador.

Lo salpica con el agua de la cantimplora, pero queda poca y no sirve de nada.

Piensa en vaciarle un cubo en la cabeza, pero quizá sería pasarse.

Después de muchos intentos de zarandeo frustrados, le pone música a todo trapo con los auriculares directos en las orejas.

Él la empuja suavemente para apartarla. «I’ll be ready in a sec» .

[47] Ella le dice que se duche, pero Wes le contesta que no es necesario, que ya la ha hecho esperar bastante, que si pillan tráfico no llegarán hasta la madrugada.

Se sube la capucha del jersey y le dice que ya está listo. Tiene los ojos rojos y agotados.

La primera hora en el coche ella habla sin parar para mantenerlo despierto, pero está luchando contra un tsunami de sueño; los párpados de Wes son persianas estropeadas.

Paran para ponerle gasolina al Prius y para que él pueda tomarse un buen café.

Vuelven a subir al coche y, veinte minutos después, Wes le dice que no puede, que tiene que tumbarse un rato y dormir.

Quiere matarlo. Aunque se hubiera llevado el carnet internacional, no se sentiría cómoda conduciendo por tierras desconocidas con un copiloto dormido.

No le queda más remedio que esperar comiendo cacahuetes y mirando los coches que pasan.

Cuando una hora después lo despierta, él se disculpa porque de verdad le sabe mal, pero no consigue activarse.

Conduce cuatro horas más y paran a comer algo y a estirar las piernas.

Ella todavía quiere matarlo, pero sabe que Wes está haciendo un esfuerzo descomunal.

Escuchan Serial de un tirón a 1.5x y él le cuenta sus ideas para un libro de relatos breves relacionados con el fútbol.

Ella le dice que sería el primer escritor con el culo exageradamente fibrado.

Consiguen hacer muchos kilómetros, pero, a la altura de Richmond, se quedan parados y el navegador les confirma que no llegarán hasta la madrugada.

Wes se tira un pedo silencioso monumental y se ríen por no llorar.

Ella baja la ventanilla para que se ventile y se queda mirando las ruedas del camión de al lado, qué trabajo más duro el de los guardabarros.