De amor y vodka La propia medicina
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La propia medicina

Esta vez no me pillan. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Exijo un traductor, un abogado y apoyo del consulado chileno y del español.

—Si no respetan mis derechos, les aseguro que el escándalo que se ha montado aquí esta noche les va a parecer una fiesta infantil al lado de lo que pienso organizar —expongo con frialdad.

Estoy en calma y con pleno control de mis facultades.

Ver a Boris al borde de la muerte y las catarsis emocionales anteriores me han servido para contener mis mierdas y centrarme—. No voy a decir ni una sola palabra.

Me cruzo de brazos, intento acomodar el culo en la silla metálica, pensada para destrozarte el coxis, y cierro la boca.

Al principio, los soldados se miran, desconcertados.

El oficial hace un par de intentos de dirigirse a mí.

Yo solo lo miro con cara de no entender.

Pero lo entiendo. Repite en dos ocasiones la misma frase, con palabras distintas, en inglés.

—Está usted en posesión de un objeto que pertenece a Rusia. Retenerlo significa un grave delito contra el patrimonio estatal —dice con rimbombancia.

Hacerme la sueca me permite ganar tiempo.

Ya sé lo que buscan. No quiero pensar en cómo le han sacado a Boris la información.

Ay, Boris. La ansiedad me inunda por unos segundos, ¿cómo estará?

Pero soy capaz de apartarla y concentrarme.

Pido un café que sabe a desagüe, pero le echo los dos terrones, y el azúcar y la cafeína me sientan bien.

La bebida caliente templa un poco mi cuerpo.

¿Quieren el huevo?

Perfecto. Pues tendrán que pagar un buen precio por él.

El traductor es el primero en llegar. Sonrío brevemente al reconocerlo: es el traductor consular chileno, hablé con él unos minutos mientras montábamos el operativo de intervención. El capitán de los ojos azules le ofrece asiento y después se acomoda a su lado.

—Muy bien, señora Morán. Aquí tiene lo que ha pedido.

Muéstrele sus credenciales —dice señalando al hombre, que saca unos papeles de su maletín y me los enseña.

Yo finjo estudiarlos con atención—. Se trata de un traductor jurado oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. ¿Está conforme?

—Pues no. ¿Dónde está mi abogado? Si no tengo representante legal, no diré absolutamente nada. —No me gana nadie en enrocarme en una posición y defenderla—. Traduzca, por favor.

El intérprete transmite mis palabras y yo empiezo a pergeñar un plan en mi cabeza.

—Señora Morán, si consiente en suministrarnos la información sin presencia de un abogado, le aseguro que el trámite será mucho más rápido.

Y seremos más... receptivos a cualquiera de sus demandas.

—La voz es persuasiva, casi sensual. Supongo que todo esto está estudiado por las fuerzas secretas, pero a mí me da escalofríos—.

Ya ve que nosotros, de buena fe, no hemos exigido un observador que confirme la transparencia de las traducciones.

Y yo no hablo ni una sola gota de español.

Vaya. ¿Y ahora qué hago? Le lanzo una mirada al oficial, que esboza una sonrisa. Yo me devano los sesos. ¿Qué será mejor para Boris? Tiro por el camino de en medio.

—Contestaré sus preguntas mientras llega un abogado. Si siento que alguna de ellas vulnera mis derechos o los de mi defendido, se acabó.

El traductor transmite mis palabras de nuevo, pero se ponen a hablar entre ellos y el capitán da una orden seca a uno de los soldados. Los dos se marchan. Yo miro al traductor, un poco sorprendida.

—Le he dicho que llamen al abogado consular.

Que no aceptarías asesoramiento legal ruso por razones obvias, y que, para no perder más tiempo, trasmita la información a sus superiores y se la hagan llegar a Matías.

Están de acuerdo —dice con tono neutro. Yo quiero alegrarme, pero él levanta las cejas en un gesto de advertencia.

De acuerdo. Mensaje recibido. Cara de póquer—.

Esperemos que no tarde, pero te aconsejo que respondas todo lo que puedas, o esto puede eternizarse.

Los rusos son muy correosos con las famosas «preguntas rutinarias».

—Lo sé muy bien —respondo al acordarme del infierno que fue el interrogatorio en Pushkin.

—Y, por cierto, nos están grabando.

—Oh.

Vaya mierda. Pensaba consultarle algunas cosas, pero cierro la boca y lucho contra la falta de sueño. Ahora entiendo en mi propia carne por qué es una tortura.

Me siento como si me hubiera atropellado un camión. Estas sillas debería prohibirlas la Convención de Ginebra. Intento estirarme con disimulo y escondo un bostezo tras los dedos.

Abro los ojos de golpe al escuchar el tono obsequioso del oficial.

—Señora Morán, su abogado está en camino. Dígame, ¿es cierto que custodia usted un huevo imperial ruso?

—Sí. Así es —respondo con seguridad. No tiene sentido negarlo.

—Y ¿dónde está? —pregunta abriendo los brazos con gesto de obviedad.

—Guardado en sitio seguro.

—¿Entiende usted que, si se trata de verdad de un auténtico huevo imperial, pertenece al patrimonio cultural ruso?

—Confunde el valor histórico con la titularidad legal, capitán.

Esa pieza jamás fue expoliada ni confiscada por el Estado.

—Soy abogada corporativa con un máster en Derecho Internacional y eso me da las fuerzas para sostener su mirada—.

Es una herencia en línea directa a nombre de Boris Radchenko.

Y ustedes no tienen un solo título jurídico que demuestre lo contrario.

—Eso estará por verse. ¿Cómo garantiza que el huevo es auténtico? ¿Y cómo garantiza que la herencia es legal?

—Por favor, necesito mi bolso. Lo tiene Trygve Larsen. —Vi cómo se lo llevaba consigo cuando nos separaron en la sala de interrogatorios—. Tengo algo que mostrarles.

Uno de los soldados sale disparado por la puerta tras recibir un par de órdenes cortantes y una bronca descomunal.

El traductor me lo explica en un susurro: la bronca es porque nadie me ha requisado el bolso y van a rodar cabezas.

Mi Louis Vuitton, bastante apaleado, vuelve en manos de un soldado que está rojo y resopla por el esfuerzo. Lo deposita encima de la mesa y el capitán estira los dedos hacia él, pero yo lo fulmino con la mirada.

—Desde luego, tienen ustedes graves problemas para entender el concepto de propiedad privada. ¡Quite sus manos de encima! —digo bastante cabreada. El intérprete duda un poco antes de traducir.

Me levanto para recuperarlo, pero uno de los soldados me obliga a sentarme de nuevo de un empujón violento. El oficial ladra una orden seca.

—No se mueva —advierte el traductor. Le tiembla la voz.

El oficial abre los broches y la cremallera y comienza a hacer el inventario de mi bolso sobre la mesa.

Qué vergüenza. Debería hacer limpieza de vez en cuando.

Mis gafas de sol. Mi monedero. Mi neceser menstrual.

¿Es necesario sacar los tampones y las compresas?

Parece que sí. Un blíster de ibuprofeno.

Un lápiz labial, un colorete y una máscara de pestañas.

Y al menos diez tiques de compra en diversos grados de espachurramiento y vejez.

El contenido es interminable. Ignora todo salvo mi Moleskine.

—¿Qué es esto? —pregunta al extraer de entre sus páginas el informe de Maurice Roschard.

Extiendo la mano para que me lo devuelva, duda, pero me lo da.

—¿Puedes traducirlo, por favor? Lo más fielmente posible.

—Claro. —El intérprete lee atentamente el documento y se le abre la boca poco a poco. Cuando acaba, me mira, estupefacto—. ¡Joder!

—¿Ves? Es auténtico —digo con tono satisfecho. Él empieza a traducir.

—«La pieza en cuestión se trata, sin género de dudas, de una réplica todavía más valiosa del primer huevo imperial obsequiado por el zar Aleksandr III a su mujer, María Fiodorovna.

Hasta ahora desconocido, es muy similar a los otros cincuenta y dos huevos de Fabergé encargados por los Romanov.

Se trata de una pieza de oro recubierto por esmalte blanco opaco.

Alrededor de la mitad del huevo se ve una delgada banda de oro donde se unen las dos mitades, en un encaje de estilo bayoneta.

En su interior, esconde una sorpresa en forma de yema redonda, también de oro de 24K, que a su vez se abre para revelar una gallina, también de oro, con ojos de rubí».

—Es suficiente. Deme ese papel. —El capitán le arrebata el informe y se lo da a un soldado. Va a llevárselo a su superior.

—No importa. Es una copia. Por supuesto que no es el original —digo para tranquilizar al traductor, que se ha quedado blanco cuando le ha arrebatado el papel.

—¿Dónde está? ¡Es propiedad del estado ruso! —suelta furioso.

Yo me cruzo de brazos y clavo los ojos en él.

—Le recomiendo que avise usted a ese superior del que hablaba.

Si entrego el huevo, ustedes tendrán que pagar un alto precio.

Y no serán los treinta millones de su valor.

—Hago una pausa efectista y obtengo su atención total—.

Será la liberación y exención total de cargos del capitán doctor Boris Radchenko. Sin condiciones.