ELLA / agua
Multa
(Barcelona, veintidós)
Están cansados, contentos y anestesiados por la música.
A ella se le cierran los ojos y le arden las mejillas de sonreír.
Tiene una colmena de abejas en cada oreja que zumban encabritadas por haberse acercado demasiado a los altavoces.
Van cogidos de la mano. Todo ha ido escalando muy deprisa, demasiado deprisa, y tiene el corazón y los nervios agotados.
Ha empezado con una pregunta de Martí al salir de la reunión: «¿Nos veremos luego?
». «Sí», le ha contestado ella, en shock, aunque disimulando bastante bien porque lo que realmente habría contestado es: «¡S-Í!
¿A qué hora irás? ¿ DÓNDE ESTARÁS ? ¿Con Q - U - I - É - N irás?
¿Crees que hará frío?». Él la mira tranquilo, ajeno al guirigay, y dice: «Pues hasta dentro de un rato».
Empieza la fiesta. Se pone un vestido, se lo quita y se pone otro.
Y otro. Y otro. Y ninguno termina de convencerla.
No soporta pasar frío, pero no quiere sudar ni ir cargada.
Si se pone un vestido ceñido, irá incómoda porque tendrá que ir ajustándoselo y no podrá desprender la imagen de chica despreocupada y bailonga.
Acaba decidiéndose por un vestido de playa a rayas con un cinturón trenzado que se ajusta bajo el pecho.
Es un vestido corto, cuando gira sobre sí misma tiene vuelo, pero no se le ven las bragas.
Por si acaso se pone las bragas bonitas que le redondean el culito.
No elige el único tanga que tiene porque es un tanga para finales asegurados, y hoy sería muy osado por su parte tener esa expectativa.
Lleva un año y medio soltera y ha estado satisfecha combinando crushes [39] con algún beso.
Va en moto porque no bebe, prefiere emborracharse de azúcar con alguna bebida gaseosa.
Pasa a recoger a Lola por los Jardinets y cuando llegan todavía hace calor.
Miran las pulseras, emocionadas: es el primer festival para las dos.
Ella ha conseguido el abono porque en la agencia llevan la campaña de uno de los patrocinadores.
Con las pupilas dilatadas, van absorbiendo a toda la gente y el ambiente.
Tienen que ir riéndose o fingiendo que se ríen, echando la cabeza hacia atrás, llevándose la mano a la boca o inclinándose hacia delante y cogiéndose del brazo para camuflarse entre los figurantes.
Le señala a Lola un grupito a lo lejos donde está el «supervisor» de la agencia.
Lola quiere acercarse para ver si de verdad está como un tren, pero ella no se atreve porque parecen muy colocados.
También porque cuando ayer el «supervisor» le dio el abono no mostró ninguna intención de incluirla en el grupo de los de la agencia.
No acaba de pillarlo, lo mantiene en el olimpo de los ojalá, pero no se atreve a presionar ni un poco porque no termina de ver si el interés es mutuo.
De Martí sí le ha parecido percibir un interés más profundo, desarmante.
Se conocen poco, no sabe ni cuál es su apellido porque todo el mundo lo llama Martí de patrocinios o directamente el de patrocinios.
Lo llaman cuando tienen proyectos grandes, no es de la plantilla.
Durante los últimos meses han coincidido en bastantes reuniones, pero en ningún caso tienen la confianza de quienes comparten cafetera y fregadero para lavar las tazas.
Quizá por eso es una locura pensar que esta noche puede pasar algo.
Pero nada, llevan seis conciertos buscando, ya es muy tarde y todavía no lo han visto.
Tendría que haberle pedido el teléfono al salir de la reunión.
Lola está contenta ayudándola a rastrear, pero empieza a bostezar.
Salen de los lavabos después de una cola eterna y, como una aparición, lo ve en la cola de la barra hablando con un chico y una chica que trabajan en el Departamento de Producción.
Tienen que ser rápidas. El plan para encontrárselo sin que se note que lo ha buscado es que Lola, que no los conoce, se ponga detrás de ellos en la cola.
Ella irá unos minutos después, como si se hubieran separado y ahora fuera a buscarla.
Es infalible, siempre y cuando la vean aproximarse a la cola.
Si llega donde están ellos sin que la hayan visto, tendrá que darle unos golpecitos en la espalda para decir «hola» y toda la escaleta de serendipidad no habrá servido de nada.
Lola se da prisa antes de que alguien se le interponga en la cola, y ella vuelve a los lavabos porque cree que la coartada parecerá más real si como mínimo llega desde allí.
Espera unos minutos fingiendo que tiene pipí mientras inhala y exhala para rebajar los nervios.
Se arma de valor, deja la cola y camina hacia ellos.
Pero no está respirando normal; los ejercicios de meditación no han servido de nada, tiene el corazón desbocado: o se le salta latidos, o son tan fuertes que rebotan contra los pulmones, las costillas y el esternón.
Por suerte, él está girado hacia fuera mirando el concierto del fondo y, cuando ella ya está a dos metros, la ve y levanta la mano saludándola para que se acerque.
Ella se esfuerza por mantener el paso, pero seguramente está corriendo.
Llega, se coloca al lado de Lola y dice: «¡Hola, qué fuerte, qué casualidad!
Lola, estos son Martí, fulanito y menganita.
Ella es Lola, hemos venido juntas. ¿Lleváis mucho rato aquí? ». Qué papelón y qué cara más dura.
A ojos externos, los dos grupitos que se han encontrado orgánicamente ahora se juntan y van hacia el siguiente concierto.
Enseguida, las dos ven claro que no tienen (el plural mayestático de ligar con amigas) por qué preocuparse por menganita, porque está haciéndose ojitos con un chico del grupo de al lado.
Y todavía tienen que preocuparse menos por Martí, porque desde que la ha visto y la ha saludado con dos besos no le ha quitado los ojos de encima.
De hecho, en el concierto ya están el uno al lado del otro, muy juntos, con una proximidad física que se enmascara con la de los demás asistentes al concierto, que bailan como sardinas sudadas.
Pero todo el mundo sabe que la sensación de frotar el lomo-cadera-muslo con la chica aleatoria de la derecha es m-u-y diferente del h-o-r-m-i-g-u-e-o que siente a la izquierda, rozando el lomo-cadera-muslo de Martí.
Lola y los de producción están un poco más adelante.
Recibe un empujón en cascada de la chica de la derecha y tiene que agarrarse a Martí para no caerse.
Se arrepiente de no haberse puesto el tanga porque sabe que ahora ya no van a separarse.
Con el movimiento del empujón, él se queda un poco atrás.
En una mano tiene la cerveza y con la otra la rodea a ella por la cintura mientras ella finge que mira al cantante.
Está muriéndose de sed, pero no se atreve a moverse ni un poco.
Le pide un trago. Da unos cuantos más y, ahora que la prueba, le parece que la cerveza no es tan mala.
Seis canciones después él le pregunta al oído si querrá que se marchen juntos.
Ella se estremece y lo mira sonriendo. Las intenciones son claras, como también la voluntad de mantener lo que pueda llegar a pasar lejos de la mirada de los de la agencia.
Ahora mismo tienen delante a todos los de producción, pero también a los creativos y al «supervisor».
Lola también está, ha ido controlando con miradas discretas.
Aprovecha que el concierto está a punto de terminar para decir que se retira.
Le guiña un ojo a Martí y le dice «cuídamela».
Sororidad a-b-s-o-l-u-t-a, porque ahora le toca volver a pie. Hoy por ti, mañana por mí.
Están cansados, contentos y anestesiados por la música, con las orejas zumbando y caminando de la mano hacia la moto.
La moto no está. No ha bebido tanta cerveza como para no recordar dónde la ha aparcado hace unas horas.
Ven una pegatina en el suelo y se caga en todo, pero él, con mucha calma, le dice: «No pasa nada, gorrión, cogemos un taxi y vamos al depósito».
Nunca nadie la ha llamado gorrión y no tiene claro si le gusta.
Tampoco sabe si es un apelativo específico para ella o una forma específica suya de dirigirse a los ligues.
Paga él la multa porque ella no lleva la tarjeta.
Salen y fuera está amaneciendo. Suben a la moto y él se agarra fuerte, pero sin pasarse.
Con el aire fresquito de la mañana y el vinagre en las venas, ella se anima a decirle: «¿Paramos un rato en la playa? ».
Dejan los cascos en la arena; Martí se sienta y ella se descalza y va a meter los pies en el agua.
«Me gusta tu vestido». Ella se gira con las mejillas rojas y mira las olas, que acaban de despertarse: una se cepilla los dientes, otra se viste a toda prisa y sale con la camisa mal abrochada, otra se sirve el café, y está la que pide cinco minutos más.
Vuelve, se sienta a su lado y él la coge por la cintura.
Miran el cielo azul, rosa y amarillo, y ella, adormilada, le apoya la cabeza en el regazo, mira hacia arriba y cierra los ojos.
Él le recorre la cara con la yema del meñique, como si la dibujara.
Se detiene un segundo en los labios antes de volver a dejar la mano apoyada en la arena. «¿Puedo darte un beso?».
No lo oye, por las abejas, y el beso, sorpresa, es todavía más dulce. «Me gustas, gorrión». Ella bate las alas por dentro. Se incorpora para darle otro beso y se tumban los dos en la arena. El sol apenas empieza a calentar, pero ella ya se ha derretido.
Caballitos
(Nova York, veinticinco)