Negociaciones
Son las once de la mañana. Han tenido la deferencia de traerme un desayuno más o menos decente, y he podido darme una ducha en un cubículo limpio, pero de un desagradable color beis.
Todo el interior del edificio es gris amarillento y, en el baño, eso no da una buena sensación.
Me acuerdo de los mosquitos voladores del desagüe del Kempinski y me entra la risa floja.
Cómo cambian las cosas. Ahora abrazaría el váter de lo contenta que estoy cuando el agua caliente arrastra el sudor y parte del cansancio.
Cuando salgo del baño, el eficiente soldado que espera en la puerta y me sigue a todas partes «para ayudarme» me conduce a un lugar distinto.
Un despacho con alfombras persas, butacones de terciopelo y cuadros con marco barroco.
Hay varios militares hablando en tono serio.
Reconozco a uno de ellos: es el del nombre de la ternera, Stróganov.
Boris me habría corregido al instante. Me mira, pero su expresión se mantiene impasible, como si no me conociera de nada.
Yo no hago aspavientos. Mejor no agitar el avispero más de lo que está.
—Se agradece el cambio —susurro al traductor mientras me acomodo en la silla tapizada a su lado. Él alza las cejas en un gesto divertido—. ¿Quién es?
—El general Doriansky. Uno de los peces más gordos de por aquí. Por cierto, yo soy Enrique. —Nos estrechamos las manos con una sonrisa furtiva—. Llámame Quique.
—¿Qué dicen? Está muy caldeado el ambiente.
Señalo con disimulo al hombre que se sienta al otro lado del escritorio. Lleva más metal encima que una ferretería; no hay un centímetro de tela que no tenga una condecoración. Está girado hacia los otros oficiales; la discusión está que arde.
—No se ponen de acuerdo —murmura Quique tapándose la boca con disimulo—.
Por un lado, tu hombre tiene un historial que asusta y es un desertor.
Por otro, quieren recuperar a toda costa el huevo imperial.
Para los rusos, estas reliquias de la época de los zares tocan el orgullo nacional; no van a tolerar que termine en manos extranjeras.
Perfecto. Ya sé lo que tengo que hacer.
—Disculpen. —Nadie me escucha, así que carraspeo con fuerza—. ¡Disculpen, caballeros!
Se hace el silencio y se vuelven hacia mí. Los recibo con una enorme sonrisa.
—No sirve de nada que hablen entre ustedes cuando quien custodia el huevo soy yo, en nombre del doctor Radchenko —digo con lógica aplastante—. Es conmigo con quien deberían negociar.
—El tesoro de los zares pertenece a Rusia. La ley protege cualquier patrimonio imperial. ¡Debe devolverlo de inmediato! —brama la ferretería andante, indignado.
—Ahora mismo pertenece a la custodia diplomática del consulado chileno —suelto sin pestañear.
A ver si estaban pensando que llevo el huevo escondido en el coño—.
Estoy segura de que podemos entendernos y llegar a un acuerdo.
El doctor Radchenko estará más que dispuesto a donar el huevo imperial si se retiran los cargos, bastante injustos, por cierto, que pesan sobre él.
Por dentro se me encoge el estómago hasta el dolor. Si estos tipos mandan ahora mismo una patrulla a registrar el consulado y revientan el escritorio de Sandra, Boris está muerto. Literalmente.
—Señora Morán, el capitán Radchenko eliminó siete objetivos de muy alta sensibilidad en su paso por las Spetsnaz —interviene con tono gélido un oficial que permanece de pie—.
Es un desertor. Debería cumplir cadena perpetua en el Delfín Negro.
Por no hablar de que, una vez expuesta su identidad, los organismos internacionales podrían interesarse por él.
Corre peligro. Lo mejor es que, por su propia seguridad, permanezca bajo nuestra protección.
Reprimo una carcajada de pura rabia. Clavo la mirada en el general Strogoff.
—Sí, claro. Bajo su protección. ¡Por eso está ahora mismo en la UCI, después de haber sufrido una parada cardíaca delante de sus narices!
—suelto envuelta en furia—. Les advierto que todo el caso está en manos del periodista Trygve Larsen y que los enviados de la agencia Reuters han documentado todo lo que ha pasado aquí.
—Respiro hondo y exhalo muy despacio. Tengo que calmarme—.
No solo van a soltar a Boris. Van a indultarlo de cualquier cargo, y van a hacerlo ya, si no quieren un escándalo internacional más mediático que el de Alekséi Navalni.
Se cruzan miradas. He tocado hueso.
—Si nos entregara el huevo —añade otro militar con tono obsequioso—, el mando podría considerar que el presidente rebaje sustancialmente las penas de su condena.
—No. Si quieren el huevo, tendrán que liberar al doctor Radchenko de todos los cargos, respetar su residencia en Chile y hacer desaparecer cualquier registro de sus actuaciones en las Spetsnaz.
—Hago una pausa cuando alzan la voz con indignación fingida—.
¡Vamos! Tienen experiencia de sobra en hacer desaparecer expedientes mucho más comprometedores que el de un médico que lo perdió todo y que no pisa este país desde hace diez años.
—Ellos me observan en silencio. Yo me vuelvo hacia su protector—.
Y estoy segura de que aquí hay oficiales de peso que pueden interceder por él.
El círculo entre ellos se estrecha y vuelven a debatir sin incluirnos. Al cabo de unos minutos, Doriansky zanja la cuestión:
—Como muestra de buena voluntad, permitiremos su salida del edificio para que compruebe por sí misma que el capitán Radchenko sigue con vida. Usted se compromete a trasladarle, de manera informal, nuestro interés por la pieza imperial. Si la entrega, seremos generosos.
El general Strogoff me sostiene la mirada un segundo y asiente con una inclinación casi imperceptible de la cabeza. Acepto el trato. No me queda otra carta que jugar.
Nos trasladan bajo la vigilancia de dos soldados armados a la misma sala desangelada del principio. La burocracia rusa es interminable: pasan casi tres horas de espera agónica. Quique termina tumbado en el suelo, derrotado. Yo hago lo mismo, muy cerca, y le pregunto mirando al techo.
—¿Por qué esperamos?
—Van a traerte un documento para que se lo lleves a Boris. Y tienes que firmar una declaración jurada conforme no vas a abandonar Rusia hasta que ellos lo autoricen.
—¡No puedo firmar eso!
—No tienes opción.
—Esto es interminable. —Suspiro y cierro los ojos un momento—. ¿Qué es un delfín negro?
—¡Chist! No tan alto —susurra Quique, tapándose la boca con disimulo—. El Delfín Negro. La prisión más peligrosa de Rusia, en Oremburgo. Cadena perpetua para terroristas y traidores a la patria. Del Delfín Negro no se sale vivo. Jamás.
Un escalofrío me sacude entera. De haberlo sabido antes, se me habrían bajado los humos en el despacho.
—Oye —murmura él, fingiendo consultar unos papeles—, ¿qué tiene que ver Mirko Stankovich con Boris? En televisión dijeron que Boris pertenecía a su red criminal. Por eso la ficha policial llegó al consulado y saltaron las alarmas cuando dijiste su nombre.
—¡Nada que ver! Stankovich y sus matones nos persiguieron por todo San Petersburgo tras un soplo en la casa de subastas. El tiroteo de Palkin fue cosa suya.
—Pues tu chico ha tenido suerte dentro de la desgracia: si no fuera por ese aviso, el cónsul no habría movido un dedo.
—Ya... Stankovich no es un simple matón —digo, y el chispazo de una idea prende en mi cabeza—. Llevaba un mechero de Winston Churchill de oro macizo. Son traficantes de arte a gran escala. Si las autoridades quieren peces gordos, ahí tengo uno para negociar.
—No te precipites, Loreto.
Una funcionaria entra con una carpeta de cuero. Quique me lee los documentos con lentitud: una orden de arraigo en San Petersburgo y una propuesta ambigua de indulto condicionada a la entrega del huevo imperial. Firmo con un nudo en el estómago, pero es el peaje para salir de allí.
Cuando por fin cruzamos las puertas blindadas de La Gran Casa escoltados por los dos soldados, es media tarde y hace un bochorno pegajoso.
La humedad que sube del río Neva me golpea el rostro.
Pienso en la bolsa con recuerdos que Sandra guarda bajo llave en el cajón de su escritorio consular. Si supieran lo que hay allí dentro...
Nos meten en un vehículo oficial con los cristales tintados rumbo al Hospital Kírov.
Quique cabecea a mi lado en el asiento trasero.
Yo permanezco despierta a base de café, voluntad y pura adrenalina.
No soy tonta: salgo de La Gran Casa para meterme en un hospital militar.
Solo he cambiado de celda, y los carceleros son los mismos.
—¿Tienes el teléfono de Trygve?
—No, pero puedo conseguirlo.
—Consíguelo antes de llegar. Necesito que sepa que me han soltado y que sigo en el juego.