La suerte y su significado
Me entran sudores fríos al ver el edificio adusto de nuevo.
Todos mis instintos me gritan que no entre.
Que me vaya lejos. Pero ahora tengo a Boris a mi lado, me abraza por los hombros y me besa el pelo de vez en cuando con gesto distraído.
Eso me hace sentir fuerte. Además, acabo de ver que Trygve, Lauren y Coby me saludan con la mano con una sonrisa desde la esquina, al otro lado de la acera, fumando y con un café para llevar.
Los acompaña Quique, así que respiro tranquila.
El plan está en marcha. Cuando respondo, Trygve me hace una señal de pulgares arriba y sonríe.
Junto a la puerta se aglomera más gente todavía que ayer. Está lleno de soldados armados. Miro arriba y abajo de la avenida. Los carros blindados negros cierran el paso.
La puerta de la berlina se abre desde fuera y me inunda el pánico.
—¡He cambiado de opinión! —El tono me sale demasiado agudo—. No pienso entrar con Boris en esa ratonera. ¡Llévennos ahora mismo al consulado chileno!
Un agente me agarra del brazo e intenta sacarme del coche. Yo me aferro a la manija sobre la puerta, y cojo aire para ponerme a gritar, cuando noto la mano grande de Boris posarse con calidez sobre mi muslo.
Le dice algo al tipo con calma y me suelta en el acto. Me vuelvo hacia él, histérica.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿No tengo razón?
—Sladkaya... No van a llevarnos al consulado —dice con voz baja, pausada. No quiere luchar, lo que es incomprensible después de todo lo que ha pasado—. Si nos negamos a colaborar, esperarán a que caiga la noche o a que se dispersen las cámaras. Y entonces nos sacarán a golpes.
—Boris, si cruzas esa puerta te van a destrozar. No puedo dejar que...
—No si entramos juntos —aprieta mis nudillos con suavidad, y desengancha mis dedos del asidero uno a uno—. Tú me arrancaste de la muerte en esta casa, Lorenka. Ahora entra conmigo. De frente. Con la cabeza alta.
Me preocupa un poco Boris, está muy raro. Sereno, casi pasivo. Con pleno control de sus emociones. Entregado. Yo estoy que me subo por las paredes y justo antes de entrar en el despacho del general o lo que sea «ferretería andante», lo detengo.
—¿Qué te pasa?
Él niega con la cabeza y sonríe para tranquilizarme, pero me causa el efecto contrario.
—Nada, Lorenka. Me alegra que todo esto acabe.
—¡No puedes rendirte ahora! —digo alarmada por su tono resignado.
No contesta porque el soldado que nos escolta abre la puerta y señala con impaciencia. Nos recibe un tipo del FSB, también está allí Strogoff. No hay señales del general ferretería andante, y me cuesta un mundo mantener la boca cerrada y no preguntar por él.
Tienen la deferencia de hablar en inglés para que yo me entere, esta vez no hay traductor ni nadie que vele por nuestros intereses, así que cambio el chip y me hago a la idea de que ahora soy abogada, no testigo.
—Bienvenidos de vuelta a ambos. Lamentamos habernos conocido en tan singulares circunstancias —dice el oficial vestido de negro.
No le hacen falta galones ni condecoraciones para inspirar respeto.
Miedo, más bien—. Soy el Director de Sección.
Esperamos enmendar cualquier inconveniente que hayan podido sufrir en las estancias del FSB.
—¿Inconvenientes? —Se me escapa una risita. Estos rusos son los reyes del eufemismo—. ¡Boris sufrió una parada cardiaca a dos despachos de aquí!
—Espera, Loreto —susurra él, a mi lado, mil veces más prudente que yo.
Ellos hacen caso omiso a mi puntualización y no pierden el tiempo en saludos de cortesía ni preguntas de cómo estamos. Van al grano.
—Esperamos que hayan decidido ya qué camino seguirán después de la conversación de ayer. Capitán doctor Radchenko —dice ahora Strogoff—, ¿va usted a entregar el huevo?
—¿Qué ganará mi cliente si así lo hace? —Interrumpo yo, que Boris ya ha cogido aire para contestar.
Strogoff pasa a hablarle en ruso y mi cabreo se eleva a la enésima potencia.
Sé que él habla un perfecto español, de modo que contrataco—.
Si vamos a empezar así, paro todo este teatro, exijo un traductor, protección consular y un equipo de abogados.
Y les recuerdo que la prensa está ahí fuera.
No hace falta que diga más. Boris posa la palma de su mano sobre mi muslo, pero yo estoy inmersa en mi papel. Aunque lleve una blusa arrugada, unos vaqueros carreteados y bailarinas rosas.
—De acuerdo. Hablaré en inglés para que todos entendamos —se rinde por fin Strogoff.
Pensé que abogaría más por Boris, pero su actuación es bastante tibia—.
Queremos el tesoro imperial. Pertenece a Rusia.
Estamos dispuestos a pagar por él los treinta millones de su tasación, pese a que falta el cofre.
—Acepta el trato, Loreto —dice Boris en voz baja. Yo lo ignoro.
—¿De qué le sirve el dinero a mi cliente si va a estar exiliado en Siberia, encarcelado o muerto? —No me corto un pelo—. Si vamos a entregar el huevo, queremos la liberación y el indulto. Que borren su expediente. Foja cero.
—Señora Morán, ya le dije la primera vez que nos encontramos que parece usted haber visto demasiadas películas americanas —dice Strogoff con tono amenazador. El otro, el tipo siniestro del FSB, asiente con un movimiento seco—. Existe un procedimiento legal y hay que respetarlo.
—Sí, claro. Eso que se lo digan a Navalni. —Boris me aprieta el muslo con fuerza, vuelvo a ignorarlo—. No queremos dinero. Queremos el indulto.
—El destino del capitán doctor Radchenko es solo competencia del ejército ruso.
—No, porque es ciudadano chileno. Y su país de nacimiento es Moldavia. En todo caso, tendrían que extraditarlo a Tyraspol para ser juzgado allí.
—Eso no es así. Los crímenes cometidos y la deserción fueron aquí en Rusia —replica con rapidez Strogoff. Yo me estoy más que hartando—. Y el huevo imperial debe volver a donde pertenece: al patrimonio estatal.
No sigo peleando. Estos tipos son lo más correoso que me he topado en los casi veinte años que llevo como abogada. Creo que el único lenguaje que entienden es el que ellos mismos hablan.
—Muy bien. Entonces, les echaré encima a la prensa. A todo el cuerpo diplomático chileno. Al español. ¡Montaré un escándalo de tales precedentes que todo el mundo va a saber quién es Boris Radchenko!
En algún momento me he puesto de pie, estoy hiperventilando, apoyada sobre el escritorio y mi cara está frente a frente con Strogoff. Casi nada. Los dos soldados de la puerta se acercan, pero él los detiene con un gesto de la mano.
—Por favor, nada de esto es necesario, señora Morán.
Pero entienda que el capitán Radchenko debe recibir un castigo.
Es un desertor —dice el general. Mira significativamente a su, hasta ahora, protegido, y yo me pregunto si su cambio en las tornas no obedecerá a alguna estrategia.
Intento buscar sus ojos, pero me rehúye—. No puede salir impune.
—¿Más castigo que perder a su mujer y a su hijo?
¿Más castigo que renunciar a su vida en Rusia y huir a Chile abandonándolo todo?
—Strogoff asiente, pensativo. Creo que me indica el buen camino y sigo con esa línea argumental.
Boris se hunde en la silla, derrotado—. ¡Él tenía una buena vida aquí y el ejército se lo arrebató todo!
Se hace el silencio y yo me siento presa de una horrible frustración. Odio este punto muerto en el que quedan las negociaciones. Los rusos hablan entre ellos, en voz baja, apresurados.
—¿Qué dicen? —pregunto a Boris con desgana.
Mis esperanzas se van a pique. Juegan a eso, al desgaste, al despiste, a que te rindas. No van a lograrlo conmigo, pero estoy cansada.
—Me extraña que lo hablen frente a nosotros, pero tienen prisa en solucionarlo.
Al parecer, el embajador chileno en Moscú viene de camino y las cosas amenazan con subir un peldaño en la escalada —contesta en voz baja, atento al bisbiseo de los militares—.
Por el momento, es un asunto local. Han logrado contenerlo para que no salga de San Petersburgo, pero si la prensa sigue haciendo ruido, esto se les va a ir de las manos.
—O sea, que no quieren molestar a los de arriba, ¿no? —interpreto con cierta malicia.
Boris asiente y me gusta ver en su rostro una pequeña sonrisa.
Es hora de cargar con la caballería.
—No entiendo por qué pierden el tiempo reteniéndonos a nosotros, cuando ya conocen las condiciones —digo alzando la voz para sacar a los generales de su discusión—, y no centran sus esfuerzos en la detención de Mirko Stankovich y sus matones.
¿Acaso no están tan preocupados por el patrimonio de Rusia? Empiecen por eso.
El general Strogoff deja de hablar y me presta atención. El otro clava la mirada en mí.
—¿Dónde vieron a Mirko Stankovich por última vez? —demanda, incapaz de esconder su interés.
Boris toma el testigo, porque aquí yo voy a ciegas.
—En el aeropuerto. Su idea era huir a Finlandia, donde le esperaba un avión para volar a Serbia. No sé si lo habrá hecho, al no conseguir el huevo. —Abre las manos en un ademán cargado de impotencia—. Quizá se conformen con el cofre. Además de que decía tener en su poder otras piezas.
Joder con la eficiencia rusa. Strogoff envía en el acto a uno de los soldados a hacer comprobaciones.
—¿Cómo logró usted ocultar el huevo? Es un erudito del arte. —El general amusga los ojos. No nos cree.
—Él quizá sí, pero sus matones no tienen ni idea.
Tampoco tuvieron mucho tiempo para comprobar lo que se llevaban —aclaro con cara de póquer.
Supongo que estarán acostumbrados a todo, pero yo no pienso relatar el acarreo imperial en mi coño—.
Reemplacé el huevo con un objeto parecido y ellos tardaron un poco en darse cuenta o no abrieron el cofre hasta que nosotros ya estábamos fuera de su alcance.
—¿Qué otras piezas obran en su poder? —pregunta Strogoff.
Boris abre la boca para responder, pero yo lo detengo de nuevo. Lo fulmino con la mirada, ¿es que va a soltarlo todo sin pedir nada a cambio?