Wonder Woman y Thor
Un operativo de varias personas se ha instalado en el despacho consular y en el de la secretaria.
Ya han localizado a Boris, lo tienen retenido en la Gran Casa, y las impresoras, al menos dos, chirrían mientras escupen las hojas con la información.
No sé si he hecho bien, pero he nombrado al general Strogoff como posible recurso.
El número dos de la embajada chilena viene en camino desde Moscú.
Creo que la he liado. Y muy grande. Pero llevamos tres horas aquí y nadie ha hecho nada por sacar a Boris del edificio del FSB.
—Podrían estar torturándolo. Podrían envenenarlo con Novichok. ¡Podría estar muerto! —digo con desesperación—. ¿Es que no vamos a hacer nada?
Las palabras de aliento y de ánimo del personal del consulado no me sirven de nada. En un intento de conseguir... no sé muy bien qué, llamo a Inés. Empiezo a perder los papeles.
—Hola, Inés.
—¿Loreto? ¿Tú no tenías el vuelo a las cinco? ¿Qué hora es allí? —pregunta, perpleja al escuchar mi voz. Por una vez, su voz es pausada. Tiene que estar preocupada de verdad.
—Hemos perdido el vuelo a Belgrado. Por eso te llamo. No sé muy bien qué hacer.
Suspiro y exhalo toda la tensión acumulada de las últimas horas.
—¿Qué ha pasado? ¡No vais a llegar al vuelo de conexión a París! —dice alarmada.
—No me digas... —replico con amargura—. Boris no ha logrado salir. Está detenido por el FSB. —Un silencio espeso me golpea desde el otro lado de la línea—. Inés, ¿cuánto sabes tú de... de su historia?
No quiero revelar nada que él no quiera, pero necesito ayuda y no es precisamente fletar un avión.
—Erik me ha contado algo —dice con reservas—. ¿Por qué no hablas directamente con él?
Por un momento se ilumina la estancia, pero me jode bastante tener que recurrir otra vez a él. El Jefe Supremo Thor. El cardiocirujano arrogante. Pero recuerdo que todo esto es por Boris, así que me trago el orgullo y no dudo en acudir a él.
—Tienes razón. No sé qué haría sin ti. ¿Me lo pasas?
Creo que mi hermana está tan desconcertada ante mi capitulación que no me cuestiona y a los pocos segundos escucho la voz grave de barítono con acento noruego de mi cuñado omnipotente.
—Hola, Loreto. ¿Todo bien? —No puede esconder cierta suspicacia. Normal.
—Hola, Erik. Necesito ayuda. Quiero decir —me corrijo a tiempo porque, las cosas, como son—, Boris necesita ayuda. Lo han pillado.
—¿Quién lo ha pillado? No entiendo
Miro al techo en busca de paciencia. Un hombre tan inteligente y, al mismo tiempo, tan obtuso. Suelto un suspiro que intuyo que no le hace ninguna gracia e intento explicarme un poco mejor.
—Tú conoces el pasado de Boris, o por lo menos parte de él.
—Yo no sé nada —responde demasiado rápido.
—¡Erik, joder! Te digo que lo han pillado los del FSB. Ahora mismo lo tienen en el cuartel general. —Respiro hondo, ha llegado el momento de pedirle un favor. Grande—. ¿Puedes ayudarlo de alguna manera?
Se hace un silencio al otro lado de la llamada. Alcanzo a escuchar un «¿Todo bien, grandullón?» preocupado de Inés.
—De acuerdo. Dame unos minutos. Veré qué puedo hacer.
Y corta la llamada. Ahora entiendo por qué Inés aborrece con todas sus fuerzas cuando le hace eso a ella, pero a mí me da cierta esperanza. No ha dicho que no.
Paseo, bastante nerviosa, entre las mesas de la gente. Trabajan frenéticamente no sé muy bien en qué. Me reconforta estar entre personas que hablan en español y me consuelan, pero me muero por encontrar una solución de choque, una respuesta rápida. Alguna ínfima señal de que el tema avanza.
—Loreto, un poco de calma —me pide el cónsul, Matías Errázuriz.
Ya es Mati para mí, he tomado café y merenguitos con él mientras le relataba todo lo vivido estas dos semanas desquiciantes.
Eso sí, por algún motivo, le he escondido que el huevo imperial lo tengo yo, aquí.
Cuesta un poco confesarle a un desconocido lo que he tenido que hacer con él para salvarlo—.
No podemos aparecer en los cuarteles del servicio secreto como si nada.
Tenemos que armar un plan de acción y asegurarnos de que ni tú ni Boris corréis peligro.
—Pero pueden pasar muchas cosas en tanto tiempo. ¿No hay manera de acelerar el proceso? ¿No podemos acercarnos por lo menos a preguntar por él? ¡Soy su abogada!
Se me quiebra la voz. Estoy agotada y mis esperanzas se desinflan junto con mi empuje.
—Es mejor esperar a que el enviado de la embajada llegue aquí.
Solo serán unas horas más —intenta tranquilizarme con su voz de abuelito—.
Una vez que llegue, podremos ver cómo negociamos su liberación, porque me temo que no será fácil.
Boris no es precisamente un dibujante de viñetas subversivas o un periodista molesto.
Tiene un pasado muy difícil de soslayar.
Alza las cejas canosas con expresión preocupada. Sé que harán todo lo posible. Y a mí no me queda otra que joderme y aguantarme.
Estoy pegajosa. El chándal de terciopelo con cristalitos parece lechuga pasada. Necesito recuperar un poco la humanidad, pero el timbre estridente de mi teléfono nos sobresalta a todos. Es Erik.
—Hola, ¿has podido hacer algo?
—No. Desde aquí yo no puedo hacer nada —dice, lacónico como siempre. Se me cae el alma a los pies—. Pero Kurt, mi hermano, sabe de Boris y tiene un contacto que quizá pueda ayudar. Está ahí, en San Petersburgo. Le he dado tu teléfono, te llamará. Siento no poder hacer más.
Si estuviera delante, lo abrazaría. Lo juro. Esto es peor que una montaña rusa. Alguien debería explicarle que, en casos como este, primero se dan las buenas noticias y después las malas.
—Gracias, Erik. De verdad. Quedo a la espera de la llamada de Kurt.