¡De cabeza! ELLA / __ días sin #2
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ELLA / __ días sin #2

Este piso está más cerca de Crown Heights, pero tarda más tiempo en llegar porque tiene que hacer dos cambios de trenes.

Cada vez que va a pasar la noche en casa de Polo, se lleva la ropa para ir a la agencia al día siguiente.

En primavera y otoño debe fiarse de la predicción meteorológica de veinticuatro horas antes, cosa que la molesta.

Preferiría dejar la decisión para el último momento, según la energía con la que se despertara, en lugar de ponerse la ropa estrujada y caducada que ha elegido el día anterior.

Después de intercambiar un par de palabras y bostezos con Laurie y Hazel, sale a la calle.

Hoy ha elegido una falda larga azul con florecitas blancas que era de su madre.

La ha combinado con un cinturón de su abuela, que es de cuero marrón con cilindros de latón.

En la parte de arriba, la camisa de seda que le regaló Emma por su cumpleaños.

Lleva tres generaciones encima, una chaqueta, por si llueve, y un pañuelo, por si hace frío.

Carga en la espalda la mochila, que ha llenado con la ropa para mañana: unos vaqueros altos clásicos, un cinturón verde de su padre y una camiseta negra ajustada.

No se lleva calzado de repuesto porque, cuando duerme en casa de Polo, elige uno que pueda repetir con la ropa del día siguiente.

Ha elegido sus zapatos preferidos: los botines planos de piel de color camello, con cordones y los tacones de madera, que repican fuerte al andar.

Como son delicados y no pueden mojarse, los reserva para ocasiones especiales.

Se supone que hoy no lloverá y los necesita para marcar territorio con la ex de Polo.

Resulta que está de visita para celebrar el cumpleaños de Gina, la compañera de piso de Polo y mejor amiga de la ex.

Ni que decir tiene que ayer se cagó en todo cuando Polo le dijo, justo antes de colgar, que el plan de la noche sería vaciar y decorar calabazas para la fiesta del sábado y que, ah, también estaría su ex.

Si lo hubiera sabido antes, habría elegido elegantemente saltarse la semana de celebraciones, pero ayer la pilló desprevenida.

Pues a cortar calabazas y a dedicarse al small talk [22] con la ex de los cojones.

Los ocho meses que lleva en la ciudad le han encallecido el espíritu a base de guantazos.

Nunca se ha sentido tan sola como un domingo por la mañana, cuando todavía vivía en casa de Cookie y Polo se había instalado temporalmente en casa de un amigo, a diez minutos andando.

Habían pasado la noche juntos y, aún en la cama, con la inocencia candente de un tío de veintitrés años, Polo le había pegado un puñetazo en el corazón diciendo: «What’s y-o-u-r plan for the day?

». [23] Llorar, ¿no te jode? Evidentemente, se había echado a llorar de la vergüenza, de la pena que se daba, de la frustración, la desgana, aún más vergüenza y el orgullo hecho añicos.

No tenía ningún plan propio. Tenía el día más libre que un pedo recién tirado porque hacía t-r-e-s semanas que se había mudado a Nueva York y no conocía a casi nadie.

Contaba con que él, su pareja, que también había encontrado trabajo en la ciudad y se mudaría el mes siguiente, querría pasar el domingo con ella.

Al final habían acabado haciendo un plan los tres juntos, Polo, su amigo y ella, pero cada segundo, y con cada centímetro de su cuerpo, había sentido que ella sobraba.

Y así había empezado a hacer callo. Por eso la sorpresa encerrada de encontrarse hoy con la ex es, nada, una capita más.

De hecho, no sabe si llegará a tiempo porque Gatsby y ella llevan tres semanas quedándose a trabajar hasta las once.

Tienen que presentar una campaña a unos premios y necesitan recopilar datos de impacto, pero no tienen acceso al software.

Son un dúo maravillosamente excéntrico. Se dejan notas de admiradores que se inventan y se decoran la mesa en los cumpleaños.

Curiosamente, si no hubiera sido por Flor, no se habrían dado la oportunidad de caerse bien.

Gatsby, de cara a la galería, es una hormiga atómica, trabajadora y repelente.

Pero tiene un humor finísimo, seco y ridículo.

El tema es que solo lo saca a pasear de forma involuntaria, cuando pasan las horas, baja la guardia y el rojo carmín de sus labios palidece.

Si en uno de esos momentos de flaqueza la agobias con una burla cariñosa, la especialidad de Flor, despiertas a la bestia.

Entonces, como quien sale fresco por la mañana a buscar el periódico y el café, de su lengua porteña desfila una conga de mofas exquisitas, dirigidas a cualquier desafortunado que pase por allí.

La presión de estos días ha hecho que, a media mañana, el carmín ya sea coral.

Se sienten explotadas por trabajar cincuenta mil horas seguidas, pero, si descuentan el tiempo que pasan burlándose de la gente, riéndose sin parar y pensando en la cena que pedirán a cargo de la agencia, seguramente no hacen ni un minuto más de lo que dice el contrato.

Esta tarde están especialmente sembradas y, como les han prohibido molestar a los expertos de datos, han decidido hacerlo igualmente, pero de extranjis.

Dos personas funcionales y adultas, una con vaqueros y Birkenstock plateadas, y la otra con falda y botines de madera, g-a-t-e-a-n por la m-o-q-u-e-t-a de la planta doce para llegar a la mesa de los expertos.

Por suerte y por oficio, se los ganan enseguida y les dan todo lo que necesitan.

¡Genial! Gatsby podrá llegar a su clase de hot yoga [24] y ella podrá comer compulsivamente chocolatinas de edición especial de Halloween mientras los demás esculpen calabazas.

Cuando llega al tren tiene suerte y su vagón va bastante vacío; siete paradas después puede sentarse y sacar los auriculares de la mochila.

Durante las catorce paradas que le quedan intenta escuchar un capítulo que se ha descargado de Radiolab, pero no consigue el nivel de distracción necesario y el capítulo se convierte en música de ascensor, una música que distrae tan poco que, cuando te das cuenta de que suena, crispa.

Crispada, llega a Kingston Ave y recibe un mensaje de Polo: «You coming or whaaat», [25] enviado hace un rato.

Decide no contestar y se mete el móvil en el bolsillo.

Fuera llovizna. Mieeeeeerda, los botines.

Camina deprisa intentando no pisar ningún charco sucio y pasa de largo la bodega [26] sin fijarse en si han actualizado el número del fluorescente, «__ days without shootings», [27] que cuelga en la puerta.

Arranca a llover más y, mientras espera que el semáforo cambie a verde, se pone el pañuelo en la cabeza para no llegar con el pelo lamido por una vaca. Baja de la acera para cruzar, rápido y enfadada, y........................... PUM .

Sexo

(Boulder, veintinueve)