De amor y vodka El cuarto poder
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El cuarto poder

Nueve putas horas han pasado desde que llegué al consulado.

El cónsul está ya reunido con el número dos de la embajada en Moscú, que ha llegado en una berlina negra con las características placas de matrícula rojas del cuerpo diplomático y rodeado de escolta privada.

No pierdo detalle junto con Sandra, asomadas como viejas del visillo por la rendija del despacho consular.

Matías me ha dicho que me vaya al hotel, es bien pasada la medianoche, pero tengo miedo de encontrarme con Stankovich y no soy capaz de dormir.

Doy vueltas como un tigre enjaulado. Parte del personal se ha marchado, todos estamos frustrados porque todo avanza demasiado lento.

Odio estar sin hacer nada. Me pongo nerviosa y me da por pensar.

¿Cómo estará Boris ahora? Recuerdo el miedo visceral que viví cuando me retuvieron en Pushkin y me interrogaron.

La sensación de indefensión. El pánico. La violación psicológica y emocional.

La incertidumbre. Y eso que a mí no me tocaron un pelo.

¿Acaso sigue vivo? ¿Y si...?

—¡Joder!

Me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta cuando escucho el gemido con mi propia voz, pero como si lo hubiese emitido otra persona.

La angustia me ahoga. Estoy hiperventilando.

Retrocedo hasta tocar la pared con la punta de los dedos y me dejo caer al suelo.

Me pitan los oídos. El corazón se me sale por la boca.

Estallo en un llanto nervioso y Sandra, la secretaria, se acerca a mí y me abraza.

—Todo va a estar bien, Matías está moviendo cielo, mar y tierra para liberar a Boris. Solo hay que esperar un poquito —susurra mientras me acaricia el pelo. Una nostalgia infinita por la necesidad de abrazar a mis hijos se une a mi angustia—. Sé que es difícil, pero todo saldrá bien.

Me viene genial llorar. Hago catarsis durante diez largos minutos en los que Sandra me consuela con un balanceo tierno. Y pensar que cuando llegué quería echarme a patadas. Estoy segura de que terminaremos siendo grandes amigas.

Poco a poco, recupero las riendas de mis emociones. Me seco los ojos con los puños y sonrío. Qué bien sienta liberar en forma de lágrimas el miedo, la pena, la rabia o el dolor. No nos damos cuenta de que necesitamos una purga hasta que la mierda nos llega hasta el cuello.

—Ya está. Gracias, Sandra —digo un poco cortada. Ella sonríe—. ¿Puedo pedirte un favor?

—Claro.

—El bolso me pesa una tonelada. ¿Podrías guardarme algunas cosas?

—Pero ¡por supuesto!

Saco una bolsa de tela que pone que amo San Petersburgo y el skyline de la ciudad, y junto a los chocolates que hay dentro, meto los llaveros, los imanes y la matrioshka con el huevo imperial.

Me da un retortijón al dejarlo en sus manos.

Lo mete en un cajón de su escritorio, que cierra con una llave que se pierde en un manojo digno de una mansión inglesa.

—Tengo una hija que es como tú. Intensa y emocional. Estoy acostumbrada.

Suelto una carcajada rutilante que me sana tanto como la llantina.

—Intensa, ¿yo? Es lo que siempre le digo a mi hermana. Se supone que yo soy la que controla sus emociones.

—No quiero ni imaginarme cómo es tu hermana, entonces —responde ella, divertida.

Nos miramos con ese balance silencioso que tantea una futura amistad. Sí. Será una gran amiga.

Suena mi móvil otra vez y me siento en el suelo, pegada a un enchufe de la pared, porque estoy cargando la batería. Hace rato que he abandonado mis zapatillas por ahí. No quiero ni pensar en cómo tengo la cara.

—¿Diga?

—Hola, Loreto. Ya sabes, no hablo bien español —dice una voz muy parecida a la de Erik. Es su hermano—. ¿Mejor inglés?

La adrenalina vuelve a inundar mi torrente sanguíneo y me incorporo. Le pego un tirón al cable y se me cae el móvil. Joder. Cierro los ojos unos segundos y me recompongo. A ver si me centro. He bebido demasiado café y eso tampoco ayuda.

—Sí, sin problema. En inglés está bien. Hola, Kurt —respondo con calma. Conocí a la familia de Erik cuando Inés y él se casaron en Mallorca, Kurt es un vikingo formidable—. Imagino que ya sabes la situación de Boris. Él me contó que lo ayudasteis a cruzar la frontera.

Él chasquea la lengua al otro lado del teléfono y suelta lo que parece un taco.

—Siento mucho todo lo que está pasando. Es increíble lo que tiene que tragar la gente allí, no pueden salirse en lo más mínimo de lo establecido —dice con tono indignado—.

Tengo un amigo en San Petersburgo que os ayudará en lo que pueda.

Es periodista freelance, pero trabaja mano a mano con todas las agencias de prensa internacionales: Reuters, CNN, BBC...

Él sí tiene contactos que pueden meter mucho ruido.

—Perfecto.

Si hay algo que teme el gobierno ruso es la imagen que ofrece en la prensa internacional.

—Apunta la información, por favor. No quiero quemar puentes ni que me relacionen a mí o a mi mujer con él —me pide con seriedad—. Nos gustaría seguir ayudando y para eso, tenemos que permanecer anónimos.

Rebusco mi Moleskine en el bolso y le quito la tapa a la pluma con los dientes.

—Lo entiendo. Sé que os jugáis mucho tan solo con esta llamada —digo, agradecida. Joder con los tentáculos de la familia Thoresen—. Te escucho, ya tengo donde apuntar.

—Trygve Larsen. Su número es... —recita un número que resulta ser el móvil ruso, después me da otro que es el noruego y una dirección de email—.

Él te llamará, de todos modos. Su situación también es delicada: a las autoridades rusas no les gustan los periodistas agresivos con vocación.

—Hace una pausa y continúa, tentativo—. Espero que todo vaya bien. Llámame si ocurre algo raro. Suerte.

—Gracias, Kurt. De verdad.

Sandra me hace el inmenso regalo de llevarme a un cuarto de baño en el que me doy una ducha rápida que me devuelve la humanidad.

La ropa viene un poco arrugada de la maleta, pero los vaqueros pitillo, las bailarinas de Mascaró y una camisa de popelina azul son infinitamente mejores que el chándal Kardashian que, lo juro, nunca más me voy a poner.

El agua caliente me ha dejado amodorrada y vuelvo a mi sitio junto al enchufe.

El teléfono vuelve a sonar. Me doy cuenta de que me he quedado dormida en el suelo más de una hora.

—¡Hola! Soy Trygve. Creo que tienes una noticia importante para mí —dice sin esconder el entusiasmo del periodista con buen olfato.

—Hola, Trygve. Aquí Loreto. Importante es poco. —Me gusta su tono cálido al hablar, ya reconozco el acento noruego, sus consonantes rudas y las aspiradas—. Estoy en el consulado chileno. ¿Te apetece un café trasnochado conmigo y con el cónsul?

—En media hora estoy allí.

Pobre Matías, casi le da algo cuando le he soltado que Trygve y yo llegaríamos quince minutos antes a La Gran Casa.

Al principio se negó en redondo, no quería ponerme en peligro, pero si me planto con protección consular en la sede del FSB, corremos el riesgo de que las autoridades rusas impongan la discreción de Estado y eliminen la amenaza de la prensa incluso antes de empezar.

Estamos en la otra acera de Liteyny Prospekt, cerca de la entrada, aunque no lo suficiente como para llamar la atención.

Esta espera es distinta, mucho más tensa.

Estoy destemplada: el frío de la madrugada petersburguesa se cuela por la ropa y la noche en vela me pasa factura.

Me estremezco y me froto los brazos para entrar en calor.

—Loreto, ¡ánimo! Nuestro plan se pone en marcha.

Trygve sonríe y señala al otro lado de la calle. Un equipo de la CNN instala un micrófono y una cámara junto a la entrada del edificio del FSB.

—Ya pueden pararlo. Ahora, será el escaparate internacional lo que les toque la moral —dice con expresión depredadora. Su hambre me recuerda a Carlos Mario. En cuanto vuelva a Chile, le daré las vacaciones que tanto merece—. Mira, aquí llega la caballería.

Una mujer, con camisa y traje de chaqueta pero calzada con deportivas, se acerca a paso rápido con un equipo de sonido que lleva a medias con un camarógrafo.

—¡Hola, Trygve! ¿Somos los primeros? —pregunta en inglés con ansiedad. Joder con los periodistas.

—Casi. Se os han adelantado los americanos esta vez. Loreto, estos son Lauren y Coby, de Reuters —me los presenta con celeridad. Ha llegado también una furgoneta, pero no logro identificar de qué agencia son—. Os cuento más detalles si me dais el encargo de las fotos y un reportaje exclusivo.

—Hecho —contesta Lauren.

No hace falta más. Nos alejamos un poco y juntamos cabezas en un corrillo apretado. Trygve hace un resumen rápido de lo que necesitan saber y expone la segunda fase del plan.

—Esto es lo que va a ocurrir. Dentro de nada van a llegar por aquí dos coches oficiales con la gente de la embajada chilena en Moscú y el cónsul de la ciudad.

—Se agacha y traza un plan con un bolígrafo sobre los adoquines de la acera—.

Vosotros os pondréis aquí, en la esquina opuesta, para tener la mejor panorámica y empezáis a retransmitir por streaming.

Loreto se va a pegar al cónsul, que también está en el ajo y va a interceder por ella como abogada de Boris para que pueda entrar.

Nosotros iremos detrás como prensa acreditada, a ver si hay suerte esta vez.

Nada de empujones ni de malas maneras, Coby, ¿de acuerdo?

Trygve se incorpora y se asegura de que todos hemos entendido. Lo tenemos claro y a mí por lo menos los nervios y la adrenalina me inundan.

—¿Es cierto lo que nos has contado sobre Radchenko? —pregunta Lauren.

—Es todo extraoficial, no he tenido tiempo de contrastarlo, pero sí, es cierto.

Su familia falleció en los bombardeos de Lugansk, él desertó del ejército y tiene orden de búsqueda y captura desde entonces —dice Trygve.

Un relámpago de alerta cruza sus ojos al ver que tres mujeres jóvenes llegan a la esquina con café para llevar en las manos, y se agrupan en un corrillo. Se les une en ese momento otra más.

—¿Y la parte de los asesinatos por encargo? Si se confirma, el Tribunal de La Haya podría acusarlo de crímenes de guerra. Lo va a tener muy jodido, si es que sale de Rusia —añade Coby—. En cuanto ponga un pie fuera de la frontera lo van a arrestar.

Yo trago saliva y un nuevo temor se abre paso a codazos entre todos los demás. ¿No tiene manera de dejar atrás su pasado?

—No sabemos nada de manera oficial, así que, limitémonos a hacer nuestro trabajo y presionar para que lo suelten —corta Trygve, que me lanza una mirada un poco sorprendida.

Supongo que cuestiona mi tipo de hombre—.

Cuando esté fuera, ya nos ocuparemos de contrastar la verdad.

Vamos. Ahí llega el coche. Recordad el plan.

Loreto, tú eres nuestra punta de lanza. No puedes fallar.