De amor y vodka El último deseo
90%

El último deseo

—¡Despierte, Radchenko! ¡Vamos!

—Casi no respira, pero el resto de constantes vitales se estabilizan. Podemos continuar.

Gimo, sin fuerzas. Manoteo con torpeza en un intento de alejar el estímulo doloroso, esta vez, sobre uno de mis pezones, retorcido con fuerza.

—Por favor... —balbuceo y no reconozco mi propia voz. Intento levantarme y no puedo.

—¿Dónde está el huevo Fabergé? ¿Es la mujer, Loreto, quien guarda el huevo imperial? ¡Responda!

Me gustaría hacerlo, pero estoy sumido en una nebulosa en la que no sé qué es fantasía y qué es realidad. Creo escuchar la voz de Loreto. Estoy delirando. He perdido por completo el control de mi cuerpo y mi mente.

—Capitán, ¡espere! ¡El glucómetro marca 29, está sufriendo una hipoglucemia severa!, hay que remontar los niveles de glucosa o corremos el riesgo de que convulsione —dice el sanitario. Loreto me llama. Es imposible—. Déjeme ponerle un suero glucosalino, también está muy deshidratado.

—Haga lo que tenga que hacer. ¡Rápido!

Ya no siento dolor, solo letargo. Percibo, lejanas, a varias personas que se mueven a mi alrededor. Deliro, porque escucho cada vez más claro que Loreto me llama. Pensaba que en el umbral de la muerte eran a los muertos a quienes veías. No a los vivos.

—Lorenka...

Voy a morir.