De amor y vodka La suerte y su significado #2
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La suerte y su significado #2

—Les daremos más información cuando Boris sea liberado.

Entiendo que, si no son ustedes capaces de tomar las decisiones pertinentes, tendremos que elevar la causa a sus superiores en el Kremlin —digo con toda la frialdad de la que soy capaz, si tengo en cuenta que Boris me está triturando el muslo y me entra un retortijón de los nervios—.

Quizá una instancia superior sea más expedita y tenga más atribuciones a la hora de resolver el problema.

Quizá el Ministerio de Exteriores. O el de Interior.

BUM.

He tirado la bomba con la pista que me ha dado Boris. El oficial del FSB pone cara de haber chupado un limón. Vuelven a discutir entre ellos, pero esta vez, se detienen al ver que Boris escucha.

—Salgan un momento.

Nos acompañan a la misma sala de espera amarillenta que ahora hasta me parece acogedora. Intento acomodarme en los sofás y compruebo con disgusto que son de plástico. Lo cambio por una silla incómoda en una esquina. Boris pasea de un lado al otro con el rostro crispado.

—¿Estás bien, Borya?

—Tengo un poco de dolor. Estoy bien, sladkaya —dice con tono tenso. Es decir, que debe de estar a punto de desmayarse, por cómo minimiza todo siempre este hombre.

Han registrado mi bolso otra vez, pero me lo han devuelto. Busco en mi neceser algún analgésico para los días de regla y le doy un blíster ibuprofeno.

—Deja que pida un vaso de agua.

Se mete dos comprimidos a la boca y los traga a palo seco. Joder.

—Lorenka, vamos a sentarnos un momento.

Sé lo que me va a decir. Y no quiero. No quiero escuchar. Me invade el sentimiento de una pataleta infantil, estoy a punto de taparme los oídos y cerrar los ojos muy fuerte.

—No.

—Loreto, tenemos que ser realistas. No van a soltarme. Sería una humillación para ellos y estamos hablando de un gobierno que está obsesionado con que no lo humillen. —Me agarra de una mano y la aparta de mi rostro para mirarme a los ojos—. Negocia mi exilio a Siberia.

—No. ¡Vas a perder la única herencia de tu familia y todo lo que dejaste atrás!

—digo indignada. Él deja caer de sus labios una sonrisa triste—.

¡Y ya has pagado un alto precio! ¿Qué dirían Sasha y Katya al saber que te rindes?

¿Su muerte no vale nada? Has luchado durante diez años para construir una nueva vida.

—Sé que le duelen todas y cada una de mis palabras, cierra los ojos un par de segundos ante la mención de su mujer y su hijo—.

No te rindas. No la tires por la borda. ¡Quiero tener la oportunidad que continuemos con lo que hemos empezado!

¡Creo que de verdad tenemos un futuro! ¿Tú no?

Tira de mí y me abraza como puede. Me besa el pelo en ese gesto que ya es costumbre entre nosotros.

—Claro que sí. Tienes razón. Pondré todo de mi parte para que así sea.

Solo te pido... —Suspira y se frota la cara en su gesto más personal de desesperación—.

Intenta mantener un tono civilizado. Escucha hasta el final lo que tengan que decir.

Me niego a aceptar que Nikolai me ha abandonado. Espera.

Uno de los soldados nos conduce de vuelta al despacho. El alto cargo del FSB ya no está y Boris me lanza una mirada esperanzada.

—Ahora negociaréis conmigo. Ivanov, el burócrata del FSB, está furioso porque ha tenido que dar su brazo a torcer, pero le he hecho mirar por la ventana —dice Strogoff en español, asomándose hacia afuera.

Hay más gente que ayer y más periodistas—.

No quiere que esto escale hacia instancias superiores, así que iremos rápido.

Aquí tenéis una declaración jurada: si entregáis el huevo y la información aportada nos lleva hasta Stankovich, Boris será liberado sin cargos. Lo juro por mi honor.

Boris sonríe. Su protector no lo ha abandonado.

Firmamos. Yo en calidad de abogada, Boris como procesado.

Por supuesto, he exigido los documentos por triplicado.

He hecho que Strogoff entregara una de las copias en valija diplomática a Quique para que la lleve al consulado.

Sé que, pese a tomar esa precaución, pueden desdecirse.

Hacerlo desaparecer. Hacerme desaparecer a mí.

Aunque, según palabras del general Strogoff: «No queremos quedar mal con Occidente». Je. Las apariencias lo son todo.

Y todo vuelve a empezar. Se suceden las preguntas. Quién. Qué. Cómo. Cuándo. Dónde. Por qué. Esta vez, podemos dar respuestas.

Nos hacen careos con un montón de fotos e identificamos a cinco de los matones.

También informamos sobre el enlace que tenían en el hotel.

Su contacto en la casa de subastas. En el restaurante Palkin también debió de haber alguien que facilitara su entrada.

Repasamos una y otra vez los detalles durante cuatro largas horas.

—¿Es suficiente?

No hemos comido ni bebido nada. Solo he visitado, supervisada, el cuarto de baño en una ocasión. Boris casi no ha intervenido. Su piel tiene un color grisáceo y, aunque me mira y sonríe, las arrugas de su frente no desaparecen y tiene los ojos vidriosos. Sigue con dolor.

Pero no nos queda otra que esperar a que nos suelten de La Gran Casa.

Tras una hora de agotamiento, en que nos sostenemos el uno al otro en el sofá de polipiel, viene un soldado a buscarnos.

—Vengan conmigo.