Da svidániya, San Petersburgo!
¿Quién diría que dejaríamos tan buenos amigos en San Petersburgo después de todo lo que hemos vivido?
Casi no cabemos en una de las cafeterías del aeropuerto, yo estoy acomodada sobre el muslo bueno de Boris, todos nos sentamos apretujados en torno a una botella de Beluga Gold Line, cortesía del general Strogoff.
Trygve sonríe satisfecho, ha conseguido que la agencia Reuters lo contrate de manera definitiva como corresponsal en San Petersburgo.
Adiós a su situación precaria y brindamos por ello.
Lauren vuelve a Irlanda con su marido, están hartos de vivir en Rusia y retomarán su vida en Bray, un pueblo en la costa oriental.
Brindamos también porque por fin se ha quedado embarazada.
Coby se quedará como cámara de Trygve, juntos harán un equipo formidable.
Quique no puede creerse que nos hayan soltado.
Ha venido con Sandra, que me ha traído una carta de Mati, el cónsul chileno, deseándome lo mejor para nuestro futuro y que, si volvemos a San Petersburgo, no dudemos en contactar con él.
Me llevo la Moleskine llena de números de teléfono, direcciones postales en San Petersburgo y correos electrónicos.
Mi móvil chino, que ya había aprendido a apreciar, se lo han quedado en La Gran Casa.
—Za Vashe zdorovi´ye! —Levantamos los chupitos entre risas. Boris tan solo se moja los labios, sigue convaleciente, pero sus ojos claros brillan con un fulgor especial.
La mitad del vodka se desparrama sobre las manos, la otra quema nuestras gargantas. Se suceden los buenos deseos, las despedidas, algunos regalos y abrazos sentidos, de los que reconfortan el alma. Estoy segura de que volveremos a vernos, por improbable que parezca el sentimiento.
Ya acomodados en el asiento de primera clase en el avión, cortesía de la repatriación consular, Boris no ha hablado demasiado hasta que hemos despegado.
Le he pedido un té para que se tome los analgésicos y acomodo sus piernas rodeándolas con la mantita.
Se le escapa un suspiro de satisfacción y sonríe.
—¡Qué! ¿Te lo crees ya? —digo con cierta malicia.
—Ahora que estamos en el aire, sí. Reconozco que tenía miedo de que todo fuera teatro y que me prenderían en el último momento. —Me aparta la melena del rostro y sonríe—. La fortuna nos sonríe, sladkaya. Tenemos toda la vida que nos queda por delante para celebrarlo.
Chocamos los vasitos de cristal con el té y él se recuesta y cierra los ojos mientras la medicación surte efecto.
Yo estoy demasiado despejada. He pedido que me traigan la prensa internacional para ponerme al día.
Jamás había pasado tanto tiempo desconectada del mundo.
Una imagen a todo color en una de las portadas me hace contener un pequeño grito.
Aparto los demás y despliego la foto del huevo imperial de babushka exhibido en una preciosa vitrina de cristal.
—¡Boris, mira! —lo despierto sin contemplaciones y él parpadea, desorientado, como emergiendo de un sueño profundo—. ¡Léemelo!
EL SERVICIO FEDERAL DE SEGURIDAD RECUPERA UN TESORO PERDIDO DE LOS ROMANOV
Una brillante operación de contrainteligencia desarticula una red internacional de expolio y restituye al Estado un huevo de Fabergé inédito valorado en más de treinta millones de euros.
Fuentes de Defensa confirman la incautación de piezas de contrabando en la frontera y ensalzan la cooperación interinstitucional que ha devuelto la joya al patrimonio nacional. Hay al menos cinco detenidos...
—¡Una foto de Mirko Stankovich! ¡Lo han cogido!
...El cabecilla de la mafia de traficantes de arte, buscado desde hace meses por el FSB, esperará detenido en La Gran Casa a que se decida su destino.
—No creo que salga vivo de ahí —murmura Boris—. Aunque todo es posible.
—¡Sigue! ¿Qué más dice? —No quiero decirlo en voz alta, pero tengo pánico de que en algún momento delaten a Boris y lo que de verdad sucedió.
...La astucia y profesionalidad del FSB vuelve a demostrar de manera magistral que no existe ningún obstáculo que los detenga.
Con la detención del delincuente internacional y la recuperación del inestimable tesoro imperial, la condecoración del coronel Ivanov, director de la sección de San Petersburgo, está asegurada.
—¿Nada sobre lo que ocurrió en realidad? ¿Nada... sobre ti?
Boris niega mientras repasa la noticia hasta el final.
—Nada, sladkaya. Ni una sola línea sobre un desertor de las Spetsnaz. Ni una palabra del tiroteo en Palkin, de los sótanos de Liteyny 4 ni de una abogada corporativa doblando el brazo a dos generales.
Bromea con su suerte. Es incorregible.
—¿Tampoco de Strogoff? ¿Crees que ahora está en peligro?
Él deja caer el periódico sobre sus piernas y se encoge de hombros.
—No. De ahí la razón de su tibieza al defenderme.
Dar la cara por mí hubiera significado su caída en desgracia y así nada podía hacer por mí.
Me hubiera arrastrado con él —explica sin rencor.
Yo le habría arrancado los ojos cuando leyó el historial de Boris—.
De esta manera, el FSB se cuelga las medallas ante el Kremlin, Strogoff salva su carrera borrando cualquier rastro de nuestra existencia y el Estado ruso cierra filas para celebrar su victoria y la nueva adquisición. Ahora todo ha terminado.
Desliza la punta de los dedos por mis pómulos y deposita con fervor un beso cargado de promesas sobre mis labios.
—¿Te da mucha rabia haber perdido el huevo? —Cada vez que lo pienso me duele en el alma—. ¡Treinta millones de euros!
Él parece pensarlo durante un instante y sonríe.
—No rabia. Un poco de pena. Me entristece haber perdido la herencia que Masha guardó para mí pasando por tantas penurias.
—Suspira y compone un gesto de circunstancias—.
Supongo que es a ella a quien tengo que agradecer que me hayan indultado y pueda recuperar mi vida, aunque no pueda volver a pisar suelo ruso jamás.
—Sí, en eso Strogoff fue muy claro. Si se le ocurre asomar la nariz en la madre patria, irá de cabeza al Delfín Negro.
Ha quemado todos los cartuchos para protegerlo—.
Y gracias a ti, por supuesto. ¿Alguna vez has pensado en dedicarte al derecho internacional o hacer carrera diplomática?
Suelto una carcajada.
—Moriría en el intento. Oye, hablando de babushka —Intento que no se me note, pero se me escapa una sonrisa traviesa. Aún no consigo creerme que me he salido con la mía—. Tengo algo que confesarte. ¡No pongas esa cara de susto!
Me mira con sus ojos claros muy abiertos y una cómica expresión de pánico en la cara.
—¿Qué has hecho, Lorenka?
—Bueno. Pues... es que en el documento no decía nada de esto. Me refiero a que no lo especificaba —digo, bien consciente de que es un argumento traído de los pelos. Típico de abogados: aferrarse a los resquicios legales para salirnos con la nuestra.
—¿Qué no especificaba? ¿De qué hablas, mujer? —Boris se pone serio y no quiero que se preocupe más, así que me dejo de rodeos.
—La verdad es que tengo algo para ti. Extiende la mano.
—Abro el puño sobre su palma abierta y dejo caer el aro de platino con brillantes y zafiros engarzados—.
Escondí el anillo entre mis joyas en cuanto Pável nos dijo que no mencionáramos nada sobre él.
Ha estado en todo momento a buen recaudo en mi maleta, en el neceser.
¡No iba a llevar en el dedo zafiros y brillantes por valor de un millón de euros!
Boris parpadea con la boca abierta. Estupefacto. Y yo empiezo a desbarrar.
—¡Es que era una pena! ¡Ellos tienen el huevo, la yema, la gallina y seguro que recuperan el cofre!
—Es cierto. No lo mencionan en la noticia, pero si Mirko Stankovich ha caído, el cofre imperial tiene que estar ya en su poder—.
Y en el documento no decía nada, así que...
Aquí tienes. Un recuerdo de tu babushka.
Él cierra la boca y traga saliva. Me mira alucinando en colores. Yo compongo una sonrisa entre luminosa y culpable y él abre las compuertas por fin de una estruendosa carcajada.
—¡Ah, mujer! ¿Cómo es posible que seas tan terrible? ¿Sabes lo peligroso que es lo que has hecho? —Me abraza y noto en su tono de voz que no sabe si felicitarme o echarme la bronca—. ¿Y si te hubieran pillado? ¡Estarías conmigo en el Delfín Negro!
Yo me refugio en su pecho y sonrío con la cara hundida entre sus pectorales. Sigue con el brazo en cabestrillo, pero ya no le duele tanto. La piel empieza a recuperar el color normal.
—Pero no me han pillado —rebato con una sonrisa pícara—. Y no son treinta millones ni de cerca, pero quizá te sirva para comprar un piso decente y mudarte del bloque soviético en el que estás.
Él sonríe mientras sigue haciendo gestos de incredulidad con la cabeza y después me mira.
—No, Lorenka. Dame la mano. —Él la hace desaparecer entre sus manazas y después desliza el anillo en mi anular derecho. Me queda perfecto—. Quiero que lo tengas tú, y que me contestes a una pregunta loca, absurda y muy muy precipitada.
—Ay... —Jamás pensé que a mi edad y, sobre todo, con mi cinismo, sentiría las mariposas en el estómago que ahora mismo me invaden. Me mira con sus ojos celestes y todo mi mundo se detiene. Aquí y ahora.
—¿Quieres casarte conmigo?
Suelto una carcajada de pura dicha, cierro los ojos y paladeo el momento.
—Carpe diem, mi dragón moldavo. Claro que quiero.