¡De cabeza! ELLA / agua #2
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ELLA / agua #2

Se levanta con la alarma de sirenas, la única que puede arrancarla como una cebolla del sueño profundo de las seis de la mañana.

Se pone el bañador debajo de la ropa para ahorrar tiempo y va despertándose con el olor del cloro.

Tiene el lavabo para ella sola y se pone crema hidratante mientras se inspecciona; tiene mejor cara.

Mea mirando los dos memes que tienen impresos y pegados con cinta adhesiva en la pared de baldosas blancas y negras, delante del váter: uno de un hombre gordo aplastando latas, que pone «My job is soda pressing» , [40] y otro que pone «Birdie, birdie in the sky.

Why’d you drop that in my eye. I won’t sigh, I won’t cry.

I’m only glad that cows don’t fly» . [41] Ya estaban ahí cuando ella se mudó.

Laurie, Hazel y ella quedaron en que irían cambiándolos cada mes para no aburrirse, pero no lo han hecho y le gusta que sea así; de alguna manera, pequeña y fútil, la arraigan en una ciudad en la que todo va demasiado deprisa.

Lo que sí han cambiado ya cuatro veces es la cortina de la ducha, que se llena de hongos en pocas semanas por el microclima que se genera en el lavabo sin ventana.

Encima de la nevera ve las dos cartas que abrió ayer: la carta semanal de Polo, que repite la experiencia en Alaska y se las envía para compensar que se ha marchado todo el verano, y la carta con el color azul detractor de Columbia Doctors: «Our records indicate that you have an outstanding balance as stated above.

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[42] Le tocará llamar cuando llegue a la agencia.

Se abriga con muchas capas porque su cuerpo anticipa el frío de las primeras brazadas.

Desde el piso del Lower East tarda diez minutos andando al YMCA .

Los camina deprisa para ganar algún minuto a los demás nadadores que estén yendo hacia allí.

Ella no es nadadora, es una intrusa temporal que nada para recuperarse de la espalda.

Tiene un tímpano perforado y para nadar tiene que ponerse un tapón de silicona, más el gorro de material resistente, más una cinta compresora para sellarlo bien.

En el vestuario hay dos mujeres mayores hablando y las mira disimuladamente; intenta descifrar si dicen que va a llover, si se burlan de ella o si están enfadadas porque el agua caliente de la ducha tarda mucho en salir.

Es un idioma tan diferente que no puede percibir ni el tono.

Cuando entra en el área de la piscina, lee el cartel que lee todos los días, pero no puede evitar hacerlo: «Do not spit in or around the pool area» .

[43] El mismo escalofrío de siempre cuando mete el pie y nota el fresquito.

Intenta no pensar en todas las personas que se han saltado la directriz y en todos los demás jugos que han podido escabullirse del cloro industrial.

Le gusta ir a primera hora porque cree que así habrá menos pelos y el agua será más pura, como si unos duendes la lavaran cada noche.

Los carriles están ordenados por velocidad y nivel de flotación: del desplazamiento casi perpendicular de los nadadores octogenarios que nadan de pie en el carril lento a la horizontalidad enfadada de los que se deslizan en el carril rápido, hombres con Speedos [44] embutidos que hacen deporte antes de calentar la silla en un banco o en un bufete de abogados.

Ella nada por el carril de en medio de espaldas, desplazándose en diagonal e ignorando al socorrista, que pita desesperado para que se mantenga en su carril.

Con las orejas bien selladas, de ida molesta a los caballitos de mar, y de vuelta recibe los coscorrones de los tiburones cronometrados.

Pasa allí al menos una hora y después se ducha y se seca el pelo lo más deprisa que puede.

Coge la F en la calle Allen, que siempre va llenísima.

El aire del vagón sopla vigorosamente y se deja la piel para encontrar sitio entre tantas cabezas y axilas juntas.

Desde el batacazo sabe que tiene un comodín para el horario de entrada.

Los días que en lugar de a nadar va a rehabilitación, le echa un poco de morro y llega aún más tarde.

No le gusta hacer sentadillas y planchas, pero le relaja que la fisioterapeuta le estire las piernas haciendo círculos hacia arriba y hacia abajo.

También le gustan los cinco minutos de masaje con los que termina la sesión.

Cinco minutos mirando al suelo por el agujero, recibiendo un masaje prudente, solo para activar la musculatura, que cubre desde las cervicales hasta la parte más alta del culo.

Durante la primera sesión, hace un par de semanas, dejó el suelo empapado de lágrimas.

Venía de tres meses de recuperación en casa y, al deshacer la maleta la noche anterior, había encontrado notas divertidas de Emma que la habían dejado blandita.

Poco a poco va disminuyendo el dolor de lumbalgia, o quizá es que ya está acostumbrándose.

Llega a la agencia y Flor le dice que ha reservado la sala pequeña porque cuando Gatsby vuelva de su reunión tienen que sentarse las tres a hablar.

Ella la mira inquieta porque no quiere oír lo que Flor va a decirles.

Mosquitos

(Whistler, veintiocho)

La subida tiene mucha pendiente y se ayudan con los bastones para no perder el equilibrio.

Polo va delante, lleva la tienda, los sacos, el hornillo y los sobres de comida.

Ella lleva capas de abrigo por si pasan frío cuando caiga el sol.

No es la primera vez que acampan, pero sí que la salida dura tantos días.

Se han encontrado para pasar dos semanas en la Columbia Británica antes de que Polo empiece el máster en Yale.

Es su segunda vez en Whistler, pero, para no boicotearse, intenta compararla poco con la visita anterior.

El tramo de hoy son veintidós kilómetros con mil quinientos metros de desnivel, y ella raciona el ritmo de esta primera subida.

El paisaje es absolutamente precioso. Cruzan un lago helado y nevado con pantalón corto, siguiendo con precisión las instrucciones de los excursionistas que vuelven.

A ella le preocupa dar un paso en falso, pero intenta no pensarlo y avanza repitiendo las pisadas de Polo, que camina ligero por encima del hielo blanco.

Se hacen una foto con el resplandor del paisaje y se les ve morenos y sonrientes.

Han sido unos días bonitos, han estado mejor que nunca.

Quizá porque Polo está mejor que nunca y comparte el mérito de haber llegado hasta aquí con ella.

El descenso final en Mamquam Lake es muy exigente.

Llegan agotados y torpes. Es un lago más pequeño que los demás, frondoso, profundo, y no se oye nada.

Empiezan a deshacer la mochila para montar el tenderete.

Polo clava las piquetas de la tienda mientras ella busca un árbol más allá para colgar la bolsa hermética con la comida.

Cuando vuelve a la tienda, Polo está peleándose con unos mosquitos que parece que hayan aparecido de la nada.

Ella se pone deprisa el pantalón largo y le lanza a Polo el suyo avisándolo de que, si se hace el valiente, acabará cubierto de picaduras.

Polo se pega tortas en los brazos y las piernas mientras sigue montando el campamento.

Va poniéndose nervioso y sus movimientos son cada vez más espasmódicos.

Viene otra nube de mosquitos y lo desbordan.

Lo han acribillado en tres segundos. Le pica todo.

Le pica m-u-c-h-o todo. Ofuscado, se quita la ropa para rascarse mejor y, una vez desnudo, se mete corriendo en la tienda y cierra la mosquitera como quien se encierra voluntariamente en el manicomio.

Ella es testigo de toda la evolución; bien rociada de repelente y cubierta de ropa.

Cuando lo ve acurrucado en la tienda, a pelo, todavía con ojos de loco, pero ya dándose cuenta de lo ridícula que es su situación, se mea de risa.

Él, siempre tan valiente, tan despreocupado que incluso enerva, y ahora aquí, en bolas, atrapado por una panda de mosquitos.

Ella se recrea y saca el móvil para inmortalizar el momento.

A la segunda foto, su actitud burlona activa la testosterona de Polo, que sale de la tienda alborotado y corre descalzo por las piedras hacia el agua helada.

Con el impulso entra hasta que el agua le llega a las pantorrillas y se toma unos segundos antes de sumergirse.

Ella lo mira divertida. Su Mowgli rubio, con el culo al aire, sobre el fondo azul, verde y blanco.

Guardabarros

(Vero Beach, veinticinco)

Wes la recoge en el aeropuerto con el Prius y le da un abrazo gigante que la levanta del suelo.

«What’s up, buzzy bee?» . [45] «Hey, big butt» .

[46] Ella le dice que lleva un pelo de perro, y él, con una gran sonrisa, le dice que va demasiado abrigada.

Ha ido a pasar el puente del día de Acción de Gracias a Florida con la familia de Wes y todavía lleva las capas de abrigo del noviembre neoyorquino.