ELLA / __ días sin
Caídas
(Nueva York, veinticuatro)
La sacan del ala de urgencias del Kings County para llevarla a una habitación.
La comparte con una mujer mayor y delgaducha que hace poco más que ver misa en el televisor y dejar el baño hecho un cristo cada vez que va.
Qué cruda es la desinhibición desnuda del enfermo.
Se incluye ella misma, que lleva cinco días ingresada y todavía no ha podido ducharse.
Tiene el pelo cubierto de sangre seca gracias a la bondad de las enfermeras, que se lo limpiaron con toallitas húmedas alrededor del corte grapado.
La bata de hospital, salpicada de fluidos, le queda ceñida a la cintura por el soporte de estabilización lumbar, pero por detrás está abierta y deja entrever la nalga destrozada.
Carga la bolsa llenísima de pipí como si fuera un maletín.
En los pies lleva calcetines antideslizantes gruesos de color perro que huye.
Son suaves y gustosos, piensa robar unos cuantos pares antes del alta.
Ganaría el premio al mejor disfraz si pudiera ir a la fiesta.
Esta noche tampoco ha dormido: ha fallado el compresor que hincha y deshincha el colchón para evitar escaras en pacientes con poca movilidad.
Desde las dos de la madrugada yace tumbada y molida en una plancha de hierro.
Llega Emma para cubrir el primer turno y hacer de hermana mayor mientras la ayuda a mover un poco las piernas.
Qué llorera ayer cuando aparecieron sus padres por detrás de la cortina del box con la cara destrozada después de haber encajado la noticia y del viaje.
Y qué llorera aún mayor cuando vio que Emma también había subido al avión.
Emma la coge de la mano y la ayuda a ponerse de pie; después le ofrece el brazo en ángulo recto para que se apoye.
Ella gira la pulsera azul para no clavarse el clip en la muñeca con la presión de sujetarse.
Consiguen pasear hasta un poco más lejos que ayer y se detienen a la altura del panel de corcho del pasillo.
Le llama la atención una pizarrita con un número cuatro escrito a toda prisa encima de otros números mal borrados.
El cuatro va seguido de «__ days without falls» .
[17] Al lado hay un panfleto colgado con una chincheta en el que se explican los diferentes niveles de riesgo de caída de los pacientes. La pulsera azul indica un riesgo bajo.
Dan la vuelta y ven al final del pasillo a un hombre tullido y jorobado sentado al borde de la silla que se balancea hacia delante.
Lleva un pijama que le queda pequeño, como el niño que crece más deprisa que el presupuesto de la casa, y los calcetines antideslizantes desgastados y mal puestos.
En la muñeca lleva una pulsera roja. Una enfermera lo vigila desde detrás del mostrador, pero todos saben que no llegará a tiempo.
Cucarachas
(New Haven, veintinueve)
Al volver de la sesión de footing trisemanal por el East Rock Park, se cruza con un hombre que está afeitándose con una maquinilla portátil mientras camina.
Se aparta el sudor helado de los ojos para verlo bien y él la saluda impasible, como si la conociera.
Le devuelve el saludo con una sonrisa que, por el esfuerzo, se convierte en una tos-ronquido acompañada de vaho.
Dos grados bajo cero ya, y las hojas que todavía aguantan están espectaculares.
Se ducha escuchando la banda sonora de Los días que vendrán .
Se come una ensalada de espinacas con boniato y granada y los restos de la cena de ayer de Polo.
Coge el casco, el pasamontañas y los guantes y pedalea hasta Kirtland Hall, el edificio más bonito del campus.
Hoy no ha tenido que prepararse nada y está un poco más relajada.
Relajada del todo nunca lo está en presencia del profesor Ryerson.
Es alto, habla muy deprisa y escucha con parquímetro.
Exige intercambios verbales breves, directos y elocuentes, y ella, aunque se esfuerza, fracasa cada vez en alguna de las variables.
O a veces en todas, como cuando se conocieron comiendo el pasado otoño o cuando la recibió en su despacho hace dos meses para definir el plan de investigación de la estancia.
Con el agobio y los nervios de estar delante de un profesor de Yale, había tenido que luchar con su cerebro ahogado para que le diera con cuentagotas las palabras en inglés que buscaba, que le salían inconexas y con una pronunciación sorprendentemente macarrónica.
El profesor Ryerson la miraba como a un sujeto de interés mientras veía desintegrarse su capacidad lingüística por la presión de un estímulo externo.
Ahora la doctoranda de su quinta presenta el diseño del experimento, unos cuantos estímulos y el análisis que ha planteado.
Cuando termina, todos los asistentes a la reunión hacen jazz hands , [18] que es la alternativa respetuosa y consensuada de un vulgar aplauso.
Tuvo que aprenderlo muy deprisa, en el primer encuentro, después de sentirse tan flamenca por primera vez en su vida, toda contenta ella dando palmas.
Después baja al laboratorio para rellenar la caja de regalos que dan a los niños que participan en los estudios.
Es su segunda sesión de testeo en el Yale Peabody Museum y quiere ir bien preparada.
Elige los peluches con el logotipo del grupo de investigación.
Le han chivado que son el regalo que más llama la atención de los críos que pasan por al lado de la mesa.
También los rubber duckies . [19] La vertiente de comercial la dejó un poco desubicada en la primera sesión.
Hasta ahora, los estudios los había pasado siempre en escuelas.
Había tenido que reunirse antes con la dirección para que le dieran permiso, pero, una vez en la escuela, el alumnado iba desfilando sin tener que hacerle chantaje con peluches.
Sale hacia el museo cargada con las tablets táctiles, las carpetas con los consentimientos informados y la caja de regalos.
Ve que un participante potencial se acerca por el pasillo y ella despliega las plumas para atraer a su madre.
Parece que están interesados y, una vez firmado el consentimiento, empieza el estudio en inglés con acento barcelonés.
En mitad de la descripción nota una presencia, se vuelve y ve que toda la familia del participante está situada detrás, como un abanico japonés, mirando.
Ya estamos, participante perdido. Y sí, a la segunda respuesta supuestamente errónea, el padre intercede para asegurar que el niño sí sabe la respuesta correcta, pero se ha hecho un lío al contestar.
Da igual cuántas veces diga que no hay respuestas incorrectas.
Qué le vamos a hacer. Consigue otros tres participantes, uno para cada condición experimental, pero la tarde es tranquila.
Se marcha a las seis en punto y vuelve al laboratorio a dejarlo todo.
Actualiza el número de participantes en la pizarra donde anotan los estudios de los doctorandos.
Cuando deja el rotulador, se fija en el cartel que dice «__ days without velociraptors» [20] y ve que el número ha vuelto a bajar a cero.
Desde la primera vez que lo vio, nunca ha pasado del dos.
Hasta ahora no ha preguntado qué quiere decir porque entiende que es una broma interna del grupo y preguntarlo evidenciaría todavía más que ella solo es una integrante temporal.
Pero hoy solo está la recepcionista, y, mientras se come la galleta de harina de trigo sarraceno que acaba de ofrecerle, le pregunta si velociraptors es un código para hablar de participantes culoinquietos.
La recepcionista la mira con dulzura y le dice que los velocirraptores son cucarachas.
Cero días sin cucarachas campando libremente por la moqueta verde.
Ella mira alrededor de sus pies con asco, como si esperara encontrar una entre los cordones.
Ve las migajas de la galleta que se le han caído y la huella húmeda de la zapatilla de deporte en la moqueta.
Disculpa a las cucarachas por sentirse como en casa. Solo faltaría.
Cuando buscaban piso para el segundo año de máster de Polo y la estancia de ella, esperaba encontrar uno para los dos solos, sin tener que compartirlo.
Sería la primera oportunidad de vivir realmente juntos.
En Filadelfia eran unos niños. En Nueva York no habían puesto la posibilidad sobre la mesa.
Durante los dos años en Barcelona, era más bien la casa de ella, donde él era un visitante intermitente.
En esta nueva etapa, ella estaba preparada para vivir en pareja.
Pero a Polo le hacía mucha ilusión vivir con sus compañeros del máster y había habido poca negociación.
En una demanda de mínimos ella había exigido baño propio para no tener que barrer los pelos de los demás y que no hubiera ni una sola superficie enmoquetada.
Había salido medianamente victoriosa: tienen un baño privado para ellos dos, pero antes de colocar la ropa en el armario tuvo que aspirar a conciencia todos los rincones para deshacerse de los pelos del gato negro de la inquilina anterior.
Eso sí, solo hay moqueta en la sala de las lavadoras, comunitaria.
Ella hace la colada al mediodía, baja la escalera ruidosamente con los bolsillos llenos de quarters [21] que tintinean, y así evita encontrarse tanto a las cucarachas madrugadoras y a las cucarachas pernoctadoras como a los demás inquilinos con sus calcetines blancos desparejados.
Tiroteos
(Nueva York, veinticuatro)
Cuando se le presenta la oportunidad de mudarse a la calle Clinton, al apartamento de unas amigas de Polo en el Lower East Side, no lo duda ni un segundo.
Sabe que echará de menos su vida independiente en el Upper West, pero también sabe que le irá bien cambiar de barrio.
Porque al que de verdad echa de menos es a Thiago.