La emperatriz
Todavía me cuesta creer que no nos hayan metido en un furgón celular rumbo a las afueras.
Cuando el convoy del FSB frena ante la verja del consulado chileno en la calle Ryleyeva, apenas soy capaz de procesar lo que pasa a mi alrededor.
El hombro me late con un dolor sordo y cada bocanada de aire es una puñalada en mis costillas, pero la niebla de los barbitúricos y el agotamiento se disipan de golpe cuando Loreto toma mi mano y me ayuda a bajar del coche.
—Buenas tardes, Loreto. Te estábamos esperando —dice el cónsul en persona. Yo tengo que cerrar la boca de la impresión.
Entra en la legación diplomática como si fuera la dueña del edificio y saluda a los guardias de seguridad por su nombre de pila.
—Sandra, ¿podrías traerme mi bolsa?
Una mujer atractiva y que sonríe con afecto, le guiña un ojo y se apresura hacia otra habitación.
Loreto encabeza la comitiva, conmigo del brazo, hacia el despacho principal. El personal consular le abre la puerta y entra incluso antes que el cónsul.
—Boris, déjame a mí hacer esto. Siéntate aquí y no te muevas —me ordena en un susurro cargado de ternura y autoridad.
Obedezco sin rechistar. Me dejo caer en la silla de cuero, agradecido de que mi cuerpo maltrecho encuentre un respiro, y me dedico a mirarla.
Es sencillamente maravillosa. Lleva el pelo revuelto, una blusa que ha sobrevivido a un interrogatorio militar y unas bailarinas planas, pero camina con la espalda erguida y el porte de una zarevna.
El cónsul le hace un gesto y la invita a sentarse en la butaca principal de su escritorio de caoba.
Se queda junto a ella, de pie. Yo estoy al otro lado.
Frente a nosotros, el general Strogoff, dos oficiales de contrainteligencia con maletines de cuero y un traductor consular que no para de secarse el sudor de la frente, se distribuyen en torno a la mesa.
Está la prensa autorizada también. Esta mujer ha pensado en todo.
Hay una pareja con acreditaciones de Reuters, y un hombre de aspecto nórdico está atento a las instrucciones de Loreto.
Supongo que es Trygve Larsen, el periodista independiente del que me habló anoche.
El seguro de vida que ha traído para cubrirnos las espaldas.
Tiene el objetivo de su réflex digital listo y un teléfono conectado vía satélite.
—Señores, no voy a hacerles perder más tiempo —dice Loreto. Apoya los codos en la mesa, entrelaza los dedos y clava su mirada castaña en los militares—. Sandra, por favor...
Veo la expresión de rabia contenida de los rusos.
Si Nikolai estuviera en su cuartel, habría mandado fusilar a cualquiera por una falta de respeto semejante.
Pero aquí, bajo pabellón chileno y con la prensa extranjera apuntándole a la cara, el viejo general solo puede sentarse frente a ella y tragar saliva.
La secretaria entra a paso rápido. Lleva en las manos una bolsa de tela. La deposita con delicadeza reverencial en el centro del escritorio, exactamente entre los papeles oficiales y el cenicero de bronce y después se aparta un poco.
El silencio que cae sobre la estancia es tan denso que puedo oír el tic-tac del reloj de pared.
Loreto no se apresura. Mide los tiempos con una crueldad exquisita, propia de una litigante que sabe que tiene al testigo contra las cuerdas. Mete la mano en la bolsa y extrae una matrioshka con sumo cuidado.
—¿Qué significa esta burla? —suelta un coronel del FSB, enfurecido ante el souvenir.
Loreto lo mira con desdén para después ignorarlo.
Con uñas impecables pese al cautiverio, abre la primera muñeca, después la segunda.
Veo a Strogoff inclinarse hacia delante. Sus ojos, habitualmente fríos y entrenados para no delatar una sola emoción, brillan con una codicia casi mística. Los dos coroneles del FSB contienen la respiración al unísono.
La pieza aparece sobre la mesa.
El esmalte blanco e inmaculado como la nieve virgen destella bajo la lámpara de latón. La banda de oro que ciñe su ecuador parece encenderse con vida propia. Loreto sujeta la mitad superior con la punta de los dedos y, con un giro milimétrico, separa la cúpula.
El aire se congela en la sala.
Deja caer en la palma de su mano la yema esférica de oro de veinticuatro quilates.
Loreto la abre con un movimiento fluido para revelar la sorpresa: la gallina imperial, diminuta, perfecta, tallada con un detalle obsesivo, custodiando en su cabeza los dos ojos de rubí que destellan con un fulgor escarlata.
Esta vez nadie disimula las expresiones de admiración.
Los rusos juntan las cabezas sobre el escritorio en un gesto casi religioso. Tienen la boca abierta. He visto a hombres duros quebrarse en el campo de batalla, pero jamás había visto a la jerarquía militar del Kremlin rendirse ante un objeto con semejante estupor infantil.
—Dios bendito... —murmura Strogoff en un suspiro reverencial, estirando los dedos enguantados sin atreverse del todo a rozarlo—. Es real. Fabergé en estado puro.
El noruego dispara tres ráfagas seguidas y el chasquido del obturador rompe el trance.
—Documentado —anuncia en inglés con una sonrisa de tiburón—. Enlace directo con la redacción en Oslo y copia de seguridad en Ginebra.
Loreto no pierde un segundo. Rearma el huevo y lo encierra entre las manos sobre el borde de la mesa, ajena al arrobamiento. A ella esa joya no le importa una mierda; solo le importa mi pellejo.
—La documentación, general —exige con voz cortante.
Strogoff parpadea, arrancándose del hechizo de la reliquia, y hace una seña. Uno de sus hombre abre su maletín y extrae la carpeta roja de la Fiscalía Militar Suprema. Los sellos de lacre están intactos.
—Ahora entrégueme el huevo.
Loreto lo fulmina con la mirada. Deposita el huevo en la palma de mi mano y abre la carpeta. Revisa cada cláusula, cada artículo y cada firma. con ayuda del cónsul. No lee: disecciona. Pasa las páginas con una frialdad quirúrgica.
Mientras, yo noto el peso y el frío del metal en mi mano. Elevo una plegaria de agradecimiento a mi babushka. A la contadora de historias. A la pícara tramposa. Ella también me ha salvado la vida. La voz afilada de Loreto me ancla de nuevo a la realidad y yo me despido en silencio de mi familia.
—Falta el visado de salida consular para el capitán Radchenko y la revocación de la orden de busca y captura en Interpol —señala ella con el índice sobre un párrafo.
—Está en el anexo tres, letrada —responde Strogoff.
Parece a punto de perder la paciencia, sé que se está conteniendo—.
Orden de archivo definitiva. Causa penal número 408/14 sobreseída por extinción de responsabilidad.
Inmunidad absoluta. Boris Mijailovich Radchenko no existe para los tribunales de la Federación Rusa.
—Alza su mirada del documento y la clava en la mía—. Es un hombre libre.
Firmamos. El sonido de las plumas estilográficas rayando el papel oficial es la mejor música que he escuchado en toda mi vida.
Cuando Loreto estampa la última rúbrica, se recuesta en el sillón de piel y me anima con una sonrisa. Me tiembla la mano cuando deposito el huevo en el centro de la mesa ante la mirada lujuriosa de los militares y los agentes del FSB.
—Caballeros, el patrimonio del zar vuelve a su patria. Pueden retirarse.