De amor y vodka Lyteini nº4
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Lyteini nº4

Parpadeo y emito un siseo de dolor al recuperar la consciencia.

No creo que mi pobre cráneo aguante muchos golpes más.

Con cierta tristeza, recuerdo a Santi y al resto de chicos del Club de Boxeo.

No volveré a verlos y es una pena. Trago saliva y siento en la boca el sabor metálico de la sangre.

Está claro que no vas por la vida con protector dental.

Sé dónde estoy. La Gran Casa. La mole imponente de piedra y hormigón que alojó primero a la KGB y ahora lo hace con el FSB.

Cruzamos la calle y las cabezas de los pocos transeúntes que caminan por allí se giran para evitar la escena de los guardias conduciéndome hacia el interior.

Nadie quiere ser partícipe. Nadie quiere involucrarse. Nadie quiere saber.

Existe una similitud en todos los edificios oficiales rusos que resulta, hasta cierto punto, reconfortante.

Fluorescentes de gran potencia, aunque algunos titilan por falta de mantenimiento.

Paredes amarillentas. Suelos espartanos.

Temperatura fría y algo húmeda. Voces quedas, secretismo, una tensión permanente que flota en el aire.

Me obligan a sentarme con un empujón en una silla metálica. Suelto un siseo de dolor cuando me esposan las muñecas en una anilla sobre la mesa. Hace diez años, yo estaba en la silla opuesta. En el lugar del interrogador. En el otro bando. Ahora pertenezco al bando perdedor.

—Boris Gregorovich Radchenko. Médico cum laude y traumatólogo de la Academia Kírov.

Capitán de la 2.ª Brigada Separada de Propósito Especial del GRU.

Francotirador con víctimas tan insignes como el que fue la mano derecha de Kadyrov en Chechenia.

—Enumera los méritos militares y me cuesta aceptar que esa persona soy yo—.

Desertor de las Spetsnaz. Buscado desde 2014.

—Cumplía órdenes de mis superiores —contesto con frialdad. No quiero trasmitir ni un ápice de rabia o rencor.

—Pero el gatillo lo apretó usted.

—Y me arrepiento de todas y cada una de esas balas.

El coronel, un hombre no muy alto, recio, compacto, de pequeños ojos oscuros a los que es difícil mirar por su penetrante agudeza, cierra el expediente y se queda en silencio durante unos instantes.

—¿Por qué desertó? Estaba usted labrándose una carrera brillante dentro de las fuerzas especiales. —Abre una segunda carpeta y noto una cuchillada de dolor. Es de Ecaterina—. ¿Fue por la muerte de su mujer y su hijo? También eran soldados. Conocían los riesgos.

—Mi hijo era un niño, todavía no cumplía la mayoría de edad.

Y Ecaterina llevaba más de quince años trabajando como enfermera.

¡No estaban preparados para luchar! —Pierdo los nervios durante unos segundos, pero me recompongo con rapidez.

No puedo dar muestras de debilidad—. Utilizaron a mi familia para presionarme. Y salió mal.

—Esa es su interpretación, capitán doctor —responde con indiferencia—. Ellos eligieron luchar por la patria. Por la grandeza de Rusia. ¡Son héroes! Estarían avergonzados de usted, que no es más que un traidor.

Me muestra unas fotos y me obligo a cerrar los ojos.

Es el edificio bombardeado de la sede de la administración regional en Lugansk.

Entre los escombros, se distinguen varios cadáveres.

Cualquiera de ellos podría ser Katya o Sasha.

Las lágrimas se agolpan tras mis párpados, pero las reprimo. No voy a darle esa satisfacción.

—¿Qué patria? ¿Qué grandeza? Lo que defienden no es más que un espejismo del pasado.

—Suelto una carcajada hiriente. Se lo creen.

Su propio discurso. Lo creen de verdad—.

Un pasado que no existe, construido por hombres mejores, en tiempos mejores, al que se aferran con desesperación.

No. No me avergüenzo de dejar caer la venda que en algún momento cubrió mis ojos y defender mis convicciones.

—Ya no siento miedo, sé que mi destino está sellado y nada puedo hacer.

Una punzada de nostalgia atraviesa mi pecho al pensar en Loreto y lo que podría haber sido.

Ahora es tarde—. Mi mujer y mi hijo conocían mis reparos y mis dudas.

Y no se avergonzaban. Exponerlos para presionarme fue juego sucio.

—¿Sabe lo que le espera? —replica con tono amenazador, al ver que no me doblego.

—Lo imagino.

Me dedica una sonrisa resignada, guarda silencio y se marcha, dejándome con la duda suspendida como una espada de Damocles sobre mi cuello.

La anticipación es también una forma de tortura.

Me incorporo un poco y cambio de posición para aliviar un poco la tensión sobre mi hombro maltrecho, pero uno de los soldados me empuja de vuelta a la silla con la culata de su fusil. Cierro los ojos y reprimo una arcada con el dolor.

No aguantaré mucho más. Estoy exhausto. No sé cuántas horas llevo aquí.

Me han interrogado cuatro personas distintas, que me han hecho exactamente las mismas preguntas. Yo les doy las mismas respuestas una y otra vez. Conozco la técnica del Konvéyer. Además, no tengo otras.

—¿Qué quieren de mí? —pregunto, agotado—. No puedo darles otras respuestas, porque no las hay. He dicho la verdad, ¿qué gano con mentir? ¡Nada!

El último interrogador, un capitán joven, de ojos azules amenazadores y el rostro esculpido a hachazos, recorre la estancia delante de mí con las manos a la espalda en una pose reflexiva. Ahora hay dos soldados apostados a ambos lados de la puerta.

—Entienda, capitán doctor Radchenko, que debemos proteger los intereses del estado.

Usted posee información sensible y muy valiosa para los enemigos de Rusia.

—Se detiene y apoya las palmas sobre la mesa.

Sus ojos quedan a la altura de mis ojos—.

Está claro que no ha llegado usted solo hasta aquí, por mucha astucia y conocimiento militar que tenga.

¿Quién lo protege desde dentro? ¿Es la mujer que lo acompaña un enlace de la OTAN? ¿No tiene nada más que decir?

Yo sostengo su mirada.

—Nada diferente a lo que ya he dicho.

El oficial alza las cejas y compone un mohín decepcionado y retoma su caminar a lo ancho de la sala.

—Verá, capitán ¿Puedo llamarlo por su grado? Tenemos el mismo rango.

—Prefiero doctor, se ciñe más a la realidad —digo con amargura.

—Muy bien, doctor. Tenemos ante nosotros un dilema complicado.

Su formación en las Spetsnaz lo hace capaz de burlar cualquier interrogatorio, incluso el polígrafo, ¿no es así?

—Yo asiento con un movimiento lento, no estoy muy seguro de adónde quiere llegar, pero no me gusta el rumbo que toma la conversación—.

Me alegra que estemos de acuerdo. Entonces, ¿cómo comprobar que dice la verdad?

Complicado. Muy complicado. Quizá haya que acudir a medidas más extremas.

Me dedica una mirada de advertencia. Sus ojos son fríos. Fríos y carentes de humanidad.

—«No conocemos la piedad, y no pedimos ninguna» —dejo escapar en un susurro el lema de las Spetsnaz.

—Exacto. Veo que lo recuerda. Por lo pronto, le daremos una última oportunidad —ofrece, magnánimo.

Vuelve a sentarse frente a mí, cruza los dedos frente a su rostro e inicia, una vez más, la agotadora ronda de preguntas—.

¿Ha revelado usted su grado y condición a alguna autoridad extranjera?

¿Ha difundido las características de las operaciones que lleva a cabo el FSB?

¿Quiénes conocen su condición de soldado de élite encubierto?

¿Ha desvelado los objetivos asignados en sus misiones como francotirador?

Yo repito las palabras exactas que llevo diciendo desde que empezó el interrogatorio.

No. Nunca. Nadie. Nada.

El capitán se levanta y emite un suspiro cansado. Hace una señal a uno de los soldados, que abre la puerta, y abandona la sala de interrogatorios.

Sé lo que va a pasar.