ELLA / pipí #3
Se despierta con el sonido del pomo de la habitación, que gira.
Alguien entra y cierra la puerta. Ella fuerza los ojos para enfocar y, gracias a la luz del ordenador, ve a un hombre de espaldas que se desabrocha el pantalón y mea contra la puerta.
Reconoce el pelo y grita: « WHAT THE FUCK !
¡ LA MADRE QUE TE PARIÓ ! GET OUT ! ¡ TÍO , QUÉ ASCO , JODER , GET OUT !
». [12] No recibe respuesta y salta de la cama.
Aparta a su compañero como puede, gira el pomo, abre la puerta y lo empuja hacia la cocina distribuidor, picha colgando y meando incluida.
El tío tiene los ojos empañados, hasta el culo de vete a saber qué, se guía con los brazos por el medio metro de distancia hasta su habitación y se deja caer en la cama, bocabajo y con el pantalón aún desabrochado.
Ella se queda temblando del susto y, como si le fuera la vida, coge el pee pad de Alfred, lo gira para dejar la parte absorbente debajo, coloca los pies encima y se desplaza hacia delante y hacia atrás para que chupe la meada.
Después pasa el Swiffer, que es el primo chapucero de la fregona, y va a la ducha a lavarse las plantas de los pies.
Escribe muchas versiones y al final envía: «Hey bro, it’s 5.
30 am and I just finished cleaning up your pee.
Scrub the kitchen floor tomorrow because it may be sticky.
Make sure it doesn’t happen again» . [13] Sale a correr y cuando vuelve la puerta de su compañero está cerrada.
Papel
(Filadelfia, veintidós)
Sale de la clase de Wharton con la cabeza como un bombo.
Es muy de letras, o más bien nada de ciencias.
Abre el móvil y ve un mensaje que dice que falta papel de váter.
En el número treinta y cuatro de la calle Locust comparte lavabo con dos chicas y muchos pelos.
Piensa comprar uno de esos paquetes gigantes de papel fino para no contribuir ni un céntimo de más a la comunidad de la segunda planta de la casa.
Le pregunta a Poppy, la australiana que vive en la primera planta y que tiene un baño para ella sola, si la acompaña a comprarlo al supermercado barato de la calle Cuarenta y tres.
Es una zona poco transitada por los estudiantes internacionales, que solo se atreven a pasear hasta la Cuarenta.
Hablan de las galletas que van a comprar mientras caminan hacia allí y miran de reojo a un lado y a otro, aunque están a solo tres calles del campus.
Poppy fue la primera compañera de piso que conoció cuando llegó a Filadelfia para la estancia de intercambio.
Su acento australiano la enamoró enseguida.
En tres semanas se han vuelto culo y mierda.
Se hacen reír mutuamente con esas carcajadas que hacen perder la dignidad y hacen que, con tanto aire, también pueda escaparse un pedo o un ronquido.
Compra el paquete de papel más grande que encuentra y va a buscar a Poppy, que ha ido directa al pasillo de las galletas.
Poppy ya tiene las suyas y ella busca las de chocolate blanco con nueces de macadamia.
Coge dos cajas y al volverse se topa con un compañero de clase, estadounidense, que se sorprende de ver aquí a las internacionales.
Ella siente que tiene que justificar por qué lleva un montón de papel de váter, pero él se le adelanta.
Les dice que ha ido a comprar arroz para acompañar un curri que está cocinando su compañero de piso y que si quieren apuntarse a cenar.
Se miran emocionadas y, fingiendo que no lo están, le contestan con un «sure!
» [14] indiferente. Van directos hacia allí porque la casa está en la Cuarenta y dos.
Es una casa enorme con la entrada e-n-m-o-q-u-e-t-a-d-a y la escalera que sube al piso de arriba t-a-m-b-i-é-n.
En el suelo ven muchos pares de zapatos destrozados y malolientes, y no se quitan los suyos porque anticipan lo mugriento que debe de estar todo.
Allí viven once chicos, uno de los cuales ha vuelto antes de una estancia de intercambio y le toca dormir en un armario semiadaptado.
Mientras suben la escalera confirman que la casa apesta a humedad y a cerrado, a calcetines secos, testosterona y cerveza.
Pero de la cocina sale un aroma buenísimo del curri haciendo chup-chup.
Entran y encuentran a tres de los habitantes, descalzos.
Uno revuelve el curri, otro pela zanahorias y otro debía de estar haciendo algo, pero lo ha dejado cuando ellas han entrado.
El que ya no hace lo que estaba haciendo es alto, con el pelo rubio rizado, la nariz grande y los ojos azules.
Lleva una camiseta de cuello muy abierto que deja ver la parte superior de unos pectorales fuertes y sin pelos.
Dice «Hi, I’m Polo» [15] (pronunciado «powlow»).
Ella sonríe y piensa que el nombre va a juego con el pecho pelado.
Mira a los dos que cocinan y a su compañero de clase, que ahora canta «Ordinary People» mientras pone la mesa, y le parecen cuidadosos y sensibles. Debe de ser una casa de once gais.