De amor y vodka La Gran Casa
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La Gran Casa

La comitiva de tres coches oficiales se detiene junto a la puerta.

Los corresponsales de las agencias comienzan a emitir, todos a la vez, creando un galimatías de voces en distintos idiomas.

Hay un pequeño grupo de gente, que crece por momentos, en torno a los periodistas.

Un par de carros negros y blindados, de aspecto amenazador, se han apostado a unas pocas decenas de metros.

Miro a Trygve, asustada, pero él me señala el coche consular.

—¡Es lo normal, Loreto! ¡Sé que acojona! —me grita por encima del lío que se está montando—. ¡Pégate al cónsul, no podemos perder esta oportunidad para entrar!

Del edificio del FSB sale un pelotón de soldados armados que rodean al enviado de la embajada y su equipo para escoltarlos. Matías, el cónsul, se baja también.

—¡Loreto! ¡Ahora! —grita Trygve, alarmado.

Estoy tan alucinada con lo que pasa delante de mis narices que casi se me escapa el cónsul.

—¡Matías! ¡Mati! —Agito la mano para que me vea. Espero que no se arrepienta y me permita acompañarlo, como acordamos—. ¡Estoy aquí!

—¿Tú has organizado todo esto? —El pobre está alucinando en colores. Son las cinco de la mañana y no se ha ido a su casa. Me dan ganas de darle un beso en la calva.

—Yo no. Ha sido Trygve —digo para no poner en riesgo mi entrada al edificio—. ¿Qué tengo que hacer?

Él me pasa una carpeta con el escudo chileno y una acreditación.

—Toma, ponte esto. Cuando te pidan los papeles, les das esta carpeta junto con tu pasaporte. Quédate cerca de mí.

Me pego a él mientras me cuelgo del cuello la tarjeta plastificada.

—¿Puede pasar la prensa con nosotros? —presiono estirando el elástico de sus tragaderas todo lo que puedo. Él me pone mala cara.

—El cámara, no. Que venga Trygve. Es bien conocido en los altos mandos petersburgueses y tiene acreditación del ministerio de exteriores ruso.

Lo colaré como asesor de comunicación de la delegación —dice, haciéndole una señal rápida.

Coby y Lauren no pierden el tiempo, se alejan unos pasos y graban cada detalle de lo que ocurre en la calle—. ¡Vamos!

Alucino con que Trygve sea tan ilustre. Sí que tienen poder los Thoresen en el norte de Europa. No volveré a despotricar contra Erik nunca más.

Nos mezclamos con la comitiva de la embajada.

El enviado aprieta los labios y atraviesa la acera a toda prisa, un poco encorvado, hacia el edificio del FSB.

Se diría que está acostumbrado al asedio de la prensa.

Los micrófonos se agolpan en torno a él y el cónsul y los bombardean con preguntas.

Se recrudece la tensión fuera porque aumenta la presencia militar.

Pero nosotros ya estamos dentro. Cierro los ojos unos segundos.

Impresiona el silencio y el orden del interior en comparación con el caos desatado en la calle.

Avanzamos deprisa, todos muy juntos, por un largo corredor iluminado por fluorescentes que necesitan un buen mantenimiento.

Nos hacen pasar a una sala, amplia y desangelada, con una foto adusta del presidente actual.

Han aparecido altos mandos del FSB, se les distingue a la legua de los agentes de baja graduación. Los peces gordos hablan, primero de manera civilizada, pero poco a poco sube el tono. No entiendo nada y vuelvo a arder en pura frustración.

—¿Qué dicen? —pregunto a Trygve, que no pierde la atención ni un segundo.

—Los chilenos presionan por información sobre Boris.

Ellos le dan largas. El portavoz de los rusos es ese coronel de ojillos oscuros, se muestra un poco ambiguo y el chileno está muy enfadado.

Lo acusa de ponerse de perfil ante la situación.

Un momento. —Me hace callar con un gesto y escucha durante unos minutos que a mí me parecen horas—.

Ahora dicen que Boris ya no está aquí. Que se lo han llevado a Moscú en cuanto llegó. ¡Solo saben mentir, joder!

—¿Qué? ¿Estás de broma?

—No. Es típico del servicio secreto, juegan al despiste, al malentendido, a la desinformación.

De pronto, un pitido de alarma y una voz de mujer se escuchan por el parlante y se produce un revuelo.

—¿Y ahora qué pasa? —digo confundida. Todos se han puesto de pie a la vez.

—Piden la presencia urgente de un médico en la sala 2.

Me levanto como accionada por un resorte y mi silla cae con estruendo al suelo. Es Boris. Seguro. Tiene que ser él.

Parece que han echado gasolina en un hormiguero.

Los oficiales rusos se ponen de pie de golpe y salen en tromba de la sala, con Matías y Trygve detrás exigiendo explicaciones.

Echo a correr por el pasillo tras la marea de soldados y sanitarios que esprintan a toda velocidad.

Ignoro la voz de Trygve, que me llama consternado.

Me abro paso a codazos y empujo con fuerza una puerta que nos corta el avance.

El acero retumba contra la pared y frente a mí se despliega una escena dantesca: revuelo de médicos y soldados, gritos y órdenes a degüello.

Y un cuerpo inerte tendido en el suelo.

—Boris —sollozo en un hilo de voz—. ¿Qué te han hecho?

—Señora, ¡apártese! Parada cardiorrespiratoria.

Inicien compresiones, yo me encargo de la ventilación.

Preparen desfibrilador. —Yo intento arrodillarme junto a él, pero alguien me abraza y me contiene.

Es Trygve, que me sujeta por los hombros y me traduce a gritos lo que ocurre.

Yo rompo a llorar—. Listo. ¡Todos fuera!

Los sanitarios que rodean a Boris se apartan y veo cómo su cuerpo de coloso se arquea con un movimiento espasmódico por el contacto de las palas del desfibrilador sobre su pecho. El silencio que sigue al chasquido seco es aterrador.

—Fibrilación ventricular. Continuar RCP. Preparen nueva descarga. ¡Todos fuera!

De nuevo el chispazo del desfibrilador. Escucho mis propios gritos llamando a Boris en una nebulosa irreal.

—¡Ritmo sinusal! ¡Tiene pulso, Loreto!

Me deshago de los brazos que me sujetan y me abalanzo sobre el cuerpo maltrecho.

—¡¡Boris!!

Él enfoca los ojos en mí tan solo un par de segundos.

Articula con dificultad una palabra.

—Lorenka.

Yo lo beso en los labios resecos y él sonríe antes de perder la consciencia.

Me derrumbo sobre su pecho como una muñeca de trapo; no responde, pero las constantes vitales en el monitor son estables. Me aferro a su torso cuando alguien intenta apartarme de él.

—Viene una ambulancia en camino. Vamos. —Trygve tira de mí con suavidad. Un alivio infinito me invade en medio de todo el terror—. El cónsul está negociando para que lo trasladen al hospital militar. Estos cabrones no pueden salirse siempre con la suya.

Me incorporo y me sacudo las rodillas. Boris está a salvo. Percibo lo que pasa a mi alrededor como si estuviera sumergida en el mar. Tengo los sentidos embotados.

Cuando veo salir a Boris encima de la camilla, inconsciente, pero con el corazón latiendo y respirando, sé que todo ha terminado.

Dos empleados consulares lo acompañan, pero me duele el alma al ver que le esposan una muñeca a la barandilla.

A mí no me dejan marcharme con él, tengo que prestar declaración.

El ambiente es tenso, se nota la contención de los militares, que permanecen expectantes, con los dientes apretados y un rictus de odio ante la atenta mirada de la delegación chilena.

No entiendo nada de las voces airadas que intercambian frases con rapidez.

—¿Qué dicen? —pregunto a Trygve, que todavía está a mi lado y me sostiene. Carga mi bolso enorme en su hombro. Es increíble cómo alguien que ha sido un desconocido hasta hace un par de horas se transforma en un puntal de tu vida en un momento crítico.

—Los del FSB quieren dispersar a los periodistas que están fuera.

Dicen que son una molestia. Pero el coronel les ha prohibido hacer cualquier maniobra —responde él con una sonrisa mientras dirige hacia ellos el móvil con la pantalla apagada, grabando el audio de la discusión—.

Acaba de decir, literal, «Bastante impopulares somos ya a nivel internacional».

—Quiero marcharme al hospital con Boris, o echarme en el suelo en un rincón. Necesito dormir.

Estoy al borde de las lágrimas, esta vez por el miedo, la tensión y el agotamiento.

—Vamos a pegarnos a la camilla —me susurra con urgencia—. Si salimos con los sanitarios, los periodistas de la acera nos verán cruzar el portalón y no se atreverán a tocarte.

Me conduce del brazo hacia la salida caminando a ritmo rápido. En cuanto enfilamos el pasillo que conduce a la enorme puerta, un par de agentes se acerca a toda velocidad y nos intercepta el paso.

—Ustedes no están autorizados a abandonar el edificio. Disculpen. —La última palabra la ha añadido suavizando un poco el tono perentorio—. Síganme.

Nos escoltan de vuelta al interior del edificio.

La subida en el ascensor es asfixiante, no puedo quitar los ojos de las armas.

Hasta venir a Rusia, nunca había visto un arma real de este calibre.

Está tan cerca que puedo estirar los dedos y tocarla.

Llegamos a una sala pequeña, y se me instala un nudo de angustia en la garganta.

Es igual a la de la cárcel de Pushkin, cuando me interrogaron la primera vez.

Me separan de Trygve a empujones. Se ve que, una vez en la intimidad, no les importa caer en lo impopular.

—¡Avisaré al cónsul! —alcanza a gritarme antes de que se cierre la puerta.

El teniente de los perturbadores ojos azules me sonríe, y a mí se me ponen los pelos como escarpias.

—Señora Morán. Quisiéramos hablar con usted. Son solo unas preguntas rutinarias.