De amor y vodka Fatalismo ruso
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Fatalismo ruso

Una enfermera de paso elástico y resolutivo me conduce por el largo pasillo de una planta restringida.

Esto no lo hay en el San Lucas. A Quique no le han permitido entrar, así que se encontrará con Trygve para ponerse al día.

Voy sola. Me inunda la ansiedad. Quiero abrazar a Boris.

Besarlo. Comprobar que está bien. Contarle todo lo que ha sucedido en estas horas de locura que parecen años.

—¡No teléfono! —me advierte la enfermera en inglés y con tono autoritario.

Delante de la puerta, por supuesto, un soldado con su correspondiente ametralladora se levanta de la silla como accionado por un resorte. Intercambian unas frases en ruso, parecen coquetear. Yo golpeo el suelo con la punta del pie, estoy de los nervios.

—El general Strogoff ha autorizado su presencia durante la hospitalización del detenido —dice el soldado en cuanto la mujer se va—. Permítame su bolso.

Saco la carpeta y se lo doy sin discutir, no espero a que lo revise. En cuanto tiene las manos ocupadas, me cuelo en la habitación.

Mi dragón dormido.

Un sentimiento inesperado de ternura me azota.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Pese a que quiero correr hasta él, me sujeto.

Su enorme cuerpo de titán, bastante maltrecho, más delgado, reposa en la cama con el torso desnudo y un pantalón ligero de algodón gris.

Cada respiración profunda me calma. El lento sonido rítmico del monitor cardiaco, a muy bajo volumen, es tranquilizador.

Y pensar que estuve a punto de tirarlo todo por la borda por pura cobardía.

Me siento más viva que nunca. Con el hambre y las ganas que tienes cuando se abren ante ti un millón de oportunidades. Un mundo nuevo. La posibilidad tangible de un amor real. Escogido. Extraordinario. Con él.

Me acerco sin hacer ruido y me siento a su lado. No me resisto a deslizar los dedos por su frente en un intento de borrar las líneas preocupadas que la cruzan. Después, por los labios llenos, aún algo hinchados. Abre sus preciosos ojos claros, soñolientos como los de un niño, y sonríe.

—Lorenka...

Nuestros labios se unen en un beso suave de reparación, se aprietan en reconocimiento, se liberan en alivio desbordante.

Nos buscamos. Él me acaricia la melena y yo me aferro a su nuca con la felicidad de saber que estamos vivos, que estamos juntos.

Lo abrazo con fuerza y un gemido de dolor mezclado con risas me hace apartarme un poco.

—¿Estás bien? —pregunto, preocupada.

—No es nada. Es el hombro. Y creo que me han roto un par de costillas durante la reanimación. —Sonríe para quitarle importancia—. Siento que me ha atropellado un camión. Con cuidado, ¿sí?

Me fijo en que lleva el brazo en un aparatoso cabestrillo; tiene el tórax todo amoratado, su piel muestra un caleidoscopio de colores desde el amarillento al púrpura intenso.

—Te han dado duro —digo sobre sus labios. Los beso de nuevo. También sus párpados. Leo su rostro con las manos. Él me atrapa los dedos y los besa.

—Es cierto. Pero aquí estoy, contigo. ¡Soy afortunado!

—Lo ocurrido no ha disminuido ni un ápice su alegría de vivir.

Cuánto tengo que aprender de él—. ¿Cómo estás tú?

¿Te han hecho daño? No sé nada, me tienen aislado aquí desde que llegué.

Aunque también es cierto que no he despertado hasta hace un par de horas.

—Hazme sitio —le pido, descalzándome para acomodarme a su lado en la cama. Me cobija bajo su brazo bueno con cierta dificultad y movimientos lentos. Yo lo beso en el pecho—. Tenemos mucho de qué hablar.

Él me besa en el pelo. Sonríe.

—¡Mucho! Ahora me encuentro mejor. —Suelta una risa suave que me cae como un bálsamo—. Es increíble lo que hacen una cura de sueño, un suero glucosalino en vena, una buena ducha y una comida caliente. Aún estoy un poco apaleado, pero pasará. ¿Y tú? ¿Tú estás bien?

Este hombre es increíble. Ayer lo reaniman de una parada cardiaca y hoy dice que está «un poco apaleado». Suelto un largo suspiro.

—Estoy agotada, pero ha valido la pena. Estamos juntos, ¿no? —Me besa de nuevo y lo detengo—. Oye, vamos a centrarnos un poco. Si seguimos regodeándonos en nuestra felicidad, no acabaremos nunca. Tengo un documento que tienes que leer. Después trazaremos juntos un plan.

***

Tengo que concentrarme para no mirar a Loreto una u otra vez.

Es una mujer extraordinaria. He leído el documento dos veces, examinando cada detalle de esa prosa enrevesada y pedante, llena de circunloquios, y que no ofrece ninguna garantía.

Ella me cuenta lo conversado con los oficiales.

Me conforta saber que mi protector se encuentra entre ellos, aunque sé que estará atado de pies y manos.

—Al menos no tienen intención de regalarme la bala. Quizá pueda librarme del Delfín Negro, también —aventuro con cierta esperanza—. Supongo que serán trabajos forzados.

—¿Qué? —dice Loreto indignada. Se incorpora a mi lado y me mira con los ojos desorbitados—. ¡De eso nada! ¡La idea es que te indulten, Boris! ¡Eso es lo que les he exigido yo! Que retiren todos los cargos. Que los hagan desaparecer o lo que sea que hagan en sus tejemanejes turbios.

Yo río. Mi gatita furiosa vive en otro mundo, pero no puedo evitar contagiarme de su fuerza y optimismo.

—¿Quién sabe? —cedo un poco, aunque no quiero que se haga ilusiones. Lo más probable es que acabe exiliado en Siberia por una larga, larga temporada.

—No solo son los treinta millones del huevo, es el valor sentimental. ¡Una reliquia de la Rusia Imperial! ¡El primer huevo del zar Alejandro III! —Ensalza ella con gestos exagerados de las manos—. Además, quizá tengamos un as en la manga.

—¿A qué te refieres?

—Mirko Stankovich y sus matones. Quieren información y nosotros la tenemos.

—Hum. Tiene sentido. Si están expoliando patrimonio ruso, querrán pararle los pies como sea. —No. No quiero hacerme ilusiones. Ni quiero tampoco alimentar esperanzas en ella—. ¿Qué has pensado?

Me expone su plan de negociación. Es una mujer brillante.

Yo ni siquiera había considerado que pudiera ser de utilidad.

Tampoco sé cuánto les he soltado bajo el efecto de los barbitúricos.

No mucho, si han presionado a Loreto por información.

Ella, con lápiz y papel, evalúa, escribe una lluvia de ideas, plantea argumentos.

Yo tengo un terrible dolor de cabeza y llega un momento en que desconecto.

—¿Borya? ¿Estás dormido? —Percibo su voz suave amortiguada. No tengo fuerzas para abrir los párpados.

—Necesito dormir, sladkaya. ¿Acaso tú no?

Me mira y sonríe, culpable.

—Vale. Sí. Creo que si dejo de hablar caeré fulminada.

Se acomoda en mi pecho. Me rodea con su brazo. Hace calor, pero su contacto me arrulla hacia el sueño mientras yo velo por el de ella, que cierra los ojos y duerme.

Es de noche en San Petersburgo. Hemos dormido más de tres horas.

Si no fuera porque una enfermera acude para tomarme la tensión y anotar mis constantes vitales, habría seguido hasta mañana.

Loreto aún no despierta y yo me bebo su rostro sereno, el aroma dulce y floral de su piel, sus labios rosados.

Sus pechos se apoyan en mi costado y su antebrazo desnudo, atravesando mi abdomen, me generan una desazón difícil de manejar.

No quiero moverme, no quiero interrumpir su sueño, pero el deseo comienza a crecer desde mi pecho y se canaliza en una corriente que electriza mi cuerpo.

Quiero aprovechar cada segundo, porque no sé cuánto va a durar.

La suerte de tenerla entre mis brazos, de escuchar el torrente de sus palabras nerviosas y llenas de energía.

De besarla y dejarme caer en sus labios.

De hacerle una vez más el amor. No van a esperar a que esté recuperado.

Es cuestión de poco tiempo que vengan a por mí.

Siberia no es tan malo, comparada con una bala o el Delfín Negro.

Me gusta el frío. Los paisajes helados. La vida espartana.

Sé que intento convencerme a mí mismo. Quisiera volver a mi vida en Chile, con Loreto, pero sé que es un sueño imposible.

Me inunda un sentimiento de resignación. No soy fatalista, solo intento enfrentar la realidad. Y vivir el momento.

—Lorenka —susurro sobre su pelo.

Deslizo la mano por su espalda y dibujo los resaltes de su columna con los dedos, desde la nuca hasta al trasero. Cuando llego a sus nalgas llenas, curvo la mano sobre ellas y la estrecho contra mi cadera. Ella emite un rezongo perezoso.

Me acaricia los pectorales con cuidado. Evita mi hombro maltrecho y roza con la yema de los dedos el pezón.

Alza el rostro, sonríe soñolienta y posas sus labios sobre los míos.

Nada decimos. Nos hablamos a besos. Yo estoy alerta a cualquier ruido o movimiento que provenga de detrás de la puerta cerrada.

Nuestras respiraciones se profundizan mientras busco piel debajo de su blusa.

Ella se queda inmóvil durante unos segundos y después se desabrocha la prenda.

No se la quita, pero la deja abierta. Intento alzar los dedos de mi brazo en cabestrillo y emito un gemido de dolor que me hace reír.

Ella posa el índice sobre mi boca y me mira, alarmada y divertida.

Somos dos adolescentes jugando a descubrirnos en la oscuridad prohibida.

Mi mano libre tiene poco rango de movimiento, pero la deslizo bajo la tela de sus vaqueros, quiero apretar sus nalgas, rozar su sexo, sentirla más y más cerca. Ella se apodera de mi erección y la hace crecer con un vaivén lento. Los besos se profundizan, se humedecen, se hacen fieros.

—Quítate esto —susurro sobre su boca. Tironeo de los pantalones con torpeza, es difícil con un brazo inutilizado.

Ella lanza una mirada rápida hacia la puerta, son pasadas las cuatro de la mañana; la enfermera ya ha hecho la ronda; solo se escuchan los roces de las sábanas, los crujidos de la cama articulada con algún movimiento y nuestras ganas.

Se deshace de los pantalones. Después de un momento de duda, se quita el sujetador y las bragas.

Durante un instante glorioso, ella está desnuda en la penumbra, a contraluz de la claridad tenue que entra por la ventana desde la ciudad.

Después, vuelve a ponerse la camisa y se monta sobre mí a horcajadas.

Ahora sí. Puedo tocarla. Deslizo la mano por la bisectriz de su cuerpo, rodeo su cuello y la atraigo hacia mí, no puedo estar más tiempo lejos de esos labios.

Siempre hago el amor como si fuera la última vez, pero, esta vez, bien puede que de verdad lo sea.

Loreto libera mi miembro henchido, cabalga sobre mí aprisionándolo entre los dos con su sexo, se desliza sobre mi envergadura en una tortura dulce y lenta.

Una mano no es suficiente para todo lo que quiero hacer con ellos, pero el dolor paraliza la otra cuando lo intento.

Sus pechos. Ah, sus pechos. Quiero apretarlos.

Amasarlos. Tentar sus pezones. Pellizcarlos.

La inclino hacia mí y los busco con la boca.

Los lamo, succiono y muerdo con fruición.

Ella emite un gemido ronco desde su garganta, amortiguado por la unión de nuestras lenguas.

Ansío cobijarme en ella y la aparto un poco.

Ella se alza sobre las rodillas y me mira desde lo alto.

Sus ojos mezclan lascivia y diversión. Deseo y ternura.

Amor, quizá, y fuerza. Dirige mi miembro hacia su interior y, dejándose caer con una lentitud desesperante, sonríe cuando me abro paso en su carne.

Y baila sobre mí una danza húmeda, lúbrica, que eleva con cada cimbreo de sus caderas las cotas de placer.

Se inclina y encierra mi rostro entre sus manos, me da un toque travieso nariz con nariz, y vuelve a sellar nuestras bocas en un beso lento.

De pronto, cambia el tempo, espolea el ritmo, el roce frenético de su sexo en mi sexo nos prende fuego en una deflagración súbita.

El monitor acelera el pitido de la frecuencia cardiaca y manoteo hasta apretar el botón amarillo que pausa las alarmas.

Ella se arquea y se muerde el puño para no gritar.

Un gruñido inevitable escapa de mi garganta.

El sudor y la humedad suavizan nuestro abrazo cuando ella cae de nuevo a mi lado.

Un ruido al otro lado de la puerta me alerta, pero es tan solo una silla que se arrastra.

Loreto duerme, yo soy incapaz. Velo su sueño con una mezcla de resignación por lo que viene y felicidad por lo vivido. El alba precoz de la noche blanca clarea por la ventana y los párpados me pesan.

Percibo un leve movimiento en la habitación, pero quizá lo he soñado.

La lucidez intenta emerger desde la profundidad onírica en la que estoy sumido.

Mi cuerpo está dolorido. Anquilosado. Mi mente, aún en una neblina densa.

Pero el tacto delicado de unos dedos recorriendo mi rostro no lo sueño. ¿Es real lo que ha ocurrido esta noche?

—Buenos días, dragón —dice ella, aún siento su piel desnuda contra mi costado. La cubre la camisa y una sábana echada sobre nuestras piernas.

—¿Dragón? —Amusgo la mirada. Ella ríe.

—Cuando duermes, pareces un dragón en reposo. Así te he llamado en mi mente desde la primera vez que dormimos juntos —explica casi sin despegar los labios, adormilada—. Yo soy tu sladkaya. Tú eres mi dragón.

—También eres una gatita furiosa —confieso al fin. Me encojo por si tengo que encajar un golpe.

—¿Gatita furiosa? —bufa ella, indignada.

—Porque, cuando te enfadas, eres una gatita adorable que saca las uñas.

Reímos con una complicidad que me sorprende cuando la puerta se abre y otra enfermera nos mira con cara de pocos amigos.

—Debo tomar sus constantes vitales. Y a las ocho entrará el médico junto con un oficial a darle el parte de su situación a sus superiores y los papeles de alta. —Mira a Loreto con cierta condescendencia—. Les sugiero una ducha. Fría.

Señala el cuarto de baño y Loreto, envolviéndose en la camisa, se dirige hasta allí con una media sonrisa. Yo espero pacientemente a que termine su trabajo.

Se acabó. Tengo el alta médica. Lo que quiere decir que quedo a disposición de las autoridades. Que sea lo que el destino quiera. Nada me importa ya.

Cuando ella sale, yo la relevo. En la ducha, tomo la decisión de no caer en la cobardía ni rebajarme a pedir nada. Lo único que me queda es mi dignidad como hombre.

Loreto y yo estamos listos cuando, tras un desayuno frugal y la entrega por el médico del parte de alta, un soldado viene a buscarnos y nos conduce de vuelta a La Gran Casa.