¡De cabeza! ELLA / pipí
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ELLA / pipí

ciudad, edad

Uvas

(Barcelona, veintiuno)

Espera en la recepción y duda de si le da tiempo a ir al lavabo.

Podría ir rápido, pero desde el sillón donde le han dicho que se siente no ve ningún letrero y no quiere preguntarlo.

Aprieta la vejiga y repasa los correos que ha intercambiado con la jefa del departamento para entrar fresca en la reunión.

Como está nerviosa, la voz de la secretaria que le dice que la esperan en la sala del fondo le da un susto.

Le da las gracias, se recoloca el pantalón sudado y, cuando se incorpora, cruza la mirada con el-hombre-más-guapo-que-ha-visto-jamás, que está haciéndose un café al lado de la mesa de ping-pong.

Ya en la sala, la jefa le dice que en un momento estará con ella, que está terminando de contestar un correo.

Agradece los segundos para situarse y observa los dos dedos índice de la jefa, que se mueven por el teclado del portátil señalando teclas, pisando uvas a toda velocidad.

Cuando termina, se dan dos besos e intercambian un par de cordialidades.

La jefa le dice que tiene ganas de que se incorpore al equipo y que ya verá como todos son muy majos, que deben de estar al caer.

Ella se sienta y abre la libreta para mostrar lo preparada que ha llegado y lo buen fichaje que será.

Apunta la fecha y no sabe qué más anotar porque ignora de qué proyecto le van a hablar primero.

Oye unos pasos y corrige la postura corporal para causar una buena primera impresión al equipo de gente tan maja que debe de estar a punto de entrar.

Llega primero una chica estilosa a la que la jefa presenta como la directora de cuentas.

Se levanta para darle dos besos y vuelve a sentarse mientras ellas hablan de alguna reunión que tendrán después.

Parece que todavía falta alguien por llegar.

Un segundo después entra el-hombre-más-guapo-que-ha-visto-jamás, que le lanza una sonrisa de complicidad cuando la jefa los presenta, lo que confirma que la ha visto saltar exageradamente cuando la secretaria la ha llamado.

Él se sienta a su lado. Venga ya, resulta que será su supervisor.

«Supervisor» suena demasiado elevado cuando debajo solo está la franja becaria, y además parece que le saca pocos años.

Le parece tan guapo que no puede mirarlo y mantiene los ojos fijos en la jefa.

Le dicen que durante las primeras semanas tendrá que centrarse en el proyecto del certamen y que después ayudará a preparar la campaña para el festival.

Como es un contrato de prácticas, le dicen que debería ser perfectamente compatible con la carga de trabajo de la carrera.

Cuando terminan, suben al piso de arriba para mostrarle el resto de la agencia.

Aquí los creativos, aquí los de artes finales, aquí los de Producción.

Ella tiene que ir diciéndole «hola, hola, hola» a todo el mundo, que va repasándola sin que ella pueda repasarlos también.

Del techo y en las paredes cuelgan las gráficas de campañas que han ganado premios; llevan marcas conocidas.

Pasan por el lavabo y el «supervisor» le dice: «Aquí está el cagadero».

[3] A ella se le escapa una risa más fuerte de lo que toca.

Él la mira sorprendido porque esperaba media sonrisa como máximo.

Llegan a la sala de los de Servicio al cliente y ve que su sitio está justo delante del de él.

Hunde el culo en la silla y piensa que si se esconde detrás de la pantalla estará fuera de peligro.

Pañales

(Nueva York, veinticuatro)

A veces son necesarios tres estudiantes para poner una sonda a una chica.

Está sentada en la cama rígida del Kings County Hospital de Brooklyn e intenta seguir las órdenes: «Please, slide your hips forward a bit and stay still».

[4] Ni está para hacer favores ni puede moverse, aunque quiera.

Siente pinchazos en la barriga. Con lo contenta que estaba con los pañales, pero en toda la noche no ha caído ni una gota.

La morfina le ha provocado una retención de caballo.

Y el catéter parece un principiante desinflado por los nervios que no termina de atinar.

Tres estudiantes hacen relevos para insertarlo, y ninguno de ellos se da cuenta de que sus ojos están empapados de dolor.

Si alguna vez tienen que ponerte una sonda, que sea rápido.

El adjunto lo consigue, y el catéter es ahora una manguera con el agua mal cerrada que gira después de haber cargado la primera bolsa recolectora.

La segunda, de un litro, se queda a medio llenar.

Ella respira aliviada y relaja las piernas sobre la sábana mojada por el trasvase.

Vuelve a oír los gemidos en inglés del paciente del box de la derecha y cierra los ojos, que todavía chorrean.

Polo debe de estar a punto de llegar con el pijama para que pase la noche.

Codo

(Madrid, veintiséis)

Mientras deshace la bolsa, mira de reojo al colega de Pau, que arrastra los muebles hacia la pared para hacer espacio.

Lo ayudaría, pero no puede permitirse sudar todavía más.

Qué suplicio. Lleva el vestido gris de Reformation con un lazo en la espalda.

Se lo autorregaló antes de volver a la ciudad condal para conmemorar tres años de sábados paseando y salivando por el Soho.

Es de los pocos vestidos que se atreve a llevar sin sujetador, y ahora no sabe cómo frenar el goteo de debajo del pecho que está a punto de marcar la tela gris.

Antes de salir del AVE se ha metido unos pañuelos de papel para detenerlo, pero con el zarandeo se han caído a los cuatro pasos y ha tenido que pisarlos como quien pisa una colilla.

Menos mal que esta ciudad también está sucia.

Ya ha encontrado en la bolsa un vestido apto para el sudor, pero mientras Pau no salga del lavabo no puede cambiarse.

El tío sale por fin, pero sin camiseta. Sin camiseta.

Venga ya, iros a cagar. Sufre porque el sudor de nervios es el que huele mal.

El colega de Pau saca un colchón hinchable y lo despliega en el suelo.

«Es un colchón doble —les dice—. ¿Os importa dormir juntos?

». Pero ¡si apenas nos conocemos, animal!

Pau ha cogido la guitarra y acompaña la melodía que lleva silbando desde que se han encontrado en Sants.

Mueve la cabeza sin dejar de canturrear, dando a entender que ningún problema.

Él no parece que sude. Ella suda por los dos, y por el perro y por los vecinos del tercero, el cuarto y el quinto.

¿No hay un puñetero ventilador en el piso?

Ofuscada por la temperatura y cabreada por tener un sistema de transpiración tan agresivo, saca el pijama de la bolsa.

No es un pijama para compartir cama. Es un pijama viejo para dormir en la habitación individual donde creía que dormiría en esta escapada del máster, totalmente improvisada.

El colega de Pau les pregunta si necesitan algo más.

¡Aire! Está tan agobiada por el calor que se atreve a preguntar: «¿No tendrías un ventilador?

». «Claro, perdona; es que yo ya estoy acostumbrado».

¿Y Pau? Pau sigue tocando la p-u-ñ-e-t-e-r-a guitarra y cantando con voz melosa, sin una sola gota de sudor. Los pelos de las axilas bien secos.

«Me voy a dormir, mañana despertadme antes de marcharos.

Cuando terminéis de pasar los experimentos en la escuela me escribís y vamos a tomar algo».

Piensa en una manera de forzar la compañía del colega de Pau, pero no encuentra ninguna.

Le dice «buenas noches, gracias por todo» y va al lavabo a cambiarse.

Se cepilla los dientes y de repente piensa que puede malinterpretarse como señal de querer que pase algo con esos dientes.

Después se recuerda que se los cepilla cada noche, y, si alguna vez un jurado tiene que debatir si ella buscaba tema por cepillarse los dientes, podrá defenderse diciendo que lo hace cada noche.

Sale y Pau se ha tumbado en la cama apoyado en un par de cojines para seguir tocando la guitarra.

¿Qué se supone que debe hacer? ¿Mirarlo?

Canta un poco, bajito, intenta armonizar y el resultado es esperpéntico.

Roja, nerviosa y cantando como un mirlo sordo y rabón.

Que acabe ya. «Buenas noches, Pau». «¡Buenas noches! ».

Pau deja la guitarra, se tumba del todo, ocupando más espacio del que le corresponde, y se queda dormido sobre el lado izquierdo.

¡S-e q-u-e-d-a d-o-r-m-i-d-o! Ella lucha por hacer lo mismo, pero piensa en todos los ruidos que su cuerpo puede hacer si se duerme.

Coge el móvil y ve que es tarde, ya podría haber recibido el mensaje de buenas noches de Polo.

Los dedos, autómatas, teclean « Good night, guapo, dozing off here , te quiero».

[5] ¿Se puede tener el corazón encogido y a la vez latiendo como un loco?

Una hora después sigue despierta. Pau se mueve y, al colocarse sobre el lado derecho, se le queda el codo encima de la barriga de ella.

¡Encima de su barriga! Parece que él no se ha dado cuenta.

Ella mete la tripa para marcar abdominales e intenta pausar las respiraciones porque no quiere despertarlo.

Pasan tres cuartos de hora y no sabe qué hacer; se muere de ganas de mear.

Alfred

(Nueva York, veinticuatro)