De amor y vodka Mezcla explosiva
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Mezcla explosiva

Llevo un buen rato aquí solo. Me vendría bien ir al baño. El sueño me vence y cabeceo sin control. He pasado dos días sin dormir. Necesito agua. Algo de comer. Y que precipite en un final, el que sea, esta maldita incertidumbre.

El capitán vuelve a la sala de interrogatorios. Lo siguen los dos soldados y ahora también un sanitario. Lleva el mismo uniforme negro y austero, pero también una bata blanca. Y un maletín. No puedo evitar el escalofrío que recorre mi espina dorsal.

—No tema. Solo vamos a suturar la herida que tiene sobre la ceja izquierda y hacer una cura de los cortes —dice el oficial con voz tranquilizadora—. Después, probaremos con una primera dosis de tiopental. Usted es médico. No hace falta que le explique qué esperamos de dicha medicación.

No respondo. Claro que lo sé. Pentotal sódico, barbitúrico de vida media corta y que deprime las funciones corticales superiores.

Como se presupone que el proceso mental de mentir es de alta complejidad, se espera que con este fármaco se obtengan respuestas simples, poco elaboradas y, por encima de todo, verdaderas.

Curioso que emplee este método una organización que defiende a ultranza una sarta de mentiras que cree son la verdad.

Me dejo hacer cuando el sanitario hace una cura concienzuda de mis heridas y sutura mi ceja abierta, que en algún momento, ha vuelto a sangrar.

—Tome esto. Le ayudará con el dolor. —Me acerca a la boca un vaso de cartón reciclado y un par de pastillas. Yo estoy esposado, pero me echo instintivamente hacia atrás—. No sea estúpido, no son más que analgésicos —añade, desabrido, al ver que no colaboro.

Los trago finalmente. Apuro hasta la última gota de agua del vaso y solo con eso me siento mejor.

Además, ¿qué diferencia hay? El oficial ha escogido sus palabras con cuidado: «una primera dosis».

A la que seguirán más si no obtiene el resultado esperado.

También sé que el pentotal sódico forma parte de los componentes de la inyección letal.

—¿Quiere un cigarrillo? ¿Un vaso de vodka?

Llega el momento de mimar al prisionero. Yo debería rechazarlo para ganar tiempo, pero me encojo de hombros. El muy imbécil quiere mezclar alcohol con barbitúricos. Tendré una parada respiratoria antes de que pueda abrir la boca. Quizá sea lo mejor.

—No fumo, pero un poco de vodka estará bien.

Un soldado me sirve un poco de Stolichnaya y me lo acerca a los labios.

Me sabe a gloria. Me despeja, incluso. Brindo por ti, Boris Radchenko.

Has tenido una buena vida, pese a todo. Me envuelve de nuevo esa sensación de pérdida por Loreto.

Qué mujer. Al menos he disfrutado del privilegio de compartir con ella un tiempo precioso. Ojalá hubiera sido más.

—Dígame una cosa, mientras el sargento sanitario prepara la dosis. ¿Quién le ha hecho esas heridas?

Me sorprende el cambio de tornas y contesto demasiado rápido.

—Pertenezco a un club de boxeo. Soy peso pesado semiprofesional. En cuanto tengo oportunidad, visito otros clubes para entrenar.

El capitán parpadea un par de veces, sus ojos dejan traslucir desconcierto.

—De todas las preguntas que le hemos hecho, resulta curioso que escoja precisamente esta para mentir. —Le hace una seña al sanitario—. Es mejor que no se mueva. Solo será un momento.

—No voy a ir a ninguna parte —respondo con acritud.

La argolla de acero que sujeta mis esposas tiene un grosor de al menos un centímetro.

No necesita compresor, mis venas son perfectamente visibles.

Canaliza una vía periférica y encaja la jeringa del tiopental en la llave de tres pasos.

Empuja el émbolo y yo siseo al notar el líquido, mililitro a mililitro, quemando mi antebrazo como si fuera ácido.

Cuando termina, queda latiendo con una desagradable quemazón.

Y en pocos segundos siento que se me va la cabeza. ¿Quieren matarme o me van a interrogar?

—¿Ha mencionado usted a Mirko Stankovich en el aeropuerto?

—Sí.

—¿De qué lo conoce?

—No lo conozco.

—¿De qué conoce su nombre?

—Él me lo dijo.

Alzo la mirada, un poco errática, es cierto, pero cargada de desdén. No tiene demasiada experiencia en interrogar a un prisionero impregnado de barbitúricos.

—¿Le ha propinado la paliza Stankovich?

—No.

—¿Quién ha sido?

—No entiendo —respondo, atontado.

Intento con todas mis fuerzas permanecer lúcido, pero estoy en el pico de acción de la droga. Hay una ventana de unos diez minutos en la que voy a cantar ópera si hace las preguntas correctas. El agotamiento, la deshidratación, el vodka y la falta de ingesta tampoco ayudan.

—¿Quién le ha propinado la paliza?

—Los hombres de Stankovich.

—¿Por qué motivo?

—Son sicarios serbobosnios. Es su trabajo.

—¡Responda la pregunta! —Da un golpe con el puño en la mesa y me sobresalta. Un latigazo sacude mi hombro herido. Intento enfocar la mirada, pero no soy capaz—. ¿Qué querían de usted los hombres de Stankovich?

—Saber dónde estaba Loreto.

—¿Loreto? ¿La mujer que lo acompañaba en el aeropuerto? —Se gira hacia los soldados apostados en la puerta—. ¿Qué han hecho con ella?

—La hemos dejado allí. La retenía el personal de seguridad de Púlkovo-3. Nuestra prioridad era asegurar el activo —dice uno de ellos con tono de disculpa—. No pensábamos que fuera importante, nadie nos ordenó detenerla.

La cabeza del oficial parece estar a punto de estallar. Observo que su rostro aumenta varios tonos de rojo, pero se contiene cuando vuelve a mí.

—¿Quién es Loreto?

—Loreto Morán Vivanco, cuarenta años, abogada de profesión. Divorciada. Dos hijos. Perfil sin interés militar —recito como un robot programado.

—¿Por qué la buscaba Stankovich? No entiendo nada, joder —masculla entre dientes.

—Por el huevo. El huevo de babushka. Me contó un cuento, como los de Pushkin. Solo que no era un cuento, era verdad —escucho mi propio desvarío, fascinado. Los secretos del cerebro humano son increíbles—. Todos los cuentos tienen algo de verdad.

—¿Quién es babushka?

—Babushka, Masha, Maria Grigórievna. Fallecida. Perfil sin interés militar.

El efecto de la droga comienza a disiparse. Ya puedo enfocar mejor la mirada y mis pensamientos se aclaran. Pero tengo unos cinco minutos más para fingir.

—¿También la buscaba Stankovich?

—No.

—¿Qué tiene que ver el puto Mirko Stankovich en todo esto?

—Quería entregarme a las autoridades.

—¿Por qué no lo hizo?

—No lo sé.

Llega el momento del callejón sin salida. Un impasse. No sabe por dónde seguir. Sus nervios empiezan a escapar de su control y endurece la mirada; si sigue escalando... me va a liquidar. Al menos así dejaría de sentir que me están arrancando el brazo.

—Prepare una nueva dosis —ordena con voz tajante al sanitario—. Aquí hay algo más que no termino de comprender.

¿Otra dosis? No puedo articular bien las palabras, cada vez me cuesta más respirar.

El enfermero duda, pero la jerarquía se impone. Esta vez, ha sido más rápido. Una alarmante levedad se apodera de mi cabeza por la bajada de la tensión arterial y mi visión se transforma en una pantalla negra.

—¡Doctor Radchenko! ¡Capitán doctor! ¡Boris!

Abro los ojos con dificultad. Estoy desplomado sobre la mesa e intento erguirme, pero los músculos no me responden; balbuceo totalmente borracho por los barbitúricos.

—¿No puede darle algo? ¡Ahora que empezaba a hablar, lo necesito lúcido! —exige el capitán con impaciencia. Con avaricia—. ¿Adrenalina, quizá?

No recuerdo qué he dicho y qué no. Vuelvo a desplomarme sobre mis antebrazos acalambrados y recibo un puñetazo en el hombro. En el que se luxó por la mañana. Pego un alarido de dolor, pero cumple con su propósito. Me despierta.

—Si le inyecto adrenalina, lo voy a matar, capitán. Su corazón se infartará o entrará en arritmia —responde el soldado de la bata blanca con tono alarmado—. Si quiere obtener algo de él, debe darle un respiro. ¡Está exhausto! ¿Es que no lo ve?

El oficial parece abandonar su idea homicida y clava los ojos en mí. Yo sostengo su mirada en un vano desafío. No sé qué caerá primero, si mi cuerpo o mi mente.

—¿Qué es eso del huevo imperial? ¿Se refiere a un huevo Fabergé?

Lucho contra el impulso de decir la verdad y reconduzco mi respuesta hacia una mentira a medias.

—El tesoro de babushka, lo tenía metido en un bolso de cuentas de colores. Tantos años de penurias y lo tuvo todo el tiempo ahí, al alcance de cualquiera. —Se me escapa una risa amarga—. Quizá Sasha y Katya estarían vivos si las cosas hubieran sido diferentes.

—¿Por qué habla ahora de su mujer y su hijo? ¿Qué tiene que ver? —Se desespera y me zarandea porque yo cierro los ojos. Necesito dormir.

—La miseria me empujó a entrar en el ejército, como a tantos otros.

El tesoro de babushka podría habernos sacado de la pobreza a todos.

—Niego con la cabeza y, en un destello de lucidez, me hago una pregunta que jamás me había planteado hasta ahora.

Si hubiera tenido la oportunidad, ¿habría cambiado mi pasado?

—. Pero entonces no habría conocido a Katya.

No habría tenido a Sasha. Y fuimos felices.

Decido que no.

No cambiaría mi pasado.

Me arrepiento de muchas cosas, pero los pasos que he dado, tropiezos incluidos, me han llevado a ser el hombre que soy.

De pronto, la puerta se azota contra la pared con un estruendo ensordecedor. Entra otro oficial, veo borroso y no alcanzo a distinguir la graduación. Tampoco escucho lo que sisea en el oído del capitán. Se marcha con prisas a los pocos minutos.

—Póngale otra dosis de tiopental. Vuelve a estar lúcido.

—¿Lúcido? ¡Apenas se mantiene despierto! Ya hemos duplicado la dosis máxima —dice el sanitario, alarmado.

Sus dudas, su tono suplicante, me impulsan a consolarlo. ¡Nada temas! ¡Ya nada importa!

—Es un hombre fuerte. Aguantará —insiste el oficial sin contemplaciones.

Mi cerebro está embotado, pero registra que despliega sobre la mesa una bolsa de ventilación autoinflable y material para una intubación endotraqueal.

Reconozco el zumbido característico de la carga eléctrica de un desfibrilador.