¡De cabeza! ELLA / __ días sin #3
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ELLA / __ días sin #3

Tiene diez horas por delante hasta Denver y ya está agotada de la escala en Gatwick.

Hace tres veranos que volvió de Nueva York y está desentrenada; ha perdido el aplomo del viajero rodado que coge aviones como quien sube al autobús.

Si se cruzara con ella misma hace tres años, no se reconocería: tan independiente, tan dura, tan estrella.

O quizá sí, porque sigue cargando esa maleta de mano en la que cabe todo.

La destreza para embutirla y no sobrepasar el peso no la ha perdido, ni tampoco la picardía de llevar todas las capas de abrigo puestas y el ordenador y el libro incrustados detrás, entre las mallas y la espalda.

Polo ya lleva un año en Yale y se han visto aquí y allá: visita de ella en otoño para comer con el profesor Ryerson y tantear la estancia; visita de él en Navidad, cuando hincó rodilla; visita de ella en primavera para buscar piso juntos y hacer una parte del sendero de los Apalaches, y visita de él en junio para mirar sitios para el banquete.

Ahora están en Boulder, donde él hace las prácticas de verano del máster.

Así que sentirse desentrenada es puramente emocional, porque es su quinto vuelo transatlántico en diez meses.

Sin duda se siente así porque, cuando lleva un tiempo con el culo en casa, se siente más blanda, más floja y más relajada.

Ve de un tirón la segunda temporada de Fleabag y se parte de risa, solloza y siente un calor en la entrepierna, todo exacerbado por el poder del avión, que siempre la pellizca y eleva al cuadrado los sentimientos transeúntes.

No tiene nada en común con la protagonista; ni Emma tiene nada en común con la hermana de la protagonista ni la relación entre ellas se parece en absoluto.

Pero cree que la serie clava la fraternidad.

Le hace especial gracia la escena del corte de pelo porque le recuerda al destrozo que se hizo Emma embarazada de nueve meses del primero y ya con la cara muy hinchada.

Le había enviado una foto al salir de la peluquería y había escrito: «Hello, it’s me, Dawson» .

[28] Y ella había escupido el agua que estaba bebiendo porque realmente era la versión femenina de Dawson, o una réplica de la época incómoda de cualquier tenista que empieza a dejarse el pelo largo.

Cuando llega por fin, está desorientada por el cansancio y por la brutalidad de haberse tragado una temporada entera sin masticar.

Tiene ganas de salir por la puerta de llegadas y ver a Polo, pero, todavía obnubilada por el empacho calórico audiovisual, espera encontrar al hot priest .

[29] Polo la ve antes de que haya salido y la espera en primera fila con un abrazo gigante.

Ella se funde en él y se quedan un rato sin moverse.

Estarán oxidados, como siempre, y les tocarán unos días jugando al escondite, pero el primer abrazo y el último siempre son de azúcar.

La distancia les va bien para ventilar y les permite tener vidas plenas dondequiera que estén.

Pero no es fácil tener deseo y amor encerrados en un teléfono durante periodos largos.

Cada año, cada kilómetro, pesa más. De hecho, quizá no son los kilómetros los que llenan el lastre, porque cuando más sola se siente es cuando lo tiene al lado, y no lo entiende.

Salen del aeropuerto y suena «Old Town Road»; ella la oye por primera vez y le encanta, y él ya rapea toda la letra.

Llegan a la casa que le han dejado a él en las afueras de la ciudad, y, mientras él aparca y saca la compra del coche, ella fisgonea todos los rincones.

¡Qué despensa! Cajas de plástico transparente con pistachos pelados, nueces pacanas peladas, anacardos pelados, todo bien etiquetado y saneado.

Determina que la familia se cuida mucho, tienen pasta y saben gastársela, y sin duda son unos cerdos porque hay m-o-q-u-e-t-a en las habitaciones y en el baño (!).

Polo termina de colocar los quesos para los bocadillos de la excursión del día siguiente y se acerca mirándola intensamente con esa mirada insoslayable.

Se quita la camiseta, la coge por la cintura y la empuja hacia él haciéndole notar lo contento que está de tenerla allí.

Ella lo abraza con fuerza y le dice que se pruebe el pantalón que le ha comprado, un quinientos uno de color claro desgastado.

No era lo que él esperaba, pero, dándole el beneficio de la duda, se quita el pantalón que lleva puesto y se lo prueba.

Le queda clavado; qué torso tiene, qué bueno está.

Se nota que está levantándose temprano todos los días para ir a escalar.

Le encantaría sentir que quiere que la estruje entre esos brazos fuertes, que la coja por los muslos y la empotre en la encimera de mármol, pero lo que de verdad quiere es sentarse, abrazarse y hablar de cómo ha ido el viaje mientras comen pistachos pelados.

Es el bloqueo que ya conoce. Cuando uno quiere tantas cosas que el otro no quiere dar.

El desequilibrio amor y deseo despelotado y retratado por la distancia.

Él vuelve a intentarlo, «looking good, huh?

» , [30] se acerca bailando un poco para hacerla reír, pero ella sabe que él solo tiene un objetivo en la cabeza y está dentro de su pantalón.

Recibe los besos en el cuello y las manos en el culo y le dice que tiene hambre, que «let’s eat something first».

[31] Él explota: «It’s been forty-five days without sex, are you kidding me?

». [32] Y ella de verdad quiere desearlo, pero, muy seca y entumecida, solo se humedece si piensa en el hot priest .