De amor y vodka El hangar
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El hangar

Boris me abraza, todavía alucinando en colores.

No para de repetir que no puede creerlo, que soy una mujer extraordinaria, para después enfadarse y llamarme loca, imprudente y no sé qué más por haberme expuesto así.

Pero ya hemos facturado las maletas y tenemos la documentación del vuelo en la mano.

Se acabó. Me invade una tranquilidad infinita.

Nos dirigimos por fin al control de pasaportes y yo estoy cada vez más incómoda.

El huevo no es demasiado grande, lo que ocurre es que lo he llevado durante varias horas en mi vagina y siento que arde un infierno, y no de los buenos, en mi interior.

Lo he envuelto en tres preservativos, pero a saber qué microbios imperiales lo pueblan. Mejor no lo pienso mucho.

—Borya, necesito ir al baño. En serio. Además, no puedo pasar con esto por el escáner. —Me señalo la entrepierna y me entra un ataque de risa. Mi vida ya no puede ser más surrealista—. ¿Y si se pone a pitar la alarma? Lo llevaré en mi bolso junto con los otros recuerdos.

—Por Dios, Lorenka... —Se frota la cara con la mano sana. ¿Qué me va a decir? No tiene fuerzas ni para llevarme la contraria—. De acuerdo. Te espero junto al control.

Intercambiamos un beso rápido y yo me alejo haciendo ejercicios de Kegel porque siento que el huevo se me va a caer. Me meto en uno de los amplios reservados del cuarto de baño, adelantando a una señora emperifollada que me insulta en francés.

—¡Lo siento! ¡Es una emergencia! —exclamo en su idioma, ya con sudores fríos. Estoy pariendo el huevo, lo siento justo ahí.

Suelto un gemido de alivio que retumba en el mármol y los espejos cuando me extraigo el huevo por fin.

El envoltorio ha aguantado perfectamente.

Tiro el látex en la papelera y lo protejo con papel higiénico.

Después lo meto en una matrioshka y la envuelvo en papel de regalo.

Listo. Perfecto. Un souvenir más junto a los imanes, los llaveros y los chocolates.

Me lavo las manos y salgo del baño con prisas, he tardado más de lo que esperaba.

Aprieto el paso hacia el control de pasaportes porque no veo a Boris.

Qué raro. Sus dos metros no pasan desapercibidos.

Hay una pequeña aglomeración y me dirijo hacia allí, pero dos hombres trajeados me cortan el paso con cara de pocos amigos.

Mierda. Por detrás de los mostradores, hay un grupo de hombres vestidos con un uniforme negro que me suena mucho.

Trago saliva.

Agentes del FSB.

Y entre ellos camina Boris.

Maniatado, pero esta vez con unas pesadas esposas de metal. Lo flanquean otros dos efectivos, y dos más cierran la comitiva un poco más atrás. Pasa muy cerca y se me nublan los ojos con lágrimas.

—Lo siento, Lorenka. Todo ha acabado —dice con su mirada clara fija en la mía. Los agentes no me agreden, pero tampoco me permiten sobrepasar el perímetro de seguridad—. Coge ese avión y vuelve a Chile. No esperes ni un minuto más. ¡Ah!

Recibe un culatazo en los riñones propinado por uno de los soldados que camina tras él para que avance.

Sus rodillas flojean unos pasos, y creo que va a perder el equilibrio, pero se recompone.

Hace caso omiso de las órdenes que ladra el que parece el de mayor rango.

Boris se gira hacia mí, su voz suena preocupada.

—Loreto, sladkaya, ¡cuidado! —Sus ojos claros traslucen terror y yo me vuelvo hacia la dirección de su mirada—. ¡Stankovich!

Alcanza a decir el apellido antes de recibir otro culatazo, esta vez en la nuca. Cae al suelo a plomo y los soldados lo arrastran hacia una zona privada del aeropuerto.

Mierda. No puedo seguirlos.

Lanzo una mirada circular e identifico a los dos matones de la furgoneta. Supongo que el hombre flaco de pelo blanco y bien vestido que me mira con cara de pocos amigos es Stankovich, aunque no me voy a quedar a averiguarlo. Tengo que llegar a la zona de embarque. Ya.

Una azafata joven, de rasgos eslavos delicados, parece identificar mi nerviosismo y me dedica unas palabras de aliento.

—¿Tiene usted miedo a volar? ¡Pruebe con vodka! A mí me da resultado...

Yo suelto una carcajada un poco histérica.

¡Si ella supiera! Comprueba el manifiesto de vuelo, estampa el sello en mi pasaporte y me indica con una sonrisa el paso a través de un elegante corredor de cristal.

Una puerta automática se desliza de manera silenciosa tras de mí.

Estoy a salvo. Stankovich cojea hasta mi posición, pero yo lo miro, burlona, bien segura al otro lado del vidrio.

Su cara se contrae en un rictus rabioso y le hago un gesto de despedida con la mano.

Loreto: uno. Stankovich: cero. Pero Boris también está un poco más lejos de mi alcance.

No me queda otra que avanzar hasta que llego a un pequeño hangar.

Tres pasajeros más, dos hombres y una mujer con toda la pinta de ser ejecutivos de Gazprom, miran con extrañeza mis pintas y elevo la barbilla con gesto de suficiencia.

Ya sé que parezco una Kardashian flaca con el chándal de Adidas con incrustaciones de cristal y mi bolso grande de Louis Vuitton, pero la mirada de desprecio sobra.

Un mecánico joven desconecta una manguera del jet y se aleja con prisas. Yo lo sigo, porque se me ha ocurrido algo. Lo pillo con un cigarrillo entre los labios justo tras la compuerta de emergencia exterior del hangar

—¡Perdone! —digo en inglés, y compongo una expresión de máxima inocencia y timidez—. ¿Podría indicarme un cuarto de baño? Tengo una emergencia.

—¡Disculpe, señorita! —se sobresalta—. ¡Sé que está prohibido fumar aquí!

Apaga el pitillo recién encendido con la máxima precaución. Yo me encojo de hombros con complicidad.

—No pasa nada. Yo también me escondo para fumar. —Rescato de mi bolso un paquete algo espachurrado de Cartier Lights y se lo ofrezco—. Toma. ¿Y el cuarto de baño?

Él lanza una mirada circular y me hace una seña para que lo siga.

—Es solo para personal, pero supongo que para una emergencia...

Justo a la vuelta, hay un pequeño habitáculo que resulta ser un aseo funcional. Yo le regalo el paquete de tabaco entero con una enorme sonrisa.

Y espero. Un buen rato. El móvil me dice que son ya más de las cinco, pero el avión no se ha movido.

Joder. Supongo que nos estarán buscando.

El chico del mono azul no ha venido a comprobar el baño, al menos.

Es el único que sabe que estoy aquí. Hago pis.

Todavía me arde la zona y me río sola al pensar en lo que acabo de hacer.

Al minuto, me embarga la desesperación. ¿Por qué no despegan de una vez?

Hago pis otra vez y me empieza a entrar el hambre. Boris, ¿dónde estás?

Después de un tiempo que me parece una eternidad, el motor trona en el hangar y diviso la silueta blanca y elegante del avión, sin marcas de ninguna compañía, elevarse en el cielo. Todavía espero unos minutos más. Voy a volverme loca. Salgo. Estoy completamente sola.

Deshago el camino andado y me doy cuenta de que me he quedado atrapada tras el cristal. La sobrecargo joven y rubia que me ha atendido en el control de pasaportes me espera con cara de susto en la puerta automática.

—La he visto en la cámara de seguridad, ¿qué ha pasado? —pregunta, consternada cuando me abre—. ¡Ha perdido usted el vuelo a Belgrado!

—Ay, ¡qué horror! —Improviso al recordar lo que me ha dicho en el control de pasaportes—. Debería haberle hecho caso con el vodka, ¡me ha dado un ataque de ansiedad y he tenido que encerrarme a vomitar en el baño! ¡No me he tomado la medicación que me dio el psiquiatra y ahora he perdido el vuelo!

Qué carrera diplomática ni qué carrera de derecho. Debería ser actriz.

—Lo siento muchísimo, de verdad. Ocurre de vez en cuando y siempre es muy angustiante. ¿Necesita algo? ¿Dónde puedo enviarle su equipaje? Lo han bajado del avión...

La miro como si fuera Papá Noel, Los Reyes Magos y el Ratón Pérez. Todo a la vez.

—¿Tiene mis maletas?

Ella asiente y parpadea unas cuántas veces. Debe de creer que estoy chalada. Normal.

—Ehm… Sí. Tenemos las dos maletas que facturó, una de 23 kilos y la de mano. Ningún vuelo puede despegar con equipaje cuyo dueño no haya embarcado. Por razones obvias de seguridad —añade al ver mi cara de interrogación.

Perfecto, ahora lo sé. Giro sobre mí misma y escaneo la terminal. Ni rastro de Stankovich. ¿Siguiente problema a resolver? Salir de aquí con un mínimo de garantías.

—Muchas gracias por su profesionalidad. Ahora necesito un coche para llegar hasta el consulado y arreglar... todo este follón.

En mi mente, que centrifuga un millón de posibilidades por segundo, no está precisamente el problema del vuelo que acabo de perder. Boris. El huevo. Los serbios. El FSB...

—Por supuesto. Mientras espera, le gestionaré la anulación técnica del sello de salida por... motivos médicos.

Tiene cara de querer decir que el motivo es que estoy loca del coño. Bendita eficiencia rusa... esta mujer vale un Potosí.

Durante el trayecto, mucho más corto que el primero que recorrí al llegar, trazo un plan apresurado. El consulado es mi último cartucho. Aprieto el bolso contra mi pecho, pero no por el huevo. Guardo el pasaporte chileno de Boris en mi poder.

—¿Quiere que la deje aquí? Solo tiene que caminar unas pocas decenas de metros —pregunta el conductor en inglés al ver que la calle tiene bastante tráfico y la gente cruza por cualquier parte y sin mirar.

Yo tardo unos segundos en contestar porque hay un coche negro que me resulta conocido. Los cristales están tintados, pero juraría que es el mismo del que se bajó el botones del Kempinski.

—No, por favor. Justo en la puerta. Por las maletas.

El hombre es un buen ejemplar masculino que me escolta ocupándose de mis maletas hasta la puerta misma del consulado.

—¿Quiere que la ayude con el equipaje hasta dejarla acomodada en el interior? —pregunta con educación cuando le pago con una bonita y muy abultada cantidad de rublos.

—Sí, muchas gracias.

No pienso apartarme de él. Por el rabillo del ojo detecto a un hombre que grita «delincuente» y que lleva la misma gorra y las gafas horteras del parque Onegin. No son muy estrategas, porque lo reconozco de inmediato. Uno de los hombres de Stankovich.

—Buenas tardes. Vengo a ver al cónsul —digo en español. De hecho, vengo a verlo. Que lo consiga o no ya es otra cosa, pero eso no se lo pienso decir.

Le muestro mi pasaporte chileno al vigilante de la garita en la entrada y abre la puerta sin hacerme demasiadas preguntas.

Loreto: dos, Stankovich: cero. El matón queda al otro lado de la acera con un palmo de narices.

Despido a mi guardaespaldas improvisado y arrastro yo misma las dos maletas hasta un elegante escritorio al fondo del vestíbulo de entrada.

—¿Buenas tardes? —pregunta una mujer con tono petulante, con un español que podría ser el de Strogoff.

—Exijo hablar inmediatamente con el cónsul. ¡Es un caso de extrema gravedad!

—Lo siento, ya finalizó la hora de atención al público —me responde la secretaria con amabilidad, pero un poco tiesa—. Tiene que solicitar una cita a través de la web.

—¿Es que no ha entendido nada de lo que le he dicho?

La rabia y el miedo me dan fuerzas y ahora sí que me van a escuchar. Como que me llamo Loreto Morán.

—Entiendo su necesidad, pero la hora de atención al público es hasta la una de la tarde —dice, ya no tan amable, cuando me planto de pie frente a su escritorio con los brazos cruzados. No tengo ninguna intención de moverme de aquí—. ¡Márchese, por favor!

—Yo no tengo ninguna necesidad de nada. Mi cliente la tiene.

Ya le he dicho que es ciudadano chileno.

—Planto el pasaporte de Boris sobre su mesa con un golpe seco—.

Tienen ustedes la obligación de velar por los intereses de los nacionales y de proteger sus derechos.

Le estoy diciendo que este hombre corre peligro.

—Me mira con expresión hierática, sin mover ni un solo músculo facial.

Creo que es bótox, además del entrenamiento que supone hablar con gente como yo—. Quiero hablar con el cónsul. ¡Ya!

—Se lo voy a decir una sola vez —alza ella la voz, ahora ya bastante nerviosa—. ¡Salga de aquí de inmediato o llamaré a seguridad!

Una puerta blanca, troquelada con detalles dorados, se abre con fuerza y la secretaria deja traslucir el pánico durante unos segundos cuando asoma un rostro masculino y bastante enfadado.

—¿Qué significa esta escandalera?

El cónsul es un hombre de rostro afable, de unos setenta años y algo entrado en carnes. Mira por encima de unas gafas para la presbicia con expresión a medias sorprendida y contrariada. Yo cazo al vuelo la oportunidad.

—Señor cónsul: en este preciso instante un ciudadano chileno de origen moldavo está preso en las dependencias del FSB.

Soy su abogada, y no nos han explicado los motivos de su arresto ni tampoco me han permitido permanecer junto a él durante el interrogatorio.

Tiene condición de asilado político en Chile, ¡compruébelo!

—ametrallo las palabras a toda prisa, perdiendo por momentos la paciencia, porque la cara que me pone es de desconfianza total—.

¡Por favor! Su pasado militar y posterior deserción lo ponen en peligro.

—¿Desertor del ejército? ¿Cómo dice que es su nombre? —Reacciona por fin y recoge el pasaporte que le alarga la secretaria. Lo abre y frunce el ceño—. ¿Está usted segura de lo que dice?

Llega la mezcla letal de histeria y furia. Es oficial.

—Mire, si no nos ayuda, acudiré a la embajada española.

Yo poseo ambas nacionalidades y de lo que estoy segura es de que allí no permitirán que un hombre sea tratado por las autoridades rusas sin respetar la Convención de Viena —suelto con tono de voz estridente, pero perfectamente inteligible, al tiempo que le arrebato el pasaporte de las manos y lo meto en el bolso—.

¡Después no se quejen de colonialismo cuando acudimos a Madrid para resolver nuestros problemas!

Me doy la vuelta, indignada, hacia la salida y taconeo por el pasillo ante las expresiones estupefactas de todos los presentes.

—¡Señora! ¡Señora Morán! —dice el cónsul, que inicia un trotecillo para alcanzarme cuando ya estoy casi en la puerta—. Espere, venga conmigo. Explíqueme todo con calma en mi despacho, por favor.

Menos mal. Me tiemblan las piernas. Porque acabo de marcarme el farol más grande de mi carrera de abogada.