¡De cabeza! ELLA / pipí #2
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ELLA / pipí #2

En el Upper West Side está tranquila. Vive con dos compañeros de piso, un chico y una chica, y el perro de esta.

Alfred es un perro faldero senil, ciego e incontinente.

Pasa la mayor parte del día en la habitación de su compañera, pero dejan pee pads [6] en el suelo de la cocina distribuidor y en el pasillo de la entrada para cuando se aventura a salir.

La zona común del piso se limita a eso, el pasillo de la entrada, la cocina distribuidor y el baño.

Las habitaciones son minúsculas, pero tienen una ventana que da a la escalera de incendios.

Mantienen la convivencia en equilibrio siguiendo las instrucciones de su compañera, que es la titular del contrato y una amante de limpiar sin agua, con productos que apestan y esparcen la roña.

Su compañero no para en casa, se va muy temprano al banco y nunca ven a qué hora vuelve.

Saben que está si la puerta de su habitación está cerrada.

Su compañera siempre está, y en general siempre tiene la puerta cerrada.

La interacción es limitada, pero está mucho mejor que en casa de Cookie, que tenía la calefacción a cuarenta grados y siempre olía a frito.

Ahora en cinco minutos puede plantarse en el Sheep Meadow, ya sea para asarse o para dar la vuelta al parque corriendo.

Cuando Polo se queda a dormir apenas duermen, porque son jóvenes y es una cama individual.

Pero les compensa. Por la mañana caminan juntos hasta la boca de la calle Setenta y dos oeste, entre Broadway y Amsterdam.

Polo se baja en Wall Street si le toca día de oficina, y, si no, se pega la hora entera hasta Crown Heights.

Ella se queda en Times Square y camina hasta Grand Central pasando por Bryant Park.

Hoy ella lleva el jersey enorme de punto deshilachado de Polo, un vestido corto negro que sobresale un poco por debajo, mallas negras y zapatillas de deporte.

Llega a la agencia a las nueve y saluda a Flor y a Gatsby, sus compañeras argentinas.

Como todos los días desde que ella le dijo lo que cobraba, Flor le ha dejado el desayuno encima del teclado.

Una galleta gigante, de las blancas y negras, envuelta en celofán.

Cuando la ve, le sonríe y le dice que la mima demasiado.

«Qué fásil es haserte felís, negrita». [7] Gracias a Flor le han subido el sueldo, pero sigue llevándole el desayuno.

Le envía una foto de la galleta al «supervisor» y le dice que aquí la cuidan mejor que en la sucursal de Barcelona.

Lo ve conectado y le pregunta qué coño hace despierto a las seis de la mañana.

Él le contesta con una foto con equipo de esquí: «Primera bajada antes de ir a trabajar, a mí también me cuidan mejor aquí».

Hace una llamada a sus compañeras americanas y se encuentran en el decimocuarto piso para repasar la agenda.

Le dicen que a las cuatro tienen que bajar a la sala grande para conocer al equipo brasileño.

Después de responder cuarenta y siete correos y añadir unas diapositivas a la presentación, va hacia allí.

El equipo neoyorquino está recibiendo a los brasileños, y ella espera en la puerta hasta que la directora la presenta como la responsable de la campaña para el público hispanoamericano.

Recorre las caras con vergüenza, pero se desconcentra porque en medio de la mesa ve dos cajas grandes de minimagdalenas de Baked by Melissa.

Cuenta a los asistentes para ver cuántas tocan por cabeza y descuenta a sus compañeras americanas, que seguro que no comerán.

Unas cinco, si se da prisa. Mientras saliva haciendo la preselección mental, oye a la directora diciendo que Thiago y ella tendrán que coordinarse durante los tres meses que él trabaje en la oficina de Nueva York.

Levanta la cabeza y ve a un chico que debe de tener su edad, que sonríe entre tímido y gamberro.

Traga saliva de golpe y le devuelve la sonrisa, pero el doble de grande, sin controlarla.

Baja la mirada y vuelve a las magdalenas.

Durante el resto de la reunión, su misión es parecer atenta mientras coge magdalenas con la mano ligera y dudosa, como si cada una fuera la primera que va a comerse.

Nota que alguien la mira, pero el papeo es el papeo.

Termina la reunión y ha conseguido engullir seis; aún quedan tres de la vergüenza.

La directora le dice las palabras mágicas: «Wanna take these leftovers upstairs?

You can show Thiago your desk so he knows where to find you».

[8] Ella le contesta: «Sure!». [9] Thiago coge la mochila y le dice: «Hola, encantada».

[10] Ella se ríe y le dice: «Igualmente».

[11] Joder, qué voz tiene el ratoncito. Ahogada y fuerte, con miel brasileña.

Parece que habla un poco de castellano, pero no acaba de dominarlo.

Como la reunión se ha alargado dos horas, cuando suben, el resto del equipo ya se ha ido.

Ella va embalada de azúcar, y al papel de anfitriona le añade un toque de flirteo gratuito.

Lo trata como si se conocieran desde hace mucho tiempo, contenta de tener otro compañero de sangre caliente en lugar de la sangre de mantequilla de los yanquis, que o está un poco dura y fría de la nevera, o un pelo deshecha y pringosa de la mantequera.

Como un pavo desvergonzado, le ventila todos los secretos de la oficina en dos segundos.

Le muestra las zonas de cada piso donde se dejan las bandejas de catering que sobran de las reuniones; le muestra las hamacas para dar una cabezada; le muestra el ascensor de la parte de atrás, que es el más rápido, por si llegas tarde; le muestra dónde guardan las cápsulas de café buenas y las cajas de material de papelería con los bolígrafos de punta fina, las libretas corporativas y los rotuladores permanentes.

También le muestra que debajo de cada mesa hay un armarito para los zapatos de oficina (tacones o bailarinas para las mujeres y mocasines para los hombres).

Ella lleva el mismo calzado en la calle y en la oficina, le dice orgullosa.

Cuando se despiden, el hasta mañana va acompañado de un abrazo espontáneo.

Vuelve a casa dando saltitos y no se toma tan mal el mensaje de Polo, que le dice que no cree que hoy puedan cenar juntos.

Baja a comprar un pollo tikka masala y se lo come sentada en la cama, con las piernas como mesa y las rodillas rozando la puerta.

Se duerme viendo a Lorelai y Rory, como cada noche que duerme sola desde que llegó, hace cinco meses.